Abandona toda lucha,

toda resistencia interna,

y la vida fluirá sin esfuerzo,

hacia su origen…

 

El sentido del sufrimiento

Si nos preguntaran qué estaríamos dispuestos a hacer para dejar de sufrir, probablemente diríamos que no podemos hacer nada, porque nuestro sufrimiento depende de lo que nos ocurre. Si las cosas nos van bien no sufrimos, si las cosas nos van mal entonces sufrimos y como de nosotros no depende cómo nos van las cosas, no hay posibilidad de actuar sobre nuestro sufrimiento. Con esta perspectiva nos situamos en la vida como víctimas indefensas de las fuerzas de la existencia, seres desvalidos a merced de un dios desconocido que decide arbitrariamente sobre las dosis de sufrimiento que debemos recibir.

Pero si miramos bien, nos daremos cuenta de que todo lo que nos mueve, precisamente, es la compulsiva necesidad de salir de la incomodidad de nuestra existencia y correr en pos de una felicidad, que con seguridad la imaginamos como una prolongación ininterrumpida de aquel momento en el que nos pareció rozar la dicha. Sea el momento en el que nos sentimos amar o ser amados, el momento en el que conseguimos aquello por lo que habíamos luchado, aquel puesto, aquel triunfo, el momento en el que experimentamos un extraordinario estado de conciencia, aquello se acaba, y nos deja cara a cara con la insatisfacción que produce nuestra ignorancia. Creemos que podemos escapar del sufrimiento, sin haberlo comprendido, pero cuando parece que le hemos dado esquinazo, nos espera agazapado, dispuesto a darnos la siguiente oportunidad en nuestro camino.

El sufrimiento es el gran impulsor que nos anima a descubrirnos y tras el cual se esconde la comprensión más profunda. Porque en realidad, ¿qué nos da aquello que creemos que nos da algo?, ¿qué nos quita aquello que nos hace sufrir? ¡Qué breve es la satisfacción que sentimos cuando poseemos lo que deseábamos y con qué rapidez nuestra mente comienza a fijarse en los aspectos que no encajan con lo que esperábamos! Esa casa que queríamos resultó que tenía goteras, esa persona a la que amábamos acaba por no comprendernos, el trabajo nuevo que parecía ser el perfecto, nos agota y nos deja sin fuerzas para vivir. Incluso en los momentos de máxima satisfacción, ¡qué escondido se encuentra nuestro miedo a perder aquello que tenemos, que poco nos damos cuenta de que la angustia sigue ahí, apoyada en la certeza del sufrimiento que está por llegar! ¡Con qué brevedad descansa nuestra mente en la superflua satisfacción que nos dan las cosas y con qué incesante tesón nos sumerge en la inquietud que no ha sido comprendida en su causa original! Lo que nos hace sufrir no hace sino destapar lo que estaba latente y oculto, un miedo inconfesable a la vida, de la que sin darnos cuenta nos hemos escindido al erigirnos individuos separados de su significación profunda.

Por eso, qué gran liberación es descubrir que no es en el objeto donde se sitúa lo satisfactorio o insatisfactorio de lo que vivimos, sino en el sujeto, en nosotros mismos que creamos en nuestra mente, nuestra propia satisfacción o insatisfacción. Porque ese objeto no existe más que como nuestra manera de percibirlo y por tanto lo único de valor que podemos ganar es la correcta percepción de lo que ocurre, la claridad que sólo nos otorga una mente bañada en el silencio y abierta hacia las verdades que se esconden en su interior. Esta es una mente que se afana en descubrir la riqueza de cada instante y sin prejuicios ni expectativas, sabe que todo está bien y que la vida en sí misma no puede ser más que perfecta en su rotundidad y en su innegable evidencia. No tenemos que cambiar los contenidos de la mente para mejorar nada, sino dejar que el silencio nos mueva hacia otro lugar más profundo, desconocido e incognoscible, donde la verdad en que nos convertimos, se exprese en todo aquello que vivimos y le confiera, como fiel reflejo de ella, su misma perfección. Debemos desenraizar nuestra mente de la convicción de la realidad de las cosas externas y alzarla hacia la inmensidad de los espacios interiores, donde el silencio disipa cualquier atisbo de sufrimiento y nos deja suspendidos en un gozoso abandono.

