Hay lugares que misteriosamente te religan con la primordialidad, paisajes dibujados por la mano genésica de lo divino que se introducen por la retina modelando una aspiración a la sencillez de la desnudez, que se inhalan por los poros abiertos del olfato de la piel y te ablandan la estructura anímica que construye el esqueleto desde lo interior, ablandando así músculos y tendones, vísceras y demás sustancias que se alojan en el cuerpo con una cadencia más suave, más abierta, más blanda… tierna.
Paisajes cuyos sonidos a viento y a pájaro te transportan al que enuncia la voz de cada cosa y te recuerdan que estás respirando lo sagrado en cada hálito. Islas benditas que te aíslan del mundo, y que en su extraña aridez hay una vida exultante de belleza, un desierto sonoro en lo terreno, donde cada flor se hace milagro, pues atraviesa la dificultad de la sequía mostrando el espíritu de reino vegetal, victorioso siempre, signo rotundo de la vida, y que contrasta como la noche y el día -produciendo una fricción insoportable que despierta incluso hasta el que duerme- con el infinito mar que la rodea, como una aureola de majestad y de profunda belleza, besando a cada instante sus delicados pies de roca, vestidos de una fauna y flora de otro mundo; atardeciendo con el sol en dorados imposibles que se quedan impregnando el crepitar dulce de las olas cuando la noche pide su entrada y las cigarras se calman a soñar lunas y estrellas, acompañando la música sagrada de las esferas que percute como un diapasón cósmico sobre el corazón que vela.
La belleza esplendor de una verdad que queda velada y revelada al mismo tiempo convoca a todos, conscientes o inconscientes, como polillas ardientes la buscamos, algunos la admiran asombrados y se silencian otros buscan digerirla en éxtasis de artificio y llevan su primordialidad al extremo de la ausencia de cualquier sobriedad, digna cara regia de la ebriedad. Como la noche y el día dos razas de hombres se disputan esta joya de la corona del mar, unos la violentan desesperados porque no pueden poseerla desde el estruendo, otros se recogen sobrecogidos en la mismidad que les producen y elevan su oración al cielo con sus pies hechos uno con esta tierra roja y blanca de isla… bonita. No voy a decir su nombre, el secreto la preserva.
Hay paisajes primordiales que te devuelven a la sencillez perdida, a ese paraíso de la felicidad que está aquí, aquí, aquí, cuando la remembranza del sí mismo se ve catapultada por la presencia insondable del espíritu de la tierra y se hace cielo, morada santa, aquí y ahora.
Beatriz Calvo Villoria

Periodista

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