Ochocientos millones de personas pasan hambre, enferman y mueren mientras el mundo opulento del consumo desaforado tira toneladas de comida a la basura y enferma de obesidad y de gula descontrolada.

Es un escándalo, es una tragedia que nos compromete a todos. Manos Unidas vuelve a sembrar en la conciencia de la humanidad dormida nuestra responsabilidad de lanzar la mano a nuestros hermanos, víctimas de sistemas financieros corrompidos por la sed de poder que acaparan con premeditación y alevosía tierras, semillas y agua: la soberanía alimentaria de nuestros hermanos en África, Asia, América a los que ya no nos quedaba mucho más que robar.

Hermanos que son niños, víctimas de gobiernos corrompidos por la avidez, que mueren en las cunetas por diarreas incontrolables, de un agua contaminada por la concesión a una petrolera que ha controlado las fuentes sagradas y ha devuelto el agua bendita, después de usarla para violentar a la tierra sacando el petróleo que alimentará la nefasta era del antropoceno, donde el hombre y su maquinismo feroz se convierten en la primera causa de destrucción masiva del resto de las especies.

Mujeres condenadas a exponerse, en los caminos que llevan al agua, a kilómetros de distancia de sus hogares, a la violencia de hombres inhumanos que aprovechan la lejanía para violarlas. Hermanos que viven la injusticia del acaparamiento del bien más preciado, el agua por una economía globalizada que ve en los recursos meramente beneficios, caiga quien caiga, cuando para los pobres de la tierra es vida, para sus cuerpos y es el fundamento básico de sus cosechas.

Hermanos indígenas que han visto cono las semillas han sido manipuladas desde la misma avidez de beneficios, desposeyéndolas de su legado, de su pasado y abortando su futuro, semillas terminator, en las que se les ha inoculado la esterilidad, cuando ellas son el símbolo rotundo de la generosidad de la vida, para convertirlas en la puerta de entrada a la batería de agrotóxicos con las que las agroempresas del mundo quieren infertilizar la tierra entera.

Hermanos de los lugares más vulnerables del planeta desposeídos de la tierra, no ya de la propiedad, que nunca en sus bellas tradiciones de vinculo filial con la Madre naturaleza hicieron de la propiedad una condición para amarla y cuidarla sino del uso legítimo de la tierra que los dió a nacer para vivir una vida buena. Territorios enteros acaparados por la codicia de los poderosos que transforman los mosaicos alegres de la agricultura familiar en heriales monotemáticos de soja para biocombustibles, una vez más, de ese despropósito energético que es que un ente de 1.000 kilos lleve a uno de 50.

En esta entrevista a Maria José Hernando de Manos Unidas nos van  siendo desgranadas las causas de este hambre escandaloso que no sacude las conciencias de los que estamos satisfechos y viajamos con ella al corazón endurecido de Mordok: el mal uso de los recursos;  un sistema económico que excluye a los vulnerables, los países rurales que dependen de su soberanía alimentaria para no morir literalmente de hambre y un consumo literalmente enfermizo de un mundo que abandonó la única riqueza que es inagotable y que sacia el hambre de plenitud que tenemos: la dimensión del espíritu al que poco o nada le hace falta para alegrarse del don de la vida, un techo bajo el que cobijarse, una prenda bajo la que protegerse y un plato de comida compartido.

Abre tu corazón y une tus manos a las mías y hagamos una red que multiplique los peces y los panes para los necesitados del mundo. No mires hacia otro lado, pues allí te encontrarás a la conciencia, y cuando no se escuchan sus mensajes el alma enferma de indiferencia.

Beatriz Calvo Villoria

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