“Muchos de los sufrimientos o los obstáculos que vamos a ir encontrando en la práctica son debidos al apego y el culto al yo, que es también la raíz de todo el daño que les hacemos a los demás, y también de todo el daño que nos hacemos a nosotros mismos. Todas y cada una de las cosas negativas que hemos pensado o hecho han surgido en último término de nuestro apego a un falso yo, y de nuestro mimo y protección de ese falso yo, de convertirlo en el elemento más querido e importante de nuestra vida.

Cuando comprendemos realmente que la empresa de la mente que se aferra a sí misma es de naturaleza peligrosa y está condenada de antemano; cuando hemos escudriñado realmente su funcionamiento hasta en sus más sutiles escondites; cuando hemos comprendido realmente cómo define, limita y oscurece nuestros actos y nuestra mente ordinaria, cómo nos hace casi imposible descubrir el corazón del amor incondicional y cómo ha bloqueado en nosotros todas las fuentes de auténtico amor y auténtica compasión, finalmente llega un momento en el que comprendemos con penetrante claridad lo que dijo Shantideva:

Si todos los daños, miedos y sufrimientos del mundo surgen de aferrarse a uno mismo, ¿qué necesidad tengo de tan      gran espíritu maligno?

Y así nace en nosotros la resolución de destruir ese espíritu maligno, nuestro mayor enemigo. Una vez muerto ese espíritu maligno, la causa de todo nuestro sufrimiento habrá sido eliminada y resplandecerá nuestra verdadera naturaleza en toda su espaciosidad y su generosidad dinámica.” Chögyam Trungpa.

Esta es una metáfora de combate que existe en todas las tradiciones, no solo el Buddha era el hijo de un rey de la casta de los Kshatriyas, la casta de los guerreros, sino que incluso Jesús en nuestra tradición expulsó con cólera divina del Templo de la verdad a los enemigos que la profanaban con sus intereses propios. El Islam con su imagen de la gran Guerra Santa, combate también al más peligroso enemigo, el ego…

Todas estas tradiciones hablan por tanto de un combate en el que es necesario tres elementos que son universales para poder avanzar en el camino de la realización: primero hace falta una Verdad a la que nuestra inteligencia pueda adherirse, en el caso del budismo la Budeidad que yace escondida tras los velos de la ignorancia, en el caso del cristianismo un Reino que también yace escondido dentro de nosotros mismos.

Después hace falta una Vía por la que nuestra voluntad se discipline para avanzar en el camino, un método que nos permita realizar esa verdad, en el caso del budismo las técnicas de meditación de Samatha y Vipassana, en el caso del Islam o el cristianismo la oración incesante o invocación del Nombre de Dios, que otras escuelas budistas como la de Amida también practican.

Y por último el tercer elemento esencial que permite al corazón amar y entregarse a la verdad y la vía: La Virtud o nobleza de carácter que vivifica los dos elementos anteriores. Se trata de revestirse de un cuerpo de virtud que nos vaya conformando a esa verdad que aspiramos realizar en nosotros mismos. La copa debe de estar preparada si aspiramos a que en ella sea servida uno de los vinos más excelsos que existen. los de la paz y el gozo que secretamente anhelamos encontrar en las experiencias que vivimos y que parece se nos escapa debido a la impermanencia de los fenómenos.

Las virtudes dejan hueco a lo que realmente hace amable a todas las experiencias. Cuando uno se abstiene de lo que le hace mal a través del desapego, cuando uno realiza las acciones que le hacen bien de forma perseverante, cuando uno vive en el contento de la realidad presente en la que está escondido el tesoro que anhelamos, y cuando uno enciende su corazón con amor al prójimo, está puliendo la copa, labrando la tierra, para que la semilla de algo que nos trasciende pueda germinar y ser cultivada.

Aquél que es sabio y virtuoso,

amable y perspicaz,

humilde y responsable,

alguien así llegará a ser honrado por ello.

Aquél que es enérgico y no indolente,

imperturbable en la desgracia,

de modales perfectos e inteligente,

alguien así llegará a ser honrado por ello.

Aquél que es hospitalario y amistoso,

tolerante y desinteresado,

un guía, un instructor, un líder,

alguien así llegará a ser honrado por ello.

Generoso, de habla agradable,

servicial con los demás,

e imparcial con todos,

como exige cada caso.

Estos cuatro modos decisivos hacen girar el mundo

como el eje de una rueda,

si éstos no existen en el mundo,

ni el padre ni la madre recibirán,

el respeto y la honra de sus hijos.

Buddha

Todas las tradiciones hablan de estas virtudes, de las que habla el Buddha y señalan como excepcional, como fruto indiscutible de la verdadera comprensión de la Verdad y de la práctica de la Vía a la compasión. En el Taoismo es la primera virtud que se señala no como un dogma externo sino, sino como algo que forma parte de nuestra naturaleza original: “La reverencia por toda vida; ésta se manifiesta como Amor incondicional y respeto por uno mismo y por todos los demás Seres”.

En el Cristianismo toda la Ley se fundamenta en dos Mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (las tres potencias del alma)  y  Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En el budismo uno “no puede tener mayor aliado en esta guerra contra su mayor enemigo, su propio aferrarse y mimarse a sí mismo, que la práctica de la compasión. Es la compasión, el dedicarnos a los demás, asumir su sufrimiento en lugar de mimarnos lo que, conjuntamente con la sabiduría de la irrealidad del ego, permite destruir más eficaz y completamente ese antiguo apego a un falso yo que ha sido la causa de nuestro interminable vagar por el samsara. Por eso en nuestra tradición vemos la compasión como la fuente y la esencia de la Iluminación, y el corazón de la actividad iluminada.” Chögyam Trungp

¿Qué necesidad hay de decir más?

 Los que son como niños trabajan por su propio beneficio,

los budas trabajan por el beneficio de otros.

Mira qué diferencia hay entre ellos.

Shantideva

Beatriz Calvo Villoria

 

 

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