Acerquémonos con serena mirada al lugar

del que en realidad nunca nos hemos alejado,

desprendiéndonos de nuestra falsa identidad

que como sombra no nos deja ver la luminosa realidad del Espíritu,

presente en todas sus manifestaciones.

 

Las grandes enseñanzas que el Espíritu nos ofrece con generosidad, se encuentran maravillosamente accesibles en nuestra simple naturaleza, tan claramente presentes que no las vemos, imaginando las verdades de nuestra existencia como algo lejano, complejo, apartado de nosotros mismos. Su incomprensible simplicidad, para nuestra mente acostumbrada a complejas conceptualizaciones y a objetivar constantemente sus propios procesos internos, sólo puede ser captada con un profundo acto de desprendimiento interno, totalmente ajeno a nuestra voluntad personal. Si aquietando nuestra mente, haciéndola absolutamente austera, pudiéramos comprender, hacernos uno con la potencia y fortaleza de nuestro corazón, con la acompasada cadencia en perfecto equilibrio de nuestro respirar y pudiéramos sumergirnos cada instante en la infinita paz de nuestro sueño profundo, habitaríamos en el lugar que nos es propio como legítimos hijos de la Inteligencia divina. Fuera no hay nada que comprender, nada que analizar ni observar, no hay teorías que elaborar, ni explicaciones que ofrecer. Al final eternamente estamos llamados a regresar a nosotros mismos, siempre anhelantes de aquel momento en el que el poder, la felicidad y la paz sean reconocidos como nuestra esencia.

No existe ni una sola partícula en el Universo que no esté cargada del sentido último que la unidad original le otorga. Un juego infinito de espejos, de reflejos que muestran un único mirar. Sólo la hipnosis del sueño cambiante que la mente crea parece

alejarse de esta fuente originaria, arrastrando tras de sí una sombra de confusión y miedo.

Estamos tan identificados con nuestro cuerpo físico y tan hipnotizados por las percepciones y las experiencias que le acontecen en el estado de vigilia, que desconocemos casi todo sobre nuestros otros dos estados mentales, el sueño con sueños y el sueño profundo, e imaginamos suceder uno detrás de otro en el transcurrir lineal en el que nuestra mente temporal sitúa todo el acontecer de las cosas. Pensamos que cuando algo acaba, algo nuevo comienza, y para que algo comience lo antiguo debe acabar. Pero las líneas, los límites y las fronteras son erróneos y así no funciona la realidad que siempre se muestra de forma emergente, concéntrica y circular. Así son nuestros estados mentales, emergentes y no alternos, inseparables e influenciables entre sí, de acción globalizada y constante, expresión del Ser único.

En nuestra experiencia de vigilia somos arrastrados por un flujo que funciona por sí mismo: la mente crea un cuerpo, el cuerpo crea experiencias, la memoria las retiene, la mente las interpreta y crea nuevos contenidos, que el cuerpo expresa en las experiencias que vive, y así sucesivamente en un círculo permanente entre la mente, las palabras y las imágenes, y el cuerpo, las sensaciones y los hechos.

Cuando por necesidades físicas, mentales y espirituales de reposo, caemos dormidos, nuestra mente crea imágenes hechas de los mismos contenidos mentales y emocionales que durante la vigilia. La memoria, que no deja de estar en parte activa, suministra las imágenes y al mismo tiempo nos permite, por lo menos parcialmente, recordarlas. Sabemos que al contenido de nuestros sueños les afecta nuestras experiencias de la vigilia pero además los contenidos que afloran en los sueños también están actuando durante la vigilia, y son ellos los que fraguan muchas veces importantes comportamientos de nuestra vida consciente.

Pero fuera de este círculo, que eternamente se mueve, existe un único espacio que lo acoge y que es sin límites e infinito y al mismo tiempo tan sólo un punto diminuto, desde el cual se crea, la corriente magnética que permite este transcurrir. Y este punto diminuto es en sí mismo quietud y en el dormir profundo, silenciadas las zonas más ruidosas de la mente y todo tipo de contenidos mentales, recarga con su paz y su luz, la conflictiva e inquieta mente humana, casi siempre conciencia adormecida en su propio ruido.

Este punto diminuto de conciencia es la batería que pone en marcha la memoria y la memoria crea imágenes y da forma a los contenidos mentales y emocionales que se asientan en el cuerpo-mente que así abre los ojos para comenzar un nuevo día, dentro del espacio de continuidad que su propia memoria crea y al que llama vida.

Pero la silenciosa e infinita potencia de ese punto diminuto no se apaga nunca, ni le sustituye “otro mundo” más o menos real, sino que muy al contrario es la esencia plena de significado de la que emergen todas las cosas, impregnándolas, dándoles, cada instante de la existencia, su sentido de realidad, su mismo amor, poder y creatividad a raudales. Como es indefinida hace todo posible y origina todas las acciones e impulsos. Cuando nos quedamos quietos, al meditar, o incluso aunque más inconscientemente al caer profundamente dormidos, su mensaje silencioso llega a nuestros oídos, no a los físicos sino a aquellos que son capaces de oír más allá del sonido. Susurra incansable al oído del alma humana palabras constantes de paz y amor sin límites pero normalmente la limitada mente egóica e individual acaba por deformar y malinterpretar este mensaje al crear un mundo lleno de personas separadas y rivales.

A veces tardamos un tiempo hasta que comprendemos su sentido último, porque nos cuesta darnos cuenta de lo que se expresa sin palabras. Miramos tanto fuera que esperamos que las cosa se manifiesten en algún tipo de objeto con forma, y no percibimos que lo esencial son siempre las transformaciones, no de los objetos de conciencia, sino de la mirada, que es el lugar en el que ese punto infinito roza el alma humana, y que por tanto es la que ilumina y la que crea todas las cosas. El silencio escondido en las recónditas profundidades del alma nos va cargando de la quietud que somos, nos va llenando los ojos de la luz en la que cada día bebemos, esperando paciente el momento de ser reconocido y comprendida su única realidad.

El corazón comienza a latir en un instante en el que la infinita potencia se encarna para poner en movimiento el flujo eterno de la Vida. Poco después se despliega el ritmo circular del respirar, manifestación de los procesos duales del Universo. Expansión-retracción, sonido-silencio, día-noche, expresión-recepción, nacimiento-muerte, en sucesión interminable, en equilibrio de perfecta sencillez.

Pero antes, después, durante, siempre presente como fondo inmutable de este dinamismo, está el inmenso vacío al que regresamos cada noche al caer profundamente dormidos. Este ejercicio diario que involuntaria e inconscientemente hacemos de desprendimiento, dejando a un lado nuestros seres queridos, nuestras posesiones, nuestra personalidad, hasta nuestro cuerpo, para reencontrarnos con la paz y felicidad que en esencia somos, nos podría llevar a la comprensión de nuestra existencia.

Porque en esencia somos aquello que ya sabemos y que jamás podremos expresar.

 

Marisa Pérez

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