Atardecía en el cielo, la caída del sol me permitió abrir la ventanilla del avión para observar el descenso hacia la isla de Ibiza y sufrí un impacto visual, de emoción estética y de misterio, de nostalgia y de temor. Un peñón emergía del mar como un canto primordial de la madre tierra, con una intensidad tal que pareciese que los cielos se abrían a su alrededor. No pude mirarlo mucho rato, había algo en esa peña que me desnudaba por dentro.

Llegué de noche, un golpe de calor y de isla, de sabor a Ítaca inundó mi alma. Mi anfitrión, un amante empedernido de este territorio único desgajado del continente, que navega su singularidad en el mítico mediterráneo me fue adentrando entre pinares y curvas en la noche misteriosa hasta llegar a un recóndito lugar donde el silencio hablaba con notas de mar, de viento y de montaña. Dormí y ensoñé, que de una extraña peña cercana una presencia femenina emergía y se acostaba junto a mi cama, en mi alfombra de meditación y me mostraba como adorar al Creador del Universo. En la mañana el sol me levantó presta y mi asombro volvió a conmoverse, la peña que desde el cielo contemple se alzaba imponente frente a la casa de mi anfitrión, su presencia ocupaba todo el espacio, era como un signo que emergía de las aguas que no conseguía desvelar, pero que hablaba con una contundente belleza a mi alma de Ulises: “vuelve, vuelve a la raíz de tus raíces que es tu propia alma.”

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En el desayuno me dieron su nombre Es Vedrá, y los relatos de diosas, misterios, y milagros acontecidos a su alrededor me hicieron consciente de ese impacto que la isla de Ibiza produce en los corazones. Ante la mirada atenta de su guardiana, la isla de Ibiza se me revelaba como una embarcación tectónica que llevaba a Ítaca en su seno, ese lugar originario al que todos queremos regresar. Ibiza guarda aún ese aroma de paraíso, que muchos pueblos le otorgaron por su belleza, como si una puerta se abriese a través de su singularidad hacia un espacio sagrado, que nos permitiese sólo con penetrar en él, participar de su fuerza y su sacralidad.

La isla de I-Busim (isla del pino) fue en la época púnica un centro de peregrinación en el que se veneraba a la diosa Tanit, una diosa creadora, fertilizadora y regeneradora, la primigenia diosa de la naturaleza que de alguna manera hoy sigue palpitando en muchas de las expresiones que acontecen en Ibiza, que hablan de vida, de belleza, de alegría, de creatividad, de lo femenino como arquetipo que libera, por su profundidad misteriosa, y que se encarna en las mujeres sirenas que nadan en las calas como anfibios en el seno de las aguas de esmeralda. Una isla de contrastes acentuados por el magnetismo de esta nave de piedra, que lleva al extremo esa sed de primordialidad que todo hombre lleva en su seno y que tiene en la isla una expresión magistral en la pobreza exquisita de las fincas payesas tradicionales, donde los muros de piedra, se enamoran de las vigas de sabina que se retuercen dando formas poéticas y creando una sencillez y sobriedad que encandila a personas venidas de todo el planeta.

Ecocentro lleva años cultivando la idea de expresar a Tanit en un nuevo proyecto, la Tanit de la belleza en escoger una hermosa finca payesa, la Tanit de la alegría de las cosas bien hechas, con una cocina gourmet que deleita los sentidos en un restaurante biovegetariano y que invita a los habitantes de la isla a disfrutar del placer de la comida mientras se cuida a la madre tierra que nos da la vida, a nuestra tanit de cada día… que sigue expresando su abundancia en proyectos como este, que regeneran la economía responsable en un lugar marcado por un fuerte sabor rural e intemporalidad. Sed bienvenidos a navegar a lomos de la Isla de la luz.

Beatriz Calvo Villoria

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