Gratitud es lo que nos queda

cuando nos damos cuenta…

 

Afrodita, Atenea, Artemisa y Ariadna eran cuatro mariposas a las que hermanaba una maravillosa amistad. Habían crecido juntas en una hermosa pradera llena de flores multicolores y en realidad ninguna de ellas concebía la vida sin el armonioso aleteo conjunto de sus irisadas alas. Por eso, no es de extrañar que cuando un día Afrodita propuso celebrar una gran fiesta, todas estuvieran entusiasmadas con la idea y revolotearan con más vitalidad que de costumbre. Ni tan siquiera cayeron en la cuenta de preguntar a Afrodita cuál habría de ser el motivo de dicha celebración, de tan emocionadas como se sentían.

-Escuchadme, escuchadme, quedaos un momento tranquilas, -les instaba Afrodita sin poder contener su entusiasmo-. Si no os calláis, no os podré explicar mi maravillosa idea.

-Está bien Afrodita, vamos a estarnos muy quietecitas pero por favor no nos hagas esperar más y cuéntanos todos tus planes,-replicó impaciente Ariadna.

Afrodita desplegó sus hermosas alas rojas salpicadas de suaves iriscencias blancas y emprendiendo un tenue vuelo, se fue a posar sobre una delicada rama desde la que dirigirse hacia sus amigas.

-Veréis, queridas, hace tiempo que vengo pensando la importancia que para nosotras y todos los seres de esta pradera tienen los rayos del sol. Cada mañana, cuando me despierto, veo esa luz en la que mis alas irreprimiblemente comienzan a moverse y surge en mí un inmenso sentimiento de gratitud.

-Sí, ahora que lo dices, a mí también me ocurre lo mismo, -interrumpió Artemisa inoportuna.

-¡Cállate Artemisa y deja hablar a Afrodita!, -le reprendió Ariadna.

-Pues bien, -continuó Afrodita- he sentido esta mañana de nuevo este sentimiento y ha sido tan fuerte que ha creado en mí un impulso a hacer algo. He prestado atención a mi intuición y rápidamente he imaginado una bonita fiesta de gratitud al sol.

-¡Bien, bien, maravilloso!,-coreaba alegre un intenso rebullir de alas.

Sólo Atenea, que siempre quería verlo todo claro, se atrevió a poner objeciones:

-No acabo de comprender muy bien la necesidad de una fiesta. El sol está ahí siempre, en cualquier caso nos ofrece sus rayos, tal vez ni siquiera se haya fijado en nosotras. Además semejante idea nunca sería aceptada por los demás habitantes de la pradera. Creo que hasta se reirían de nosotras.

Tras decir esto, escondió su diminuta cabecita entre sus delicadas alas azules, como avergonzada de su escéptica actitud.

Afrodita se acercó a ella comprensiva y le dijo suavemente al oído:

-Tú serás la que abra el desfile.

Atenea balanceó alegremente sus antenitas y se unió al entusiasmo de sus amigas.

Especialmente ilusionada estaba Artemisa. Sus hermosas alas de un intenso verde plateado, se confundían con la esponjosa hierba que mullía su alegre aleteo. No había otro ser en toda la pradera que con tanta espontaneidad mostrase su júbilo.

-Afrodita, déjame que yo me encargue de la música. Creo que podré convencer a la alondra para que componga un himno para la ocasión. Recuerda la bonita canción que me regaló para mi cumpleaños. ¡Fue todo un éxito!

-Estupendo Artemisa, -le dijo Afrodita-, pero tenemos que pensar primero cual sería la fecha más apropiada para esta Gran Fiesta del Sol.

-¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé! –exclamaba Ariadna mientras mecía el aire con un ingenuo aleteo. Ariadna era la más pequeña de las mariposas y en sus alitas se dibujaban increíbles filigranas de cientos de colores-. La semana que viene comienza la primavera y ya sabes que es un día muy especial para todos nosotros. ¡Qué cálido está el sol ese día! ¡Qué brillo tan dulce tienen sus rayos!

-Eso es una bobada,-replicó Artemisa-, el sol siempre está cálido y brillante.

Artemisa y Ariadna nunca estaban de acuerdo, así que una vez más y como de costumbre Afrodita tuvo que arbitrar diciendo:

-Creo que tiene razón Ariadna. Yo también encuentro ese día muy oportuno para nuestra fiesta. Pueden empezar los festejos al despuntar el primer rayo y prolongarse a lo largo de todo el día.

Goliat, el abejorro, que casualmente pasaba por allí, al ver tan agitadas a las cuatro mariposas, se acercó a ellas para enterarse de lo que ocurría.

-Buenos días señoritas, ¿qué les trae hoy que las veo tan excitadas?

