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Viaje de invierno…

En el invierno, de blanco y frío tacto, tendemos a girar nuestra mirada hacia adentro. En este momento en que hemos olvidado los dorados otoñales y aún nos parece lejana la tibieza primaveral, la naturaleza nos invita a imitar su recogimiento. Aprovechemos para recordar quienes somos y fundirnos en ese misterio. Nuestra mente consciente conoce muy poco de nosotros mismos y sólo la intuición nos acerca a lugares más auténticos.

Cuando la nieve cubre los campos y el gélido aire nos encoge el rostro, la calidez del corazón encerrado bajo una tierra que espera con paciencia el momento de florecer, puede derretir los duros hielos de nuestra ignorancia. Este tenue latido que resuena llamándonos a la reflexión, incitándonos a parar nuestra frenética mecanicidad, nos recuerda que este instante es el instante de nuestro despertar.

Así quizá en este invierno emprendamos un viaje, sin abrigo ni equipaje, siguiendo la estela de una brisa misteriosa e íntima, a la búsqueda de aquella montaña cuya presencia intuimos y cuyo aroma nos inunda con cada inspiración.

 

A la Montaña Silenciosa le rodea una atmósfera tan sutil y etérea, que no permite escuchar ningún sonido proveniente de ella, ni tan siquiera deja ver su propia imagen, mostrando siempre en su lugar un inmenso espacio vacío. Por eso, cuanto se puede percibir de ella es una brisa suave y ondulante que sopla primero hacia un lado y después levemente hacia el otro, con un vaivén acariciante. Ni los oídos, ni los ojos saben nada de ella, sólo el tacto indefinido, diseminado en la piel y en el alma, en el cielo y en la tierra, disfruta de la frescura de ese aire que mueve todas las cosas y se atreve a soñar con aquel lugar tan distante.

Los habitantes de la aldea más próxima viven adormecidos por la cadencia del viento suave, y tan adormecidos están que han perdido su capacidad de sentirlo y de fluir con él. Cuando sopla para un lado, quieren ir hacia el otro, y cuando sopla para el otro, quieren ir al contrario. Cuando la brisa es lenta, ellos se mueven con rapidez y cuando la brisa se torna rápida, ellos se mueven con lentitud. Esto les causa graves problemas, sufrimientos y enfermedades, pero como no ven la montaña, ni mucho menos la oyen, no saben hacia dónde mirar, ni hacia donde escuchar, ni dónde encontrar un remedio. Se pierden en búsquedas infructuosas, en investigaciones inútiles, en sufrimientos estériles y en sueños imposibles.

Y mientras tanto, la suave brisa de la montaña sin forma discurre fresca por la llanura, llenando todo de vida y regresa de vuelta, más cálida, cargada con todo lo que ya no sirve.

Sólo la anciana Flor de Naranjo dedicó toda su vida a investigar el movimiento misterioso de la brisa sin origen. En algún tiempo, Flor de Naranjo había sido joven y joven había sido también su empeño en llegar a la montaña del silencio. Y todo lo que le daba la certeza de que ese lugar existía, era ese tenue movimiento del aire que llegó a convertirse en su amigo más íntimo. Y nada podía ver, y nada podía oír, excepto la vibrante frescura de la brisa. Por eso, todos la tomaron por loca y hubo de instalarse en una pequeña casita aislada que ella misma construyó a la orilla de un río de aguas puras. Nadie la visitaba, nadie se atrevía a acercarse a ella, por temor a encontrarse con alguna verdad escondida.

En el poblado hubo de abandonar todo, un acre de terreno donde cultivaba algodón, algunas joyas de su madre, una vida acomodada y lo más querido de todo, a su pequeña hija Flor de Almendro, a la que nunca más volvió a ver. Pero cada mañana, al abrir sus ojos y ver la desnuda madera de la pared, lo primero que sentía era penetrante la brisa de la montaña sin sonido, plagada de aromas de la piel esponjosa y dulce de la pequeña Flor de Almendro. Y cada tarde, al recorrer el sendero que la brisa le marcaba para volver a su casa, respiraba con deleite la fragancia que transportaba de los cabellos rizados de su niña.

