Es muy difícil hablar con rigor de experiencia mística porque es hablar de algo que trasciende la capacidad del pensamiento y por tanto de las palabras. Cuando yo creo experimentarlo lo vivo como algo simple y directo, desde el silencio interior, desde el amor por la vida que percibo dentro de mí y en cada niño que tengo delante.

Si tuviera que definir “experiencia mística” de una forma simple, creo que la definiría como experiencia de la Realidad, Realidad con mayúsculas, diferenciándola de la realidad convencional: el mundo de las apariencias.

¿Y a qué nos referimos cuando hablamos de la Realidad?: A la verdad profunda que nos envuelve y que constituye nuestro auténtico ser; no de algo ajeno, por muy especial que sea. Si algo nos resulta plácido, reconfortante y profundamente gozoso ––como sucede en la experiencia mística–– es porque nos despierta una realidad interna que ya estaba ahí, al menos como potencial. Nunca lo que nos maravilla lo sentimos extraño, más bien la sensación es de familiaridad, como de reencontrar algo perdido u olvidado. Y es que reencontrar el camino del hogar perdido, reencontrar nuestro origen, nuestra  inocencia interior, nos lleva a la plenitud anhelada.

Seguramente estaréis de acuerdo en que a la experiencia mística se accede desde la desnudez interior, sin corazas que nos impidan percibir el color, el tacto, el sonido, el aroma y el sabor auténtico de la vida. Y si os dais cuenta, eso es lo que hace el niño, ésa es su dinámica natural: abrir sus sentidos a este mundo y buscar con interés el conocimiento ––la visión–– de la realidad, fusionado con ella. Por tanto me da la impresión de que nacemos con el instinto de ser testigos de lo real, de que acceder a una experiencia mística no es algo excepcional, impropio de la naturaleza humana, sino que es acceder a nuestra esencia profunda y permitir que se manifieste en nuestros actos.

Estar ante un grupo de niños, con sus miradas despiertas, sus corazones abiertos, rebosando alegría y ganas de conocer y experimentar, ha sido y es para mí una magnífica universidad para contemplar directamente mi verdad como ser humano. Ellos me han ayudado a ir desprendiéndome de los lastres y disfraces con los que solemos identificarnos y que no hacen sino dificultarnos el contacto con la luz que llevamos dentro y que nos rodea por todas partes. Porque los niños, de forma natural, se encuentran, más que los adultos, en contacto con su identidad original, y eso precisamente es la experiencia mística: experimentar el propio ser, lo cual nos aporta una intensa sensación de gozo y de plenitud. Porque la plenitud que buscamos no es necesariamente el final de un proceso en el tiempo, sino que se encuentra disponible en cada etapa de nuestra historia; para acceder a ella sólo necesitamos limpiarnos de lo que nos sobra, de lo que no corresponde a nuestra auténtica identidad. El niño de un año es pleno como niño de un año, luego irá viviendo otras fases a través de las cuales accederá a nuevas experiencias. Cada etapa es una nueva ventana  por la que asomarse al Infinito, al Misterio. Cuanto más permitamos, apoyemos y estimulemos experimentar la plenitud de cada período evolutivo y de cada instante, más fácil será experimentar la plenitud de cada segundo de las etapas posteriores. Para preparar a un niño para su edad adulta no hay que entrenarlo en las conductas o las tareas de los adultos. Lo que le va a facilitar llegar a una identidad adulta equilibrada y feliz es el poder vivir plenamente su identidad de niño.

Nos suele producir una emoción intensa recordarnos en nuestra infancia, porque nos da una sensación de autenticidad; nos parece que nuestras reacciones y emociones de entonces sí correspondían a nuestra verdadera naturaleza, cuando nuestro corazón vibraba emocionado ante el fascinante espectáculo de la vida: el vuelo de la mariposa, la risa del amigo, el brillo de las estrellas en la noche… y ante las gozosas capacidades que íbamos descubriendo en nosotros mismos: trepar hasta lo alto de una roca, construir castillos o poblados con la arena y nuestra imaginación, animar al amigo cuando lo necesitaba…

Y ahora, al observar a los niños o relacionarnos con ellos, nos parece recuperar sensaciones olvidadas; ellos nos pueden guiar hasta la alegría perdida, hasta la paz profunda e ilusión que un día fueron realidad en nosotros; y podemos llegar de nuevo a contactar con el impulso de vida que llevamos dentro. Todo aquel estado de apertura y pasión por la vida nunca se extinguió, quizá se quedó borroso u oculto por las corazas que se fueron construyendo en nuestro interior, y así: fuimos alejándonos de nuestra capacidad de percibir directamente,  de nuestra conexión original con la fuente. Por eso os invito a conectar con el niño que fuisteis y que nunca murió ni desapareció. Esa inocencia que llevamos dentro nos puede conducir hasta nosotros mismos, hasta el lugar donde somos cómplices de Dios.

