El Amor vive dentro de mí. 

Su presencia,

de sutileza arrobadora,

hace estallar mi corazón en mil pedazos. 

En cada fragmento aparece una palabra,

como breve destello de una luz cegadora.

  1. Amih

Amih había nacido a este lado del río. Sus ojos se acostumbraron desde niño a contemplar aquellas aguas profundas que se movían tenazmente y sin descanso en una misma dirección, como si algo desconocido las guiase y les impidiese dudar. Amih deseaba que esa misma fuerza también le mostrase a él su camino. Y así se fue forjando su carácter que le convirtió en un joven y valeroso guerrero. Defendía a su pueblo, conquistaba riquezas, levantaba castillos, construía vías y puentes, con voluntad inquebrantable.

Sus largos cabellos rubios quedaban sujetos en una coleta que resaltaba el trazo firme de los rasgos de su rostro. Ojos claros y vivos, mejillas siempre doradas por el sol, labios gruesos que escondían la posibilidad de una sonrisa que raramente aparecía. Era temido y amado al mismo tiempo por su pueblo. Su fuerza era conocida pero también su bondad, que a veces le hacía incluso parecer extraño. Como aquella vez que hizo esperar a todo su ejército para entrar en batalla a que terminara de parir una gacela a la que él mismo alimentaba cada día, o aquella otra en la que le perdonó la vida al general del ejército enemigo porque cuando iba a atravesarlo con su espada lo vio llorar.

Después de cada batalla, siempre regresaba a la orilla del río y se sentaba sobre una roca que se elevaba de tal manera sobre su cauce que desde ella  se veía, como un ligero esbozo, la línea oscura de la otra orilla  resaltando sobre el azul de las aguas que reflejaban con limpieza el cielo. Amih solía conversar con aquella roca y le hacía partícipe de sus más íntimas confidencias. Le hablaba de su miedo en la batalla, le hablaba del dolor por el compañero muerto, le hablaba de su soledad, le hablaba de su añoranza del otro lado del río. Era tal la intensidad de sus palabras, estaban tan cargadas de emoción, que con el tiempo la roca se fue transformando por dentro y a pesar de mantener su pétrea apariencia, desarrolló no sólo la capacidad de escuchar sino también la de hablar. Y sus palabras, llenas de una extraña sabiduría, consolaban a Amih en su dolor y le animaban en su desaliento. También compartía con ella sus momentos de alegría y entonces la roca se elevaba más aún, hasta que ni tan siquiera los pájaros llegaban a alcanzarla.

Amih se acercó a la roca del río esa mañana para contarle un propósito que había madurado en su interior.

-¡Querida amiga! Desde muy pequeñito he visto una barca amarrada en la orilla, aunque nadie la ha usado nunca. Siempre me he preguntado que hacía ahí y para que serviría. Pero aún sin hallar una respuesta, también siempre he sentido el deseo de subirme a ella y remar hasta la otra orilla.

-Tú te mueves, el río se mueve, en cambio la barca en el río busca la quietud. Yo estoy por siempre en el mismo sitio y hasta tus palabras son para mí tan sólidas como mi alma. Pero también estoy en la otra orilla y también te escucho desde allí.

Amih no comprendía muy bien las palabras de la roca pero le gustaba escucharlas. Esperó para no interrumpirle y después continuó hablando:

-He decidido que mañana al amanecer tomaré los remos y me dirigiré al otro extremo, estoy seguro de hallar allí todo aquello que aquí me falta y regresaré cargado de bienes para mi pueblo.

La roca está vez calló y le ofreció a Amih su sabio silencio.

Así, al despuntar el primer rayo de sol del nuevo día, Amih se encaramó en la barca que se mecía suavemente en la orilla del río y mirando hacia la roca, que hasta parecía sonreírle, sintió como su corazón se llenaba de coraje.

2. Imah.

Imah había nacido al otro lado del río. Las gentes de su pueblo no podían ya recordar como era su vida antes de que ella naciera. Su rostro era bello pero no era nada en comparación con la belleza que guardaba en su interior y que exhalaba en todo lo que hacía o expresaba, incluso sólo cuando respiraba. Cada vez que hablaba, sus palabras transportaban tanta belleza que acababan por transformarse en música, cuando cantaba su melodía acariciaba como la suave brisa de la mañana o como la leve pluma del ave de los cielos y cuando se movía hasta los árboles parecían admirarla.

Los habitantes de aquella zona vivían desde generaciones en la abundancia. No conocían el hambre ni las privaciones de ningún tipo y por ello se mostraban satisfechos. Pero desde que Imah apareció en el mundo y les rozó con su mirada cargada de algo tan inefable, se dieron cuenta que la vida tenía otro brillo y se sintieron como renacidos. Por eso Imah se encargaba cada día con sus palabras, con su música o con sus movimientos de llenarles de poesía, como un puente a cuyo través llegara algo de otro mundo. Todos decían que lo que Imah expresaba era algo de la otra orilla y de esta manera se sentían como si pudieran volar hasta allí.