-Afrodita ha tenido una gran idea y estamos planeando una fiesta de gratitud al sol, -explicó impulsiva Artemisa.

-¿Una fiesta de qué? –preguntó Goliat sin detener ni siquiera su molesto zumbido.

-Mira Goliat, hoy nos hemos despertado muy felices y nos hemos dado cuenta de que para ello necesitamos el sol y queremos darle las gracias abriéndole nuestro corazón, -le respondió amablemente Afrodita-. Por supuesto que estás invitado. Incluso si quieres puedes ayudarnos en los preparativos, tú que sabes hacer unos dulces tan exquisitos.

-Pero ¿estáis soñando o qué? Me levanto todos los días al amanecer y no paro de aquí para allá, trabajando duramente. ¡Para fiestas estoy yo! Al acabar el día, me duele hasta la punta de mis antenas. Y a mí nadie me da las gracias. Nosotros, los abejorros, sólo celebramos los cumpleaños y no veo ningún motivo para que sea de otro modo.

Dicho esto Goliat continuó el vuelo zumbando lejos de nuestras decepcionadas amigas.

Atenea tenía fama de ser la más organizada de todas las mariposas y por ese motivo fue encargada de elaborar la lista de los invitados. Era muy importante no olvidarse a nadie para no dar lugar a malos entendidos. Así que se retiró a su flor preferida, una petunia dorada cuyos estambres estaban siempre rebosantes de dulce polen, para que no le distrajesen sus amigas en tan delicada tarea. Estuvo varios días abstraída, revoloteando en breves círculos concéntricos, evitando el contacto con las demás.

Artemisa y Ariadna, que a pesar de estar todo el día discutiendo eran inseparables, se dedicaban infatigablemente a recolectar todo tipo de flores, frutos silvestres, ramas, hojas, pequeños juncos y nenúfares que por su especial hermosura sirvieran para hacer una ofrenda digna de tan magnífico homenajeado.

Afrodita parecía la más inactiva de todas. Sólo se recreaba en mover con especial atención sus alas rojizas, como si quisiera encontrar en los bellos reflejos y sombras que el sol dibujaba en ellas algún oculto significado.

Para Atenea todo acabó convirtiéndose en una auténtica pesadilla. Durante todo el día pensaba y pensaba, quería organizar todo al detalle, pero cuantos más planes hacía, cuantas más listas de invitados y horarios de actividades confeccionaba, más confusa y liada se hallaba y más fuerte era la sensación de que jamás acabaría. Ya apenas podía dormir por las noches e incluso llegó a perder su acostumbrado apetito.

Un día que estaba casi al borde de la desesperación porque ya había rehecho la lista de invitados una infinidad de veces, recibió la inesperada visita de una vieja amiga: la mariquita Margarita. Fue muy de agradecer porque a pesar de su concentrada actividad, Atenea había olvidado por completo incluirla en la lista.

-Hace días que no te veo por la pradera Atenea, -le dijo suspicaz Margarita. Parece que ya no quisieras tratos conmigo. Recuerda que habíamos quedado el otro día para ir de paseo por el estanque.

-Oh perdóname, -se disculpó Atenea-, pero he estado tan ocupada que se me ha ido el santo al cielo.

-Y qué has estado haciendo si puede saberse, -quiso saber curiosa la mariquita.

Atenea le explicó detalladamente toda la idea de la Gran Fiesta del Sol y le puso al día de cómo iban los preparativos. Por supuesto que no se atrevió a confesarle que se le había olvidado completamente invitarla. En cambio, le dijo:

-Espero que puedas venir y si es así, podrás participar en el desfile de las ofrendas o repartir rayitos de sol para la solapa a los participantes o sino organizar cruceros por el estanque.

-Uy, ¡qué maravilla!,¡una fiesta!,¡con lo qué me gustan a mí las fiestas! Así podré estrenar mi nuevo abrigo rojo. Pero para el desfile conmigo no cuentes, yo prefiero estar bien sentadita, en un lugar de honor. Bueno, ya me avisaréis cuando tengáis todo organizado. Seguro que ofreceréis ricos pasteles, ¡con lo golosilla que yo soy! ¡je, je, je!

Margarita emprendió el vuelo dejando dibujar su oronda figura en las verdes ondulaciones de la hierba, que comenzaba a llenarse de relucientes campanillas blancas ante la cercana primavera.

Entre tanto Artemisa y Ariadna se habían metido en dificultades. Artemisa siempre gozaba investigando y metiéndose en recónditos lugares de los que muchas veces salía con sus alas llenas de barro, sus antenitas aplastadas e incluso más de una vez tuvo que ser atendida por el Dr. Sapo de algún ligero rasguño. Revoloteando aquel día en las lindes del hayedo, Ariadna vio brillar en el interior de un tronco hueco derrumbado en el suelo, un extraño objeto que llamó su atención.

