Quería con la metáfora del título acercar la idea de que el ser humano es una especie de hermosa nave, un vehículo psicofísico diría la tradición de los vedas, que para poder navegar con destreza debe de reunir lo que está separado por una cultura, la occidental, que desde nuestra modernidad cartesiana, tiende a oponer el alma pensante al cuerpo extenso y que separa no solo la mente del cuerpo sino el espíritu de la materia.

Sugerir la interrelación de lo más sutil con lo más pesado, de lo volátil con lo fijo. Al ser el cuerpo la parte más física de nuestro vehículo psicofísico, la más tangible, pensé que la metáfora del mástil -firme estructura-, podía se adecuada para ella. Pues ayudaba a señalar esa verdad que el hombre simboliza con su cuerpo: de todas las criaturas terrestres es la única que tiene esa dimensión vertical, significando aquí la dimensión de lo Real, frente a lo ilusorio o lo menos real; lo espiritual, en otras palabras.

El mástil también como eje, que encuentra una analogía perfecta, en el plano material, en esa prodigiosa estructura llamada columna vertebral, que como en el caduceo de Mercurio se entrelazan dos serpientes, los brazos sinuosos del sistemas nervioso autónomo que abrazan a ambos lados la columna, en una búsqueda continua del equilibrio entre los pares de opuestos, que es la vida, y que se expresan una y otra vez en un infinito movimiento captado a la perfección por el símbolo taoísta del yin y el yang, la danza entre el hemisferio derecho y el izquierdo, la intuición y el raciocinio; la parte de atrás que protege, la parte de adelante que se expone; la parte interior que se oculta, la parte exterior que se muestra; el pecho y la espalda, arriba y abajo, cuerpo y espíritu…

Miles de pares que visten al cuerpo de profundos significados. Miles de pares de opuestos que alrededor de un eje que vincula el Cielo con la Tierra, reúne lo que está separado, lo que aparentemente es contrario y realmente es complementario. Ese es el eje axial que el ser humano significa, una potencia vertical con la que superar la dualidad.

Y saltando de metáforas a símbolos intentar sugerir que el cuerpo es firme mástil sobre el que cruzar la vela y convertirlo en cruz. Siendo la vela la mente, que va desde su dimensión más horizontal (cósmica), de raciocinio, hasta su dimensión más vertical (metacósmica) de intelecto, en el sentido que Spinoza le daba a esta palabra, de facultad de aprehender directamente las realidades inmateriales, espirituales, sutiles, que se escapan al pensamiento discursivo; el rigpa de los Budistas tibetanos, la budhi de los hindúes.

Así que la mente como vela, como inteligencia -o  consciencia o subjetividad- que discierne las realidades en diferentes modos y grados cruza al mástil, y si está bien atada, envergada dirían los marineros (y eso me recuerda a otro símbolo glorioso de los hindúes, la cópula de Purusha y de Prakriti) podrá desplegar su majestuoso vuelo, el milagro de la subjetividad que construye el mundo.

Y la respiración como viento, como aliento, como manifestación de ese éter misterioso que vehícula la fuerza vital, puente entre la materia y el espíritu, y que permite inflar las velas de la conciencia, sujeta al mástil, pues somos materia, pero también posibilidad de insuflar en esa carne misteriosa el aliento mensajero de un algo más; el ir más allá de la materia estando situados en ella y mover la nave en el océano de la existencia, de esta vida única y preciosa, como esos ejes axiales, esos centros del mundo, en el que la vida se abre al espíritu, y donde se convierte en espíritu.

Con esta metáfora puedo coser los tres mundos de las sabidurías tradicionales: cuerpo, alma y espíritu, o lo “denso”, lo “sutil” y lo “puro” y evocar lo que decía Joseph Epes Brown acerca de otro eje axial, la danza del sol de los indios pieles rojas alrededor de un Árbol Sagrado: “El eje se encuentra en todas partes y, en consecuencia, pasa a través de cada ser; el objetivo último de la danza es retirarse de la periferia y acercarse al centro para identificarse con él”. Qué bueno sería ser eje y habitar el centro.

Beatriz Calvo Villoria (Capítulo 2. Mindfulness para navegantes del espíritu)

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