Imah gozaba paseando por el borde del río. La abundancia de esas aguas que aún dándose constantemente siempre se mostraban plenas, le inspiraba bellas poesías y con su sonido su imaginación se llenaba de melodías que a veces cantaba y que a veces callaba para sí. Su gran sensibilidad y excelente oído musical, le permitían poder comunicarse con todos los seres vivientes y dominar todos sus idiomas. Hablaba con los pájaros sobre la ingravidez, hablaba con las ardillas sobre el sabor de la primavera, hablaba con los insectos sobre la insignificancia, hablaba con las flores sobre la luz, pero lo que más amaba era conversar con un viejo sauce que extendía sus ramas por encima del río. En la rama más extensa y elevada de este inmenso árbol crecía una extraña flor roja de mil pétalos.

-¿Qué miras con tanta intensidad, Imah, que hasta pareces estar ausente?, -le preguntó el sauce.

-Observo el ritmo con el que se mueve esa barca amarrada a la orilla, -le respondió Imah sin apartar los ojos del río. Si pudiera mecerme con esa cadencia, mis movimientos aún se volverían más armoniosos y si por suerte consiguiera llegar a la otra orilla seguro que allí encontraría nuevos colores y formas para poderme inspirar,

-continuó Imah soñadora.

-No sueñes caminos imposibles Imah, la flor que adorna mi rama guarda toda la belleza del mundo y al otro lado del río su color es el mismo, -le dijo el viejo sauce.

Pero Imah no le escuchaba, absorta como estaba en sus pensamientos. A la mañana siguiente, Imah se despertó muy pronto, cuando aún no había amanecido y llegando hasta el borde del río, a modo de despedida, se abrazó al sauce amigo, que si hubiera tenido brazos tal vez la hubiera agarrado para no dejarla marchar. Pero los árboles aman con desapego y su inmovilidad es sabia. Por eso aquel sauce que sentía la tierra y el agua bajo sus raíces dejó partir a Imah y ni tan siquiera se puso triste.

La barca se balanceó bruscamente cuando sintió el peso de la joven caer sobre su húmeda madera. Los remos cayeron al agua y golpeándola con energía hicieron avanzar la barca a través del río. La flor roja abrió sus pétalos y cantó el pájaro de la mañana.

 

3. El viaje de Amih.

Amih remó sin descanso durante un gran rato. Sólo se detuvo unas pocas veces para coger agua entre sus manos y refrescarse el rostro sofocado por el esfuerzo y el ambiente caluroso del día. El sol lucía con intensidad en el centro del cielo y numerosas aves surcaban el aire y descendían en breves vuelos para chocarse con la superficie del río, que entonces se abría como arrepentida de su solidez y pactando con ellas se convertía en materia fresca y flexible.

Amih contempló como los árboles de la orilla se iban acercando y  sintió el aire cada vez más cálido. Remando con fuerza consiguió atracar en aquel lugar desconocido. Ató la barca al tronco de un árbol caído sobre el agua y cogiendo una mochila en la que guardaba algunas frutas para el camino, se adentró entre los árboles.

 

4. El viaje de Imah.

Imah no tenía ninguna prisa por llegar a la otra orilla. Disfrutaba con deleite todo lo que ocurría y se sentía feliz dejándose mecer por el agua, como si ella misma fuese una barca. Agarró los remos que se deslizaban sin esfuerzo dentro del río salpicando brillantes gotitas que mojaban juguetonas las manos de Imah. La joven se reía y hablaba con ellas. Aunque nunca antes había hablado con un ser de agua, no fue muy difícil para Imah, que conocía muy bien la música, encontrar un lenguaje para comunicarse con amigas tan cantarinas. Así que enseguida entablaron una larga conversación sobre la frescura y la transformación. Las gotitas le contaron que allá en el centro del río, cuando el sol calienta con fuerza, se transformaban en leves nubes de vapor y entonces eran capaces de volar. Imah las comprendía muy bien porque ella cuando entraba en el centro de su imaginación y la inspiración lucía con fuerza, como las gotitas, también se volvía leve y era capaz de volar.

Gozaba tanto Imah del viaje, del sol, de las gotitas y de la conversación, que casi sintió tristeza cuando vio como la tierra le iba ganando terreno al agua hasta que la barca quedó prisionera entre las arenas de la orilla. De un saltito descendió y chapoteó con sus pies descalzos entre las aguas transparentes y frías que le hicieron estremecerse, de frío y de placer.

 

5. Amih y el sauce

Amih observaba todo lo que le rodeaba con gran curiosidad. Siguió un sendero que discurría paralelo al río hasta que poco a poco, casi imperceptiblemente, se iba adentrando hacia una alameda. Se sorprendió mucho al ir descubriendo que en esta orilla también había rocas de la misma solidez que su amiga, árboles del mismo tamaño y color que los que él conocía, también había arena en el suelo que crujía al contacto con sus pasos enérgicos como lo hacía la arena de sus caminos, también había luz, también había aire, también había pájaros y también había un anhelo en el corazón.

Pero en su piel sintió el contacto con algo que ni él mismo era capaz de definir. Después se dio cuenta que no sólo era la piel, también más adentro, como por debajo de ella, sentía esa extraña presencia que aún acrecentaba más su anhelo y aceleraba el ritmo de sus pasos.