Flor de Naranjo había sido también una niña, vivaracha y muy despierta, a la que le encantaba ver brotar  las flores. Se sentaba frente a una jardinera de su madre, Flor de Cerezo, cuando aún latía invisible la semilla escondida en la tierra y esperaba con paciencia, muy impropia de su edad, a que apareciese el primer brote. Entonces sentía como su corazón se convertía también en tierra fértil y de él brotaban, como flores, bellas emociones. También gozaba observando a la gallina incubar sus huevos y en un momento inesperado ver a los pollitos romper, alegres, sus cascarones.

Pero lo que Flor de Naranjo nunca pudo comprender, era cuando la flor, que con tanta hermosura había aromatizado el jardín de su casa, comenzaba lentamente a marchitarse y se convertía finalmente en un montón de pétalos secos, que el viento se llevaba compasivo para alejar de ella tan triste espectáculo. Y tampoco comprendía, como aquel pollito tan gracioso y amarillo, convertido después en gallo altanero, podía comenzar a decaer y acabar aliñado entre las cazuelas de su madre. Entonces su corazón se encogía y destilaba una sustancia desconocida a la que oyó llamar tristeza.

Así era su vida, alegre cuando algo comenzaba, triste cuando terminaba. Pero un día muy triste, tan triste que era sólo triste, vio morir a su madre, y cuando las lágrimas corrían ligeras sobre su rostro y el corazón de tan encogido parecía iba a quebrarse, descubrió una brisa suave que comprensiva le consolaba. Era la brisa de la montaña sin cima y sin ladera, de la montaña que muchos dudan incluso de su existencia.

¡Qué sorprendente!, -se dijo para si. También la brisa es alegre y después triste, va y después regresa, es fría y después cálida, nace y después muere.

Y se dio cuenta que esa brisa tenía escondido un gran misterio y que si conseguía ir al lugar de donde brotaba, allí no habría principio ni fin, vida ni muerte. Por eso, a partir de ese momento, el único propósito de su vida habría de ser seguir a esa brisa, para hacer que su alma y la de todas las flores por fin fuese inmortal.

Así Flor de Naranjo continuó moviéndose al ritmo imperceptible de todas las cosas, creció, se enamoró, después nació su hija, pero la brisa cada vez se hacía más intensa y le impedía comportarse como los demás. No celebraba las fiestas como era costumbre, no acompañaba a su marido, no se enfrentaba cuando alguien la hería, no tenía enemigos ni rivales, no atendía a las conversaciones de las otras mujeres. Por eso, hubo de llegar el momento en que tuvo que dejar hasta lo que más quería y ¡todo por una montaña sin nombre!

Se instaló a la orilla de un río, que derramaba sus aguas puras hasta el pueblo, porque en la superficie del agua, como era tan limpia, la brisa conseguía esbozar pequeños rizos húmedos que le recordaban el cabello ensortijado de su querida hija. Amontonó unas cuantas tablas para protegerse del frío, y su vida transcurría, como la única montaña, también con un único propósito, pero su corazón se mostraba ahora triste, ahora alegre, ahora yendo, ahora viniendo, siempre como el suave viento.

Durante mucho tiempo, seguramente durante muchos años, Flor de Naranjo se dedicó a seguir la estela de la brisa, muy convencida de que al final de uno de sus vaivenes aparecería imponente la montaña sin flores. Y cuando el viento iba, su corazón se ilusionaba y sus ojos escrutaban ansiosos el horizonte, pero cuando el viento regresaba después de haber visitado un lugar corriente, su corazón quedaba empequeñecido y sus ojos, como el día que conoció la brisa, se llenaban de lágrimas. Y decimos que hizo esto durante muchos años no porque nadie se hubiera entretenido en contar minutos y días, semanas y años, ¡qué inútil tarea!, sino porque el rostro de Flor de Naranjo se fue llenando de arrugas que expresaban el implacable paso del tiempo.

Mientras se dedicó a seguir a la brisa, logró aprender muchas cosas y tan sólo añoraba poder contárselas a su pequeña Flor de Almendro. Por eso, tomó la costumbre de escribir, con susurros, sus pensamientos en pétalos de flores y en pequeñas ramas de árboles, que recogía en el bosque para después dejarlos flotar en la superficie del río e imaginar que llegaban al corazón de su niña.

