Ser Humano viene de humus y, sin embargo, una gran mayoría viven carentes de una tierra sin asfalto, de agua sin pesticidas, libres de químicos insalubres; de cielo sin contaminación lumínica, de aire sin plomo que abrase sus pulmones, esos que fueron diseñados para recibir el canto fresco del aire, sin la música salvífica de las esferas.

Los habitantes de un espacio totalmente urbanizado y domesticado necesitan pontífices que vuelvan a unir el cielo y la tierra y les despierten  el aullido de lo salvaje, que exorciza a los demonios del artificio y que es una elegía por el paraíso perdido, aunque sea sólo en el interior de su imaginación. Por eso la literatura de la naturaleza vuelve a estar de moda, porque hay una nostalgia, una necesidad de conectar con la tierra, con uno de los pilares de una vida plena, el arraigo, aunque sea a través de la virtualidad de la palabra. Muchos lectores aúllan en lo secreto como lobos heridos, mientras leen a Thoreau. Aúllan por una vida salvaje ya irrealizable para casi todos, por la domesticación de nuestra percepción, el modus vivendi artificioso y cada vez más virtualizado y por la desaparición de la naturaleza virgen, acotada en un mosaico productivista que ha dejado en su cuadrícula inviables las rutas para que la naturaleza dance ecosistémicamente libre.

Hoy en día, acaso se atreverán cuatro valientes a soltar las amarras de un puerto social afixiante, donde todo es mercancía, al verse reflejados en la poética de lo salvaje de Thoreau, que vuelve del pasado a las estanterías contemporáneas, para unir cielo con tierra, lo divino y lo humano y recordar la buena vida, la sencillez radical que pasa por la oposición a un sistema que nos esclaviza, por desobedecer los mandatos de un sistema que nos aliena. “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”, decía Thoreau en uno de sus libros más famosos Desobediencia civil.

Y vuelve, porque tenemos sed de trascendencia y el alma de Thoreau apuntaba hacia ese cielo. “Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano”.

Con Walden, libro que recoge su experiencia en los bosques nos invita a una vida salvaje, a ser colonos de un nuevo mundo, en los márgenes fértiles de lo silvestre, nos conmina a construirnos una cabaña sencilla e independizarnos de lo superfluo, ser autosuficientes, con una huerta propia, comprando sólo lo que va a ser útil y duradero y esa admiración por la vida salvaje en un vínculo íntimo con la naturaleza se va explayando en su obra como una invitación a restaurarnos como hombres que recuperan la salud perdida. “Conforme simplificáramos nuestra vida, las leyes del universo parecerían menos complejas y la soledad ya no sería soledad, ni pobreza la pobreza, ni debilidad la debilidad.”

Thoreau ruge con fiereza avisando a los navegantes que subirse al tren de la máquina es convertirse en fatal pieza de un engranaje inhumano. «La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad». Thoreau nos propone curarnos de una enfermedad en fase terminal y por eso su mensaje es tan actual.

Beatriz Calvo Villoria

Directora de EcocentroTv

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