Para los griegos, enérgheia, significaba fuerza en acción, pero, como ocurre con todas las palabras, muchos pueden ser sus planos de significado y, en uno más profundo, también se refería a una particular presencia de la divinidad en la actividad humana, una especial manifestación beneficiosa de auxilio a los hombres, una irrupción de lo sobrenatural en la esfera de lo natural, de lo divino, del portento, del misterio, o como cada cual quiera llamarlo, en torno al que siempre existe una amplia zona cuyo alcance se ignora. La energía es una de esas maravillas a admirar que se presentaba ante los hombres antiguos en forma de rayo, tormenta o trueno, pero el hombre moderno se ha dejado en el camino la capacidad de admirarse, ese mágico extasiarse y sorprenderse de la mente por lo que nos rodea y es ese olvido, lo que ha permitido que profanásemos sin conciencia el núcleo del átomo, para devastar la tierra con armas atómicas, o hayamos ordeñado con violencia las venas negras y secretas de la tierra para crecer en codicia y avaricia a lomos de un corcel propio de Atila, el petróleo.

La energía no es sólo un recurso físico, sino que el misterio en el que está envuelto ha de tratarse con sumo respeto, pues no se entra impunemente en la cámara del Rey a robarle sus tesoros. Así que ante la crisis energética en la que nos hallamos, debemos asumir nuestra responsabilidad y tratar el regalo de los dioses con profundo agradecimiento y conciencia; no se puede jugar con la energía como lo hemos hecho desde la revolución industrial, jugar con la fuerza del cosmos para satisfacer caprichos, los caprichos de los que la cultura moderna y su sociedad de consumo se ha revestido a costa de la piel y la sangre de la tierra. Deseos hechos demanda, productos, movimientos y servicios que para nada sirven a lo que es esencialmente humano.

A estas alturas, la alternativa no es «crecimiento o decrecimiento», sino decrecimiento calculado y voluntario o decrecimiento forzoso. Lo inteligente es escoger desde ya el primer camino, la simplicidad voluntaria (la crisis ya nos está ayudando); hay infinitas posibilidades de decrecimiento voluntario que ya se están llevando a cabo en el mundo, tenemos todavía una generación viva de abuelos que nos pueden contar cómo se hacía antes, cuando un par de calcetines era un tesoro, y se remendaban los rotos, como un símbolo de sencillez, frugalidad y mesura, una economía de que menos es más, donde se tienen en cuenta las necesidades de todos, no sólo de los occidentales. Pueblos indígenas o campesinos del tercer mundo, sin patologías como las de nuestra sociedad enferma, pueden mostrarnos otros caminos de existir más cercanos a la tierra. Estamos ante una oportunidad histórica de cambio, de regreso al sentido común y a la sabiduría del ser; sólo hay que desprenderse con desapego del falso ropaje de la ideología de la plenitud material en favor de otras formas de plenitud, no globales, sino verdaderamente universales.

La energía es un regalo de los dioses a todos los seres para satisfacer el objetivo de cualquier vida humana: la felicidad, y la austeridad «es una condición ineludible, […] la utilización correcta de toda la energía humana física, vital y mental; el despliegue en cada momento y en cada situación de la estrictamente necesaria, y la orientación de la restante hacia más altos fines mediante su trasmutación alquímica interna en energía espiritual» (Agustín López Tobajas).

Beatriz Calvo

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