Le contó como aprendió como el viento esparcía el polen de las flores de todos los colores. Giraba a su alrededor, las mecía con una cálida caricia y empujaba imperceptible sus pétalos para hacerlos abrir. Entonces aparecía erguido un estambre sorprendido de ver la luz y plagado de polvitos que a Flor de Naranjo le hacían estornudar. Eran tan ligeros y tenían tantas ganas de volar que enseguida se subían a la brisa de la montaña sin piedras y viajaban aún sin conocer su destino final. La brisa, caprichosa, los llevaba aquí y allá, esperando el momento oportuno para poderlos abandonar. Como Flor de Naranjo regresaba a todos los lugares, junto con el viento que la guiaba, se maravillaba de la generosidad de las flores que por cientos se multiplicaban. Y donde parecía que no había más que una oscura tierra estéril, con el tiempo se iba llenando de puntitos luminosos y aromáticos que alegraban hasta al viento, que parecía entonces hacerse más vivo.

También aprendió como la brisa de la montaña sin nubes transportaba los sonidos y permitía así comunicarse a las cosas. A veces eran sonidos que ni siquiera se podían escuchar, pero Flor de Naranjo sentía a la brisa vibrar y ofrecerle un mensaje silencioso pero que para ella se expresaba con gran elocuencia. Oía el sonido de la ignorancia de los hombres, oía el sonido de su dolor, oía el sonido de su añoranza, oía el sonido de los árboles sabios, oía el sonido de las flores incluso antes de nacer, cuando sólo eran una posibilidad escondida en un lugar de la tierra. Recordaba haberle contado a Flor de Almendro las confidencias que una vez le hizo una esperanza que alguien había dejado olvidada sobre la hierba. Le contó que era imposible, como todas las esperanzas, y que su dueño la abandonó cansado de su sonido melancólico y zumbón, tan insistente que no le dejaba oír el sonido más delicado del instante presente.

Pero este deambular al que los pies de Flor de Naranjo se llegaron a acostumbrar y a realizar sin esfuerzo, no satisfacía a su corazón que comenzaba a estar cansado de tanto movimiento, de tanto ir para aquí y para allá. Porque a lo largo de tantos años y de tantos caminos arriba y abajo, Flor de Naranjo no había podido llegar más que a intuir levemente la silueta de la montaña sin cielo.

Fue un día oscuro y gris en el que decidió quedarse en su caseta. El cielo amenazaba tormenta y sus huesos comenzaban a acusar una humedad muy intensa. La brisa se colaba entre las rendijas de las paredes y transportaba algo que Flor de Naranjo no podía entender. Comenzó a tiritar y para no quedarse helada, hubo de agarrar una manta que muy pocas veces había tenido que usar y arropándose con ella, entornó sus párpados sin ninguna intención de dormirse.

A pesar de las tablas de su casa, a pesar de la manta, a pesar de mil cosas con las que se hubiera podido tapar, la brisa de la montaña sin nieve se sentía cada vez con más intensidad. Llegó a parecerle que se había instalado en su pecho y que con su misma cadencia le hacía moverse. Y más intensa, y más intensa, hasta que su pecho se hizo brisa y su corazón agua. Y cuando el pecho se inflaba, llegaba a rozar algo que no tenía forma ni sonido pero que le regalaba su intensidad, y al hundirse, en su regreso, se limpiaba el aire, se limpiaba el agua, se limpiaba hasta su propio reflejo. Y de pronto, un instante, entre el ir y el volver,  expresó algo tan firme como la piedra, tan grande como la montaña, tan transparente como el cielo. Quiso quedarse muy quieta, quedarse para siempre allí, pero de nuevo la brisa se movía, se movía su pecho, se movía la imagen de la montaña sin movimiento.

Desde ese día, nunca más se volvió a mover y su cuerpo se fue marchitando como una flor más y parecía que ya no quedaba más que dejarse caer y arrastrar por la brisa de la montaña sin valle, para fertilizar la tierra.

Ella estaba quieta pero su pecho seguía impregnado de viento. Y su ojos observaban distantes lo que éste traía y aprendieron también a ver sin tristeza lo que después se llevaba. Por la mañana traía luz y el recuerdo de su nombre, por la noche se la llevaba y traía la oscuridad y el olvido. Un día traía la calidez y el nacimiento de las flores y otro día se la llevaba y traía el frío y la blancura de la nieve. Y sólo una vez en su vida, la había traído a ella misma y ya sólo le quedaba esperar a que también se la llevara.

