Dicen que Europa nació para defenderse de si misma y que no se volviesen a reproducir las atrocidades de las dos guerras mundiales en su propio territorio, para lo que había que trasladar las fronteras unos miles de kilómetros más hacia atrás, integrando a los “iguales”. Edificadas con las mismas púas de siempre y las mismas barreras que frenan, en caso de catástrofe, las oleadas humanas que ellos mismo vivenciaron y les trasladaron hacia tierras lejanas. Fronteras para proteger su identidad de lo otro, demarcando bien la diferencia con el oriente tan próximo, tan lejano, tan desconocido, tan juzgado y tan codiciado en sus recursos.

El concepto de frontera con el otro,  no solo defiende a un Estado de otro Estado, que queramos o no, mientras el amor no reine en los corazones competirán por los recursos básicos de la tierra –cómo se viene haciendo desde el paleolítico- sino también nos defiende a nosotros mismos de la amenaza del interés del otro, el mismo puesto de trabajo, la misma mujer; nos defiende también del discurso diferente, que no se acepta, pues contradice el nuestro, y eso se vive como una amenaza de muerte a lo que creemos ser, un discurso y unos valores inamovibles que no queremos ver tambalear por ningún otro, aunque sea la propia esposa, el propio hijo que nos salió tan divergente.

Más allá de mi piel, mi frontera, el otro puede cuestionar lo que creo ser y me defiendo negándole su posibilidad de pensar diferente. Los de oriente combatiendo a los de occidente, los de izquierdas anatemizando a los de derechas y estos a los de izquierda, como decía Ortega y Gasset ambos sufren de hemiplejía moral, obnubilados por sus respectivas ideologías, que falsifica la realidad, pues ¿dónde quedan ante la trascendencia esas fronteras dialécticas que impiden respetar al que cree distinto, dónde quedan las fronteras ante la realidad de una misma humanidad sufriente?

La Europa de los mercaderes pertrechó una unión y unas nuevas fronteras generando alianzas que defendiesen básicamente una identidad pareja basado en una idolatría común: la economía, deidad que se venera en todo hombre desde las épocas del becerro de oro, cuando entre el elegir entre el maná del cielo, que exige el dulce sacrificio de la extinción, para fundirse con Lo Otro, prefirieron el dulce artificio de la seguridad individualista.

Europa no nació con un propósito moral y menos cuando su hostilidad a sus propias raíces cristianas, de ese “Dios en nosotros” que nos conmina a vomitar la tibieza y expulsar a los mercaderes del templo de la Vida con el látigo y a combatir con  violencia a ése que hay en nosotros -que idolatra lo irreal, lo ilusorio, la impermanente seguridad de un confort adormedecedor- han sido extirpadas sistemáticamente por la época histórica más anómala que ha existido sobre la faz de la tierra, esa en la que el sentido de lo sagrado se ha hecho desaparecer de tal forma, inconscientemente intencionada por el poder de las sombras, que lo inferior que habita en nosotros no tiene ya barreras para expresarse en aberraciones cada vez más escandalosas, como la de los juventudes del partido liberal sueco que piden la legalización de la necrofilia y la pederastia.

Así que Europa no ha cruzado ninguna frontera hacia su propio asesinato moral, ya está muerta desde sus propios fundamentos en la codicia y la avaricia de ganar el mundo, perdiendo el Reino. La negación a la llegada masiva de inmigrantes que huyen de la atroz guerra que Occidente en connivencia con países de Oriente tienen declarada en los territorios geopolíticos de Siria, después de arrasar los de Irak, y que la han convertido en devastadora para millones de personas, las cuales han tenido que huir de escenarios de terror, que ni el propio Hollywood, que construye las conciencias del mundo, se le ha ocurrido todavía inventar para adormecer aun más la anestesiada conciencia del mundo globalizado.

Gentes sirias, que nunca estuvieron entre las poblaciones que emigran, pues aman sus tierras, como el feto ama su cordón umbilical, que le vincula a la tierra amada, aunque las condiciones no sean las del estado de Bienestar occidental, pues su bienestar no es de este mundo. Algo que occidente no puede entender ni permitir, felicidad nacional bruta basada en el reino del corazón, de la simplicidad de vida, no, occidente quiere consumidores de vanidad de vanidades.

Las huestes de Gog y Magog –el centro subterráneo de la corrupción mundial o dicho de otra manera las influencias maléficas de la esfera sútil inferior- ya no tienen fronteras; inquietas en las atalayas, de forma turbulenta e impaciente buscan nuevas conquistas, y las murallas del sentido de lo sagrado están llenas de fisuras y ya no protegen como antaño, por eso sus sombras como neblinas enardecen las pasiones más oscuras de los hombres, y les ganan para sus huestes que han de sembrar de dolor y oscuridad el mundo.

