En nuestro debate de Epicentro del mes de febrero, en EcocentroTv, nos hemos atrevido con un tema candente, un epicentro que puede convertirse en seísmo social si no se reflexiona sobre ello. Hablamos del tema de las sustancias visionarias, psicoactivas, enteógenos, pharmacos, herbolaria mágica, drogas  o tantos nombres que responden a las distintas maneras en las que en occidente se aborda su uso o investigación.

Hemos invitado a dos personas que han reflexionado durante décadas sobre el tema y que han realizado estudios y publicaciones sobre los efectos de las sustancias visionarias o el uso religioso de las plantas sagradas: el profesor y facilitador de sueños Javier Esteban y el filósofo y periodista José Carlos Aguirre.

La dosis hace el veneno

Estamos ante  un tema polémico que desata pasiones, tanto por los que quieren prohibirlas a toda costa impidiendo las investigaciones sobre sus posibles usos terapéuticos y médicos,  produciendo, indirectamente, que broten en la clandestinidad, en marcos que fácilmente las convertirán en veneno, “el veneno y la medicina se distinguen por la dosis” decía Paracelso.

Como por los que las defienden a capa y espada, impermeables a las advertencias de los posibles efectos secundarios que su uso pueden provocar, pues las han convertido en un negocio, un nicho de mercado muy lucrativo. O por los que adictos a ellas las defienden como parte cotidiana de sus vidas -en sus marcos tradicionales de medicina no producen adición, pues esta es contraria a la salud que buscan-.

He querido aportar con este artículo algunas reflexiones más, ya que no hubo tiempo de exponer tantos matices en el debate, acerca de un tema que tocará muchas fibras en las personas que defienden su uso en un mundo que se muere de sed de algo que abra las puertas a esta planicie existencial.

En el debate nos centramos principalmente en la ayahuasca que se ha convertido en un fenómeno global, pero lo mismo podríamos decir de otras sustancias como el cannabis, del que se ha normalizado su uso, hasta el punto que la mayoría de los consumidores desconocen los daños que el uso continuado puede producir.

Uno no se pasa toda la vida tomando medicinas y las plantas mágicas o visionarias han tenido siempre la triple función de sanar, matar o contactar con los reinos invisibles, en este caso, para traer respuestas al visible y ejecutar o realizar sus visiones para el bien de la persona y la comunidad, no para querer habitar en esos mundos, descolgados de un estado de vigilia vigilante; estados modificados de conciencia que no pueden ser la normalidad, pues hay muchos cacharros que fregar y relaciones que madurar y estados que necesitan, si es posible, ser  habitados dentro de marcos que permitan su conducción, interpretación e integración posterior. Es decir un hábil curandero, un maestro de ceremonia, de los que, por desgracia, ya no quedan.

La ausencia de marcos

Y aquí está, para mí, la clave del mal uso de unas sustancias que son poderosas, pues precipitan con violencia comprensiones de los mundos, del misterio, para las que la mayoría de las personas no tienen capacidad de recepción e integración sin romperse por algún lado, algunas roturas son tan sutiles que son difíciles de detectar. Por eso yo me pregunto antes sus defensores ¿Qué necesidad tenemos en estos tiempos donde su uso tradicional (de trasmisión de un conocimiento)  ya no se conoce, y los aprendices de brujo contemporáneos, y nunca mejor dicho, no tienen la maestría para manejar su poder?

Jugar con el fuego de los dioses sin maestro de ceremonia. Jugar con plantas que no solo sacan lo que tenemos dentro sino que están signadas por fuerzas cósmicas, como los planetas, y éstas, con distintas potencias divinas, que desconocemos (recomiendo el estupendo artículo de Pablo Ianiszewsky sobre el tema en Pijama Surf) y que nos pueden llevar a quedar poseídos por su “espíritu elemental”, que, en el caso del cannanbis, es nada menos que Saturno, el gran maléfico. “Un genio astral encargado de entorpecer, dificultar, apesadumbrar, impedir y obstaculizar con su lenta y pesada potencia. Es una energía densa, astringente y desecante, que en la justa dosis resulta beneficiosa en varias enfermedades, pero que en exceso desequilibra la mente y desvitaliza el cuerpo, llegando a paralizar la vida de un sujeto en casos extremos.” P. Laniszevsky.