-Mira Artemisa, ¿no ves brillar algo en el interior de aquel tronco hueco?

Cuando Ariadna giraba la cabeza para prestar atención a la respuesta de Artemisa, observó pavorizada que ésta ya volaba frenéticamente hacia el interior del árbol, perdiéndola enseguida de vista. Ella no se atrevía a seguirla pero cuando iban pasando los minutos y Artemisa no volvía a salir, empezó a estar muy preocupada y haciendo acopio de valor, se decidió a ir a rescatarla.

Al asomarse a la boca del tronco humedecido por los hielos invernales, Ariadna comprobó que a pesar del foco luminoso que aparecía en el otro extremo, en su interior reinaba la más absoluta oscuridad y le era imposible distinguir a Artemisa. Sólo se oía el suave silbido que la brisa plagada de perfumes producía en su interior. Durante unos instantes se sintió muy confusa, sin atreverse a tomar una decisión, cuando de pronto pudo reconocer un débil destello de dorada luminosidad.

– Artemisa, Artemisa, ¿estás ahí?, -preguntó sin atreverse a alzar mucho la voz.

Como no recibiera respuesta comenzó tímidamente a penetrar en aquel oscuro túnel, dejándose guiar por la tenue luz del desconocido objeto. Al aproximarse, pudo ver la silueta de Artemisa que se recortaba en el contraluz como si fuera su propia sombra. Y pudo ver que con sus patitas trataba de arrastrar un objeto redondo y brillante que resonaba en el tronco con metálica contundencia.

-Pero Artemisa, ¿qué estas haciendo?, déjame que te ayude, -exclamó Ariadna asiendo también ella con firmeza el extremo del objeto.

Cuando por fin consiguieron salir a la luz del sol, Ariadna comprobó que Artemisa emocionada ponía aquello sobre su espalda y emprendía el vuelo sin dar una explicación, ni tan siquiera articular una sola palabra. A duras penas logró seguirla

hasta que llegaron al jazmín que Afrodita rondaba esa mañana.

– ¡Afrodita!, mira lo que he hallado perdido en el bosque, – trataba de expresar Artemisa con voz entrecortada por la emoción-. Al ver su brillo y captar su figura circular, he comprendido que era el sol que necesitaba nuestra ayuda. Aún corriendo grandes riesgos, he ido en su busca y aquí te lo traigo para que podamos darle nuestra fiesta.

Afrodita continuaba imperturbable, describiendo círculos perfectos entorno al jazmín, dejándose embriagar por su delicado perfume. Observó con atención el rostro de Artemisa y pudo comprobar que su emoción era sincera y por tanto agarrando la moneda dorada que ésta le ofrecía, la guardó en su flor con gran respeto.

A lo lejos vio dibujarse la figura de un insecto oscuro que se arrastraba por el suelo acercándose hacia el lugar donde se encontraba la feliz mariposa. Enseguida reconoció al escarabajo Bartolo, personaje conocido por su hosquedad entre todos los habitantes de la pradera. Llevaba entre sus patas un palito que había moldeado a modo de espada y en su horrible cabeza lucía un casco tan oscuro como su rostro.

Afrodita no presintió nada bueno, pero hacía tiempo que la tristeza, y hasta la más leve preocupación o temor eran desconocidos para ella. Por tanto, sonriente y despreocupada se decidió a recibir los embates de la ignorancia.

– He venido con urgencia hasta aquí, al enterarme que tramas una grave conspiración contra nuestro pueblo, -le espetó Bartolo lanzando contra Afrodita el inarmónico rugido de su voz-. No estamos dispuestos a consentir que con vuestro ejemplo, nuestros hijos pierdan la concentración que el orden y la sensatez con la que les educamos les requiere. Nunca en nuestra pradera nadie osó moverse sin perseguir con ello un bien de utilidad para la comunidad. El trabajo y la responsabilidad nos dignifica y cualquier comportamiento frívolo será perseguido como una mala hierba.

Afrodita sintió gran compasión por Bartolo, le veía encogido, sufriendo dentro de su hueca coraza, incapaz siquiera de mirarle a los ojos. Aleteó con suavidad, casi como si quisiera hipnotizarle, sin hallar una respuesta oportuna. Por ello comenzó a volar hacia el cielo, aproximándose hacia aquel al que quisiera rendir su homenaje. La azulada luminosidad, la cálida caricia que el sol le regalaba le hizo darse cuenta que tras la estruendosa apariencia del mundo, en el cielo sólo volaba la inmensa calma de su gratitud.

 

Marisa Pérez

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