Quizá el aspecto más positivo del 15 M fuese la apertura del debate y la reflexión, totalmente ausentes en nuestra sociedad actual, alienada y adoctrinada tal como está, por un  aparato, el Estado, que no es más que un “alma agigantada”, como decía Platón, reflejo de todas las almas que lo conforman, y que en su estado ideal persigue la consecución del Bien-en sí, bien que imposibilita la realización del mal.

Pero que en las actuales circunstancias es un alma agigantada que busca su propio interés de perpetuación a través de un poder político, económico, jurídico, militar y educativo que somete con sus leyes a una ciudadanía que tampoco puede perseguir el Bien, pues el conocimiento de éste, exige un saber superior difícil de alcanzar, que el propio Estado se ha encargado de eliminar sistemáticamente, combatiendo cualquier posible dimensión espiritual realizadora, pues el sabio es el único enemigo de la ignorancia, en la que el adoctrinamiento de masas, a través del aparato educativo, mantiene al hombre,  cuyos valores definitorios son la Verdad y la Justicia, alienándole en una masa pasiva de trabajadores asalariados, mera piezas de un engranaje megaestructural que nos asfixia la verdadera libertad de Ser.

Cuando en las plazas españolas el elemento más pasional de la indignación muestra su malestar, vemos que la razón está ausente en muchas de sus reivindicaciones, la mayoría somos inmaduros en nuestras reflexiones políticas, pues pedimos más de lo mismo, fortalecer al Estado de bienestar: más leyes, en vez de más sabios; más control ante la corrupción, por lo tanto más policía, más jueces, más funcionarios, más burocracia que convierte nuestra vida en una dictadura difícil de detectar, pues se reviste de falsa democracia. Una democracia,  que también queremos modificar, y ya, cuando el ya denota de nuevo esa  inmadurez del hombre moderno, que todo lo quiere rápido, cuando el cambio que queremos ver es pura alquimia interior y sólo es posible realizarlo dentro de nosotros mismos.

Sólo la transformación de nuestra visión y de nuestra conciencia permitirá un gradual cambio en lo social, si en vez de proyectar la revolución, la llevamos a cabo en nuestro interior podría producirse, si el Cielo lo quiere, una transformación exterior.

Mientras no obtengamos la visión del la causa real de tanto malestar estaremos practicando medicina alopática, que sin ir al origen parece que cura el mal, aunque suele trasladarlo a capas más profundas. Nos podemos conformar por tanto, con el menos malo de los Estados posibles: la democracia, que en fase de corrupción y degeneración se convierte en demagogia (la clase política mantiene el poder mediante  concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos), este es nuestro caso, y creer que con más control, por parte del Padre-Estado del Bienestar,  a nuestros políticos, que salen de entre nosotros, de nuestra manera sentimental y superficial de vivir las cosas;  a nuestros banqueros, que son fiel reflejo de nuestra codicia cotidiana. Creer que con más concesiones a nuestra necesidades materiales, vivienda, trabajo asalariado alienante, mayores comodidades y seguridades, en definitiva creer que la solución sigue siendo delegar nuestra responsabilidad como seres humanos en el poder taumatúrgico del omnipotente Estado, al cual sólo le interesa afirmar un tipo de realidad: el bienestar material, la producción, el mero bien de consumo que mantiene sus herarios, y que,  por otro lado, es el fiel reflejo de nuestra alma moderna, es no querer mirar que ese alma agigantada que perdió el Norte, es la suma de nuestras propias tensiones y contradicciones como seres incompletos hecha institución. Manos a la obra, la verdadera Revolución nos espera.

Beatriz Calvo

 

 

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