El alma del hombre y el alma del vegetal contenida en la semilla están sometidas a los mismos factores cósmicos para su fructificación: el fruto del alma humana, regada y bendecida por las influencias del cielo y nutrida por la tierra, es el conocimiento y la bondad consecuente del buen pensar, el buen decir y el buen hacer. El fruto de la semilla regado por las ubres del cielo, amamantado por los nutrientes de la tierra y protegido por los brazos de los hombres es la donación y el sacrifico de un reino, el vegetal, que se acerca a la conciencia cuando el hombre se alimenta con sus savias, nutrientes y tejidos, su substancia; es la donación de una energía de vida, una fuerza vital llena de sol y de tierra, de antepasados que yacen en la umbría del olvido de los siglos para transformarse en Ser Humano. El ser humano es una transformación de los alimentos, decía el dietista Víctor Poucel; cuando se alimenta es «invadido e informado en todo su organismo vivo por el juego multiforme del universo. Y en este juego están entremezclados cuerpo y espíritu; el hombre está insertado en el universo y lo capta en los modos más elementales y fundamentales de su expresión. Por medio de su cuerpo, el hombre asimila el universo entero» (Jean Hani).

Desde estas líneas siempre intentamos dotar a la naturaleza de una diversidad de sentidos; cualquiera de sus elementos es susceptible de una interpretación simbólica, que ayudará a un conocimiento más real de lo que tenemos entre manos. En esta ocasión queremos escribir sobre la semilla como factor clave en lo que se viene llamando la  soberanía alimentaria de los pueblos. Y para producir ese acercamiento a este diminuto misterio ―pues «la semilla brota y crece sin que se sepa cómo»―, a veces tan minúsculo como el grano de mostaza, queremos recordar sólo una más de las muchas analogías que hay sobre su esencia, que nos hará mirar cada nueva semilla que caiga en nuestras manos como un auténtico canto a la capacidad creadora de la naturaleza. Y quizá las valoremos entonces en su justa medida, y defendamos, en consecuencia, el derecho inalienable de los pueblos a recoger sus propias semillas, derecho que en estos tiempos está siendo violado por los intereses crematísticos de una industria agroalimentaria que ha convertido la sacralidad del alimento en mercancía.

La semilla contiene el fruto de nuestro alimento, es una potencia latente que se realiza cuando “muere” en la oscuridad de la tierra; por eso, desde el origen de los tiempos el hombre ha visto en ella un poderoso símbolo de su propio renacimiento espiritual; sólo en la oscuridad de la negación de lo que no se es, se llega realmente a ser. En ambos casos la idea-potencia sólo fructifica si se entierra, no hay cosecha sin siembra. Y esta analogía se repite desde el inicio de los tiempos como una enseñanza simbólica, que va directa al corazón del hombre abierto al lenguaje de la naturaleza, y se repite en la sinfonía inaudita de una miríada de variedades vegetales, que imitan al infinito en su variedad de formas, colores, texturas, sabores y olores, y en su circularidad eterna, semilla-fruto-semilla.

La semilla es el despliegue de un tesoro hecho de una dimensión biológica y una dimensión intangible que alimentan el cuerpo y el alma del hombre. Para el agricultor, la semilla no es simplemente la fuente de futuras plantas para su alimento; representa un lugar de acopio de cultura y de historia. La semilla es el primer anillo de la cadena de la alimentación. La semilla es el supremo símbolo de la seguridad alimentaria, luchemos porque las corporaciones no acaben patentando el hambre del mundo.

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