Y si en verdad reconocemos el gran valor y sentido que tiene para la realización de sus vidas (la de los niños) experimentar su alegría natural, su gran sensibilidad, su ilusión por descubrir el mundo y sus propias habilidades…, entonces tiene una gran importancia reflexionar sobre la crianza y educación que individualmente y como sociedad les proporcionamos, para ver si estamos respetando y valorando su propio ser o, por el contrario, lo estamos despreciando al encontrarnos tan lejos de nuestra verdad profunda que no somos capaces de reconocer la suya. Cuando somos indiferentes a su dinámica interna, o cuando ––a veces–– incluso la despreciamos, la reprimimos o la culpabilizamos; o cuando nos ponemos a adoctrinarlos, o a entrenarlos en actitudes, valores y hábitos ajenos a su naturaleza…, entonces se sienten en la necesidad de ser dóciles para buscar nuestro reconocimiento y afecto, o simplemente para evitar malas caras o castigos.  Quizá algo así, en mayor o menor grado, a muchos nos sucedió, y por ello fuimos sintiéndonos aturdidos y perdidos.

Dejemos que los niños vivan lo que llevan dentro (con los límites lógicos), permitamos y estimulemos que realicen su identidad, su ser. Si los observáis, los encontraréis muchas veces extasiados, con toda su atención y su energía puestas en el presente, en la actividad que están desarrollando; están dejando brotar la fuente que llevan en su interior. Cuando los contemplamos en momentos así, nos quedamos fascinados por lo que vemos  y nos sentimos dichosos por formar parte de este mundo.

Experimentar la vida en su profundidad, desde el corazón puro e inocente, alimenta y construye nuestra identidad humana. Por eso es importante permitir que el niño experimente la realidad desde sí mismo, sin una excesiva mediación por parte de los adultos. Ellos van a percibir directamente la belleza de una flor sin necesidad de palabras en su mente. Van a sentir su conexión con la Naturaleza y el firmamento con gozo y fascinación, y para ello necesitan experimentar el silencio, el interior. Como educadores haríamos bien muchas veces en compartir con los niños esos ratos de silencio, de quietud, para permitir que la vida se nos haga presente y escuchar su latido, su música… y bailar su danza… embriagados de alegría. Escuchar esa música en el corazón y en todo el Universo…,  sentirse esa música: Eso es experiencia mística.

Ojalá los padres y los profesionales de la educación fuéramos místicos que contemplamos la realidad, que contemplamos a Dios continuamente, siendo testigos del latido profundo de la existencia cuando nos encontramos en presencia de los niños, atentos a la plenitud del instante; transmitiéndoles que cada momento es profundamente bello y apasionante, porque así lo percibimos y lo gozamos… y eso se nos nota y se irradia.

El místico ––o mejor: todo ser humano–– tiene un compromiso profundo con la búsqueda de la verdad y con la verdad que va encontrando o percibiendo. Esto ––en la labor educativa–– se concreta en que debemos ser cómplices de la luz que brilla en cada niño; pero para que ello sea posible es necesario que estemos en presencia de la luz que llevamos dentro. Porque sólo sabemos ver en ellos ––nuestros hijos o alumnos–– lo que sabemos ver en nosotros mismos… Pero si estamos atentos, con los sentidos abiertos… entonces la magia del instante, el fascinante espectáculo de la vida aparecerá ante nosotros: pura belleza, pura dulzura y desbordante pasión.

Sabéis que esa verdad interna de la que hablo no tiene nada que ver con presupuestos intelectuales. Sólo accedemos a ella desde una atención profunda, más allá de los pensamientos.

Accedemos a la realización de nuestra naturaleza humana cuando vivimos en presencia del Misterio, unificándonos con él. Así debemos estar en presencia de los niños: reconociendo sus miradas sagradas y sus gestos creadores de vida, asomados al Misterio, sumidos en el amor por la Vida, en sus coordenadas espaciotemporales, y también fuera de toda coordenada: en su infinitud… De esa forma nuestra experiencia como padres o educadores es una experiencia de profundo gozo compartido con los pequeños. No estoy hablando desde reflexiones intelectuales. Estoy hablando desde el gozo profundo que experimento junto a ellos. Su dinámica natural me transmite paz, alegría y plenitud. A través del profundo vínculo que se crea entre nosotros accedemos a la experiencia de la unidad de todo lo vivo, a la Unidad en el Corazón del Absoluto. Ese vínculo me parece ser experiencia de Dios, experiencia mística.

Jesús López. Psicólogo y educador infantil

(Una pequeña comunicación que presenté en el III Congreso de Antropología, psicología y espiritualidad, celebrado en Ávila (España), en septiembre de 2012. El tema general era “La experiencia mística”).

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