Pero la brisa de la Montaña Silenciosa, cuando trae algo también algo se lleva y cuando se lleva algo consigo, siempre trae otra cosa nueva. Y por eso Flor de Naranjo se preguntaba:

-¿Cuándo a mí me lleve qué es lo que habrá de traer? ¿Habrá alguien que observe este vaivén que yo misma no puedo ver?

En uno de los últimos días de su vida llegó hasta a dudar de la montaña.

-¡Qué razón tenían todos los amigos que en el poblado dejé! Toda mi vida he perseguido una montaña y ahora sé que no existe, -pensaba desconsolada. Pero si no hay montaña, ¿de dónde surge esta brisa?

Y esta pregunta arrastraba un gran silencio tras de si, que a Flor de Naranjo le recordaba aquel instante sin viento y la montaña, que no es duda ni tierra, tomaba la forma de una invisible evidencia.

Pensó en su pequeña Flor de Almendro y la imaginó ya una mujer. Con gran esfuerzo se levantó de su lecho y moviendo sus ya muy debilitadas piernas, se dejó llevar por un fuerte impulso hasta la orilla del río, para mandar un último mensaje a su hija del alma. Agarró entre sus manos una flor blanca que crecía allí con gran belleza y tomó con suavidad sólo uno de sus pétalos. Lo acercó a sus labios amorosos y comenzó a cantar.

Sus ojos vieron moverse en el río algo a lo lejos y con la brisa fresca de la Montaña Silenciosa aquel punto misterioso se convirtió en una barquita de madera clara, en cuyo interior viajaba una hermosa niña, más hermosa que ninguna flor y de ojos tan silenciosos como la montaña. Llegó hasta donde se encontraba arrodillada la anciana y descendiendo de la barca la abrazó emocionada.

Flor de Naranjo miró a la niña y supo que la conocía, su fragancia le era familiar y su sonido ya alguna vez lo había escuchado, pero quiso saber su nombre y el motivo de su visita, y por eso le dijo:

-¿Quién eres y qué es lo que te trae hasta aquí? El momento de mi muerte se acerca y no quiero llevar tristeza a tu corazón.

-Soy Flor de Naranjo, la hija de Flor de Almendro. Mi madre me habló de ti desde que era muy pequeña y cada noche al acostarme me daba un beso y yo siempre lo guardaba para ti, pensando que algún día te los traería todos juntos.

La abuela Flor de Naranjo recibió la alegría que inesperadamente le traía el viento y pensó que no podría evitar la tristeza cuando se llevara a su nieta.

Pero después se dio cuenta, que no era la pequeña Flor de Naranjo la que tenía que partir de vuelta, sino ella misma que ya veía flaquear sus fuerzas.

La niña cogió entre sus manos la mano arrugada de su abuela, que se había tumbado exhausta sobre la hierba húmeda de la orilla, y quiso saber si había llegado a conocer la Montaña Silenciosa, para que así le pudiera mostrar a ella el camino.

-Abuela, a mí también desde pequeña me habla la brisa y también como tú, siempre he querido llegar a la Montaña Silenciosa. Si conseguimos llegar hasta allí las dos antes de que mueras, vivirás para siempre, porque la brisa que en realidad nunca te trajo tampoco habrá de llevarte.

A la abuela Flor de Naranjo le sorprendió la sabiduría de aquella criatura tan pequeña, pero no era extraño, puesto que en sus ojos se veía la blancura del pétalo que ella aún retenía entre sus manos.

-Mi querida hija, ya no puedo moverme. Pero mucho me he movido a lo largo de mi vida y lo único que una vez encontré fue cuando me estuve quieta, tan quieta que incluso se paró la brisa.

La pequeña Flor de Naranjo recibió la comprensión que le traía el viento, que en ese mismo momento se llevaba gran parte de su ignorancia y el latir cansado del corazón de la abuela.

Y quien vio a la abuela marcharse no era su nieta, puesto que a ésta también la había visto llegar, y en su momento también la vería marcharse. Quien vio a la abuela marcharse vio a todas las flores nacer y vio a todas las flores marchitarse.

Tanta quietud debe haber para poder ver el movimiento y no moverse con él, que por eso por siempre los hombres imaginan el silencio como una montaña sin sonido y sin forma, una montaña que algunos llaman la Montaña Silenciosa.

 

Marisa Pérez

 

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