Te miro y sólo me veo

tan claramente yo misma.

 ¡Estoy hasta en el último rincón

del alma del mundo!

 

Cuando buscamos encontrar algo verdadero en nuestra vida, cuando cansados de la superficial banalidad de nuestras experiencias vitales o simplemente exhaustos de tanta insatisfacción y sufrimiento, nos lanzamos hacia la búsqueda de la verdad de nuestra existencia, creemos que esa verdad podrá ser algo definido, algo verbalizable, algo a lo que poder señalar y decir: “aquí está, ya lo tengo”. Esperamos ansiosos ese momento en el que podamos aferrar la certeza de por fin haber culminado la historia de nuestra vida llegando a la meta. Memorizamos las palabras de un maestro, seguimos técnicas sofisticadas, nos apartamos de lo “mundano”, hacemos cualquier cosa por temor a perder los atisbos de apertura que en cada instante de silencio aflora.

Pero la Verdad que se va abriendo camino por sí misma en nuestro interior, lo que comprendemos en cada momento, pasa a formar parte de nosotros mismos y es imposible que podamos perderlo. No es un dato más con el que aumentar nuestro bagaje. Más bien con cada instante de comprensión, nos liberamos de un peso, de una carga de falsedad, que con su densa existencia no permitía traslucir la luz que estaba allí. Porque la Verdad está en nosotros por siempre, completa y pura y por tanto no debemos adquirir nada, sino muy al contrario, aligerarnos de la pesada carga que la oculta.

Cuando leemos un libro de sabiduría o escuchamos las palabras de un maestro, nos equivocamos si pensamos que vamos a adquirir algo sobre lo que poder apoyarnos, una técnica, una receta, una frase a la que por fin poder ver como absolutamente cierta y construir nuestra vida a partir de ella. Las palabras de sabiduría no son creadas para apuntalar nuestro pensar sino muy al contrario, para ayudarnos a trascenderlo. Así las palabras que brotan como agua fresca del manantial inagotable del Ser, sólo sirven para remover aquellas otras instaladas en nuestra mente y que atascaban el libre fluir de aquello sobre lo cual las palabras simplemente flotan, y disueltas en la clara luz de estas aguas puras, son arrastradas corriente abajo hacia los mares inmensos de la absoluta calma.

Porque nuestro aprender es un desaprender, un olvidar para poder recordar, un soltar para volvernos más ligeros. Esa nueva fibra de Verdad que comienza a brillar en nuestra alma al alejar el polvo que la encubría, hace que nuestra forma de actuar surja desde esa nueva luz que nos alumbra. Y esto ocurre espontánea e inevitablemente, sin ninguna intención por nuestra parte. No debemos acudir a ningún bloc de notas, en las páginas de nuestro corazón quedó la verdad perfectamente escrita.

En nuestra tarea de abandono de lo falso, de lo denso y del polvo, vamos alejándonos de cualquier creencia, sin importar su contenido. Es el hecho de creer lo que nos ofusca. Tras cada creencia la mente se vuelve opaca y no puede traslucir las delicadas iridiscencias de la nada. Porque toda creencia es una piedra atascada en el flujo perpetuo de la vida. Creer significa quedarse en algún lugar parado, implica seguir a algo o a alguien siempre de incierta procedencia, implica la existencia de una creencia contraria, implica que ha sido adquirida y por tanto pueda ser olvidada o cambiada, implica la separación entre el que cree y su creencia, implica la posibilidad del error y de la duda, implica crear a un rival que es aquel que no comparte nuestra creencia. Cada pensamiento reforzado sobre la convicción de una veracidad absoluta, es un paso más que nos aleja de la Verdad, es una maleta más a nuestro equipaje, una porción más de peso que añadimos a nuestra verdadera y ligera naturaleza.

No es en la elección de los contenidos de la mente, en preferir unos sobre otros, en cambiar nuestras ideas por otras mejores, donde podemos vestirnos de sabiduría, sino que es en la desnudez de una mente espaciosa donde fluye la poderosa experiencia de no poseer ninguna certeza. En esa inocencia se desvela en cada instante la acción correcta, que no se convierte en un “por fin ya sé cómo”, sino en una apertura aún más inmensa.

La Verdad se expresa siempre como una evidencia, sin origen, sin opuesto, sin separación, sin duda, y la recibimos con la sorpresa del que sabe que no es suya, con la generosidad del que nada guarda porque no hay nada que le pertenezca. Y como forma creada desaparece en el silencio de la mente pura, dejándola disponible para acoger todo lo que inesperadamente aparezca.

Por eso, ¿cómo podemos pensar que podemos encontrar la Verdad y mucho menos guardarla?, ¿quién habría de reconocerla si bajo su luz no queda nada?, ¿cómo vamos a agarrarla si es ella la que nos sujeta?, ¿qué necesidad tenemos de guardar el agua en un recipiente, si somos la misma fuente que la crea?

La Verdad es un manantial inagotable que fluye desde las profundidades del alma. Su naturaleza fluida hace que cuando la olvidamos, perdidos en la solidez de una vida opaca, sintamos sed. Es la forma en la que nos llama para regresar a ella. No debemos confundirnos y creer que podremos saciarla rozando nuestros labios con porciones leves de humedad que, a veces, parecen esconder las apariencias. Debemos ser conscientes de la infinitud de nuestra demanda, que sólo puede ser satisfecha disfrutando ilimitadamente de la frescura del agua que fluye perpetuamente de nuestro ser más íntimo.

 

Marisa Pérez

 

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