Así pues, con la velocidad del rayo y el ardor del fuego continuó su camino, pensando que pronto hallaría aquello que había venido a buscar. Y siguiendo aquel sendero llegó a un poblado, después a otro, después a otro. No encontrando nada, preguntó a las gentes si existía algún lugar donde nadie hubiera estado nunca, o algún lugar que ni siquiera conocieran. Pero a pesar de entender sus palabras nadie podía comprender lo que quería decir con ellas y continuando en sus faenas dejaban la pregunta sin respuesta, para que regresara allí de donde había salido.

Con la misma energía de esa fuerza oculta que arrastra las aguas por su cauce, Amih siguió caminando, decidido, hasta recalar de nuevo en la orilla del río. Se acercó hasta el tronco medio hundido entre las arenas de la orilla donde había amarrado la barca y se sentó sobre él, comenzando a pensar sobre su triste destino. Después de un rato ya no recordaba si pensaba en el árbol caído o en sí mismo. Los ojos de Amih, del mismo color del río, se fijaron en otro árbol, aquel que le daba sombra y a través de cuyas ramas ondulantes se filtraban los rayos del sol que danzaban a su mismo ritmo, según la cadencia de la brisa matutina. Era un sauce que parecía crecer en aquel lugar desde antes que la misma tierra.

Su sorpresa fue grande cuando en lo alto de una rama que se extendía sobre el río, vio una flor que no era comparable a ninguna otra que hasta entonces hubiera visto. Su color rojo le recordaba la sangre de la batalla y también  le recordaba algo, ¡qué curioso!, ¡le recordaba algo que no conocía!

Trepó por el árbol hasta llegar donde crecía la flor y cogiéndola entre sus manos la hizo suya.

La barca amarrada a la tierra mecía en suaves movimientos su paciencia.

 

6. Imah y la roca

¡Qué extraño es sentirte en un lugar extraño, y después darte cuenta que lo único extraño es tu forma de mirarlo! Imah tenía sus ojos cargados de sorpresa y todo lo que veía le parecía sorprendente. Si veía un árbol era capaz de percibir si tenía alguna hoja a punto de morir, si veía una piedra sabía quién se había sentado en ella y si un pajarillo se posaba en su mano mucho le costaba después emprender el vuelo para alejarse de allí. Imah pensó que todo esto le ocurría  porque estaba en la otra orilla, pero poco a poco fue recordando que de pequeña, cuando llegaba el otoño, se entretenía acercándose a los árboles para poner sus manos debajo de las hojas antes de que llegaran al suelo, o también recordó la intensa amistad que tuvo con Marcelo, un niño con el que, a pesar de no haberle conocido nunca, compartió una misma piedra sobre la que ambos se sentaban, o se acordó de Sephir un suave gatito que encontró en la calle y que jamás se apartaba de ella. Y se dio cuenta de que en realidad nada nuevo ocurría.

Pero a pesar de todo, sintió como una fuerte punzada que nunca antes había sentido, primero pensó que en el vientre, después que en el corazón, pero después se dio cuenta que en todas partes, incluso en la tierra y en el aire.

Buscó alguien con quien conversar y a quien poderle hacer su confidente. Pero los pájaros le parecieron demasiado ligeros, las ardillas demasiado charlatanas, los insectos demasiado insignificantes, las flores demasiado hermosas y no hallaba ningún sauce. Si Imah hubiera sabido lo que era la soledad tal vez se hubiera sentido sola pero como no era así, se guió de lo que más conocía y escuchó.

Oyó un suave murmullo. Al principio pensó que era el agua del río pero aguzó su atención y se dejó guiar hacia donde surgía ese sonido desconocido. Con los ojos bien abiertos, pero sin mirar, se encontró sobre una roca que se alzaba imponente sobre el río.

-Te oigo y no sé qué quieres decirme, -le dijo Imah a la roca.

-Observa la barca que se mece allá en el río, -comenzó a decir la roca. Parece moverse pero en realidad es quietud y quietud muy sabia porque se deja llevar por lo que inevitablemente se mueve pero que nada busca.

-Tus palabras son muy bellas y también sabias. Tal vez sepas decirme que me ocurre, qué extraña vibración siento dentro y fuera de mí desde que llegué a esta orilla que me hace sentir otra aún siendo claramente la misma. Ahora que estoy encima de ti aún la siento con más fuerza y a pesar de ser vibración tiene una forma de solidez sólo comparable a la tuya, -le explicó Imah.

-No hay separación entre mí y quien sobre mí se sienta, entre una orilla y la otra orilla del río. Somos fuerza y belleza, quietud que en apariencia busca y nos buscamos. Siéntate sobre mí y no escuches mis palabras sino que déjate penetrar de mi energía.

Imah hizo lo que la roca le decía y se sentó sobre ella, mientras miraba la barca que se mecía en el río.

 

7. La barca

El río se mueve. La barca sobre el río busca la quietud.

Sólo hay, y siempre ha habido, una única barca allá en el río, que se deja llevar por las aguas que vagan sin destino, sin motivo ni causa.

 

Marisa Pérez

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