Cuando los mismos refugiados que huyen  hastiados del horror y de la violencia permiten que se desaten las sombras de las que huyen, en la propia materia prima de su alma, violando a sus hermanas sirias, que desposeídas de todo, van solas y mendicantes por los caminos, se han hecho de esas huestes, han vendido su alma a las hordas devastadoras que luchan por anegar el mundo de la manifestación de una de sus polaridades, el mal, aboliendo todas las leyes, como la de yacer con los muertos.

Estas huestes se infiltran por las fisuras del alma que no teme la trascendencia de un juicio por las acciones cometidas y mientras el frío, el barro, el abandono, la injusticia queman sus entrañas esas hueste del mal, rematan a nuestras madres, hermanas e hijas mientras huyen despavoridas, habiendo perdido al marido en una de esas infames balsas de las mafias, que adoran al mismo príncipe de las tinieblas y, así, derrotadas de todo llegan nuestras mujeres sirias a un último y demoledor combate, las fronteras europeas que tiraron la piedra de la guerra con su omisión, en muchos casos, y esconden la mano y esconden la caridad debida.

Preocupados los “cancilleres Merkel” de cada estado en alianza defiende sólo los derechos de sus ciudadanos, que son los que les mantienen en el poder que ansían y los tan cacareados derechos humanos que los vincula con el otro, internacionalmente, se violan como se violan cada vez con más facilidad cualquier principio no ya moral sino de un mínimo sentido común. El miedo erige las fronteras, y el miedo a que la indignación de los despatriados por nuestra codicia enloquezcan en nuestro territorio y borrachos de rabia e injusticia violen a nuestras rubias alemanas, como ocurrió en la nefasta Noche Vieja, exacerba los ánimos del miedo y ya no hay entonces posibilidad para la profundidad en la reflexión de que lo único que da plenitud al hombre después de amar a Dios –Lo Real- con todas su potencias es amar al prójimo como a uno mismo.

Que los pobres Lázaros dejen de llamar con sus llagas a la puerta de Epulón, pues está ocupado en comer con abundancia y regalarse mucho a si mismo, lo que le impide en ese abismamiento mirar más allá de su frontera egocéntrica y atemorizada de que desaparezca su perpetuo festín de Babet. No les van a  dar ni una mísera migaja, pues está muerto de miedo que su crisis, que ha mermado sus viandas, aunque siguen siendo opulentas frente a las de las otras mesas del mundo, haga peligrar su plato de perdices.

Pobre Epulón, y rico Lázaro, que morirá en las fronteras turcas entre el barro y la desesperación, pues este mundo no es el mundo real sino sólo un pálido reflejo. Y bienaventurados los pobres porque de ellos será el cielo, por pura justicia divina y Lázaro viaja con una deuda que ha sido prometida ser pagada desde el cielo. Dios se debe a si mismo la justicia de una pobreza que es frecuentemente un efecto de la injusticia humana que nace de esa concesión a las más bajas pasiones y el Reino de Dios repara y hace justicia, en términos budistas la justicia de la ley y de la acción.

Cuando Epulón y sus hordas de salvajes se quemen en las llamas de su karma la justicia quemará cada una de sus salvajadas y el fuego será el de su conciencia que le abrasará en el sufrimiento del mal que inflingió a los más necesitados. Pobre Epulón que trasmigrará como en el samsara budista del reino de los dioses donde la falsa felicidad y el orgullo lo mantiene esclavo a la rueda de la trasmigración, al reino de los demonios o de los pretas donde su espíritu hambriento no tendrá calma, el fuego de su sed no se saciará y comprenderá, entonces, en el dolor de la llama, del arrepentimiento de todo el amor que no fue dado cuando las llagas de la tragedia llamaron a sus ricas puertas europeas.

Mientras tanto, los que podamos sacudámonos esta avaricia de mantener tras las fronteras el mundo que se deshace por nuestros insostenibles y profanos modos de vida, pues las comodidades materiales presentan sus facturas correspondientes en el plano espiritual, el cual ha de pagar un precio muy caro. Y realicemos el camino inverso de la Unión Europea y el resto de las alianzas de este bajo mundo, de la cantidad a la cualidad, que la moneda que podamos dar a los emigrantes sea como el de la anciana que dió todo lo que pudo, no como el rico exhibicionista que dio de lo que le sobraba y haciendo alarde público de su miseria. Adiestrémonos con determinación en pasar del amor a la materia al amor al Espíritu, construyamos de nuevo la única muralla que nos protege de esas fuerzas que emergen desde el subconsciente (los logismoi, pensamientos erróneos, los demonios, insensibles y fríos al sufrimiento): la muralla de la luz, de la conciencia, del despertar, de la cesación del sufrimiento, salgamos del laberinto por arriba y vayamos plantando primaveras en cada huella nuestra de cada día.

Beatriz Calvo Villoria

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