 

Fluir con la vida a cada instante

El rechazo, la resistencia, la convicción de que aquello que está ocurriendo no debería ocurrir, es la causa originaria de nuestro sufrir. Pensamos que nadie debería quedar inválido en una silla de ruedas, perder a un hijo o vivir en un campo de concentración, o en otro orden de cosas todo el mundo debería conseguir todos sus deseos para no sentir la frustración intensa de la vida. Nos colocamos frente a la vida como un personaje solidificado por sus ideas preconcebidas de cómo deben ser las cosas y de qué manera deberían ocurrir. En nuestra imaginación, existimos antes de que las cosas sucedan como un molde rígido de conceptos, expectativas y opiniones y atravesamos cada experiencia de la vida evadidos, revelándonos, escondidos dentro de ese caparazón de nuestras convicciones, volviéndonos así incapaces de vivir lo que de verdad se tiene que vivir en cada momento, de espaldas a la benevolencia de la vida que siempre nos conduce hacia el lugar exacto en donde debemos estar. Incluso sobrevivimos después de nuestras experiencias para juzgarlas, quejarnos de ellas y compadecernos de lo que no debería habernos ocurrido y nos quedamos de esta manera encapsulados en un sufrimiento que nada tiene que ver con la corriente fluida del vivir, que no cesa, que no descansa en los recovecos del tiempo, y que ya nos está situando en otro lugar, al que no nos dejamos llevar.

 

Silenciar te abre a la comprensión del sufrimiento

Aprende a descubrir detrás de cada leve sensación de incomodidad, el pensamiento de resistencia que la está creando y sencillamente no lo creas. Interrumpe la serie de pensamientos que se empeñan en demostrarte la cantidad de buenas razones que tienes para sentirte molesto, y regresa al silencio, una y otra vez, mientras permaneces ahí, atento, abierto a todo, a tus emociones, a tus reacciones, al conjunto ilimitado de sensaciones que te va produciendo cada momento de tu existencia. Y descubre, desprovisto de expectativas, con mirada inocente, lo que ocurre cuando no te resistes.

Reposa en el espacio ilimitado de tu silencio interior, deja que todos tus pensamientos, que acaban por generar grandes historias de sufrimiento, confluyan en las aguas silenciosas de tu ser profundo. Porque aquello que parece nada lo es todo, es tan simple que no podemos imaginarlo, es imperceptible y por eso causa toda percepción, en sí mismo perfecto y origen de toda perfección y dicha.

Desde este silencio surge la verdadera aceptación que no es sino el fundirse en el instante único de donde brota la existencia. Aceptar es dejarse llevar hasta el fondo de cada experiencia para vivirla con total rendición, es disipar la ilusión de que hay alguien que pueda aceptar o rechazar cuanto sucede. Sólo puede haber aceptación cuando una vez desecha esta ilusión, percibimos sin lugar a dudas, que mi yo mismo surge cada momento como un suceso más, en un suceder sincrónico con un número infinito de acontecimientos, todos brotando y disolviéndose en la fuente única, despliegue incesante de inteligencia pura. No hay nadie antes de que algo ocurra para esperar, ni nadie después para juzgar, sólo hay vida para vivir, un brote de luz para observar. Entonces todo enmudece y vuelve a expresarse, para de nuevo enmudecer.

Ahora veo que estoy respirando, mi corazón está latiendo, la vida se está creando, asombro y gozo me inundan, esto es así siempre, sencillamente, con independencia de lo que ocurra, cuando la mente silente permite al experimentador estar fundido con lo que experimenta y ser la propia raíz de la creación. Abre tu corazón y tu mente para recibir los frutos jugosos de la aceptación ilimitada que brota de la comprensión de tu verdadera naturaleza, que es silencio más allá de tu pensar y de tu latir, eterna presencia que impregna lo creado.

 

Marisa Pérez

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