Aún recuerdo el día en que para realizar un reportaje de AgendaViva sobre las redes de Internet decidí abrir un perfil y recibí, lo que para mi fue un extraño mensaje: tienes una solicitud de amistad, rezaba el asunto; extraña petición, pensé, para hacerla por ese medio. Hasta aquel momento mi cultura de Internet se reducía al uso del correo electrónico y a la navegación en busca de contenidos en portales y páginas web. Con la llegada de esa invitación, el universo de las redes sociales, como Facebook, se abrió como un fruto agridulce ante mis ojos.

Agrio, por la contrariedad que me producía llamar amigo a un desconocido y hacer un uso inadecuado de una palabra tan valiosa, dulce por las promesas de transformación social que el medio parecía vehicular y que mis nuevos amigos no dejaban de señalar. Decidí investigar, acepté muchas invitaciones de perfectos desconocidos a ser su “amiga” y acepté también que inundasen mi ordenador de poemas, reflexiones, fotografías, vídeos, causas por las que comprometerse; y en medio de esa especie de logorrea o incontinencia verbal, recordé uno de los significados simbólicos que le da a la red Juan Eduardo Cirlot, la de ser «el arma de los que pescan en el océano del inconsciente que envuelve y devora», así que decidí, conscientemente, dejar devorar mi intimidad por la invasión de las olas continuas de un inconsciente colectivo capaz de lo mejor y de lo peor, para poder comprobar si mis intuiciones acerca de la red eran ciertas o no, y disipar las dudas acerca de si las redes sociales on line pueden considerarse un modelo adecuado de propagación de ideas y formación de lazos sociales o es una nueva forma de consumir lo que nos dan, en este caso mercancía-información.

No es tarea fácil intentar ordenar en una unidad de significado, todo esa avalancha de información que llega diariamente a mi portátil a través de Internet, a mi pequeño nodo, en esa vasta red de interconectividad en forma de boletines, anuncios, portales, webs, blogs, mensajes de Twitter, nuevos amigos en Facebook, documentales sobre la problemática ambiental en YouTube… y que, por su exceso, se percibe como un caos sin orden ni concierto. Intentar reflexionar sobre este medio que ha modificado totalmente la comunicación y la forma de relacionarse de muchas personas, a fin de comprender el uso adecuado.

Y en ese intento surgen muchas preguntas: ¿quién maneja la red?, ¿qué tipo de conocimientos se adquiere?, ¿cuáles son los lazos sociales que se crean?, ¿cuáles sus utilidades?, ¿cuáles sus riesgos?, ¿más información equivale a más desarrollo?, ¿es Internet un recurso que contribuye a la democratización de los sistemas de información?, ¿es relevante la información que circula en Internet?, ¿quiénes pueden acceder a ella?, ¿en qué condiciones?

Soy consciente de que ante cualquier objeto sobre el que se reflexiona hay posturas, críticas o apocalípticas, como diría Umberto Eco, que sólo ven el aspecto negativo, posturas apologéticas que sólo ven los aspectos positivos y posturas eclécticas o intermedias. Pero tenemos que analizar para poder vislumbrar de alguna manera la utilidad de esta herramienta digital, de esta cultura cibernética que tiene atareada frente a las pantallas a una parte de la sociedad mundial –por supuesto, no a la gran mayoría que queda separada de esta tecnología por la llamada brecha digital–.¿Hay una manera correcta de usarla para no ser usada por ella por ignorancia de lo que supone esa interfaz planetaria o por la incapacidad de asumir los grados de complejidad cada vez más elevados en el procesamiento de la información?

Esta necesidad de orden, de significado, de convertir en conocimiento práctico esta sobreabundacia de información, está desde hace tiempo en la sociedad: «Si queremos salvarnos de morir ahogados por los medios que nosotros mismos hemos creado, primero debemos observarlos y luego entenderlos; si no desarrollamos una actitud reflexiva frente a ellos, terminarán por “ahogarnos”», decía Macluhan, teórico de la comunicación, hace ya unas cuantas décadas.

Hay necesidad de reflexión, de aprendizaje social sobre un medio de comunicación que modifica poderosamente el mensaje, incluido el lenguaje. Debemos preguntarnos qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo, por qué lo estamos haciendo, hacia dónde vamos, cuál es el futuro de este nuevo espacio, de qué antecedentes se nutre, a qué propuestas ayuda o suma (y resta). O, como decía el sociólogo Manuel Castells, uno de los autores de referencia en el campo del estudio de la sociedad de la información: «Las nuevas tecnologías de la información no determinan lo que pasa en la sociedad, pero cambian tan profundamente las reglas del juego, que debemos aprender de nuevo, colectivamente, cuál es nuestra nueva realidad, o sufriremos individualmente el control de los pocos (países o personas) que conozcan los códigos de acceso a las fuentes de saber y poder».

No es baladí, pues, intentar comprender la herramienta, en este caso tecnológica, ya que modifica poderosamente el mensaje por su inmediatez temporal y por la desaparición de las fronteras espaciales, y «no basta con lograr una comprensión funcional de cómo se usa, sino que es preciso alcanzar una comprensión global de las tecnologías y actividades implicadas. Habría que añadir: y de sus consecuencias, no siempre benignas y a veces hasta patológicas, como puede suceder cuando un desarrollo desequilibrado de la infociudad convierte a los humanos en “procesadores y paquetes de información”» (F. Sáez Vacas catedrático de la E. T. S. de Ingenieros de Telecomunicación).

Humildemente les remito al reportaje que realicé en la querida revista AgendaViva de la Fundación sobre la RED.

Beatriz Calvo Villoria

 

 

 

 

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