Algunos defienden su uso como si fuera la panacea de la búsqueda espiritual por la velocidad con la que atraviesan los cielos y los infiernos. Como si el camino fuera lo que experimentamos en vez de lo que hacemos con lo que experimentamos. Cuando, además, el uso curandero de las plantas se inicia, según la perspectiva de  los ciclos cósmicos, con la degeneración de las culturas chamánicas, que en sus tiempos dorados no usaban ningún tipo de sustancias, pues ellos ya eran lo que las plantas de forma externa podían abrir si estaban bien conducidas. Eran esencia y substancia, no necesitaban nada ajeno a su conciencia para cruzar el umbral de los mundos. No había siquiera puerta que cruzar, ellos eran la puerta misma.

Así que tenemos un uso tardío, en los tiempos de hierro, por hombre que han perdido su conexión con el ojo del corazón, de plantas visionarias para volver al paraíso perdido y recepcionar mensajes para integrar lo que se ha separado. Pero ese uso, dentro de culturas muy específicas a las que no pertenecemos llegan, de pronto, a occidente, convertidas en un lucrativo negocio, que vende el acceso al conocimiento de nosotros mismos, sin decirnos que podemos quedar destruidos. ¿Si la dosis las convierten en veneno o medicina quién se podrá fiar del contexto mercantil en el que ha desembarcado la ayahuasca, por ejemplo? ¿Merece la pena el riesgo?

Personalmente  y con muchas experiencias de amigos a las espaldas que se quedaron rotos en el camino considero que no. Rotos porque dicen que los efectos farmacológicos dependen del contexto en que se tomen, lo que puede ser una noche oscura del alma, dirigida por un hombre medicina, sacerdote, se puede convertir en un brote psicótico en una sesión occidentalizada. Para los curanderos la ayahuasca es una sustancia muy poderosa que dentro de un ambiente poco propicio o combinada con otras sustancias, como pueden ser ciertos fármacos, puede tener efectos no deseados que pueden llevar a episodios psicopatológicos o provocar accidentes.

El precio de la apertura

Pero mi principal tesis para el no se fundamenta, más que en meter miedo, en la sabiduría profunda del Bhagavad Guita como tesis principal de mi intuición “Movidos por el sacrificio, los dioses te concederán los goces que deseas. El que goza de estos dones sin darles nada a cambio es en verdad un ladrón.” El velo de la novia lo levanta el esposo después de su compromiso que le califica. La clave es el sacrificio, el hacer sagrado cada acto cotidiano, entonces se abre la puerta sin tener que saltar por el muro.

Como dice Whital Perry en su excelente artículo de la Puerta Prohibida publicada en la revista Sophia Perennis de la editorial Olañeta “El hombre debe comprometer su alma de un modo sacrificial y absoluto, pues tal juramento es el único acorde con la naturaleza esencial del don, que en su esencia es ni más ni menos el don de la inmortalidad divina y la dicha eterna. Cualquier cosa que sea menos que esto es intrínsecamente sacrílega, y el peticionario se convierte en un vulgar ladrón expuesto ahora al temible castigo de la ley.”

Pero occidente no es especialista en sacrificios, su hedonismo feroz le hace quedarse en la toma y en la experiencia como quien salta por la parte de atrás del paraíso sin darle al dueño del espacio sagrado el precio que hay que pagar para poder entrar y gozar en la dicha de la no dualidad, de la integración de los opuestos que nos afligen.

El precio es el alma entera, el corazón, que es centro que resuelve el koan existencial, pero los ladrones de experiencias de un salto entran en el jardín, y bajo los efectos de una medicina prueban los frutos del éxtasis o la comprensión, pero si su intención no está purificada, a todo ladrón se le pone un castigo, en muchos casos, la pérdida de la razón, o fisuras psíquicas crónicas, al no poder integrar la experiencia de disolución de la mente concreta, que a veces acontece con estas plantas, por no tener una personalidad bien formada y/o el  fundamento de virtud suficiente para acogerla, como la humildad de que somos solo en lo que es.

Cayendo en tentaciones de apropiarnos ególatramente y creer que hemos llegado a la meta por haber experimentado una dicha de ecuanimidad y conducir nuestra vida como pseudo iluminados, abortando el largo camino hacia la realización o cayendo en experiencias aterradoras ante el dragón que custodia la cueva del corazón, que destroza al ladrón incauto, que sin la espada del discernimiento ni el escudo de la virtud, es derrotado los fuegos de la disgregación.

Las raíces de las plantas

Por otro lado en lo que respecta a la planta visionaria de la ayahuasca. Es una planta sagrada para una cultura que no nos corresponde. Decía un maestro hindú que el hombre cuando nace, nace arraigado a una tierra, con un color y una vibración específica, que nutre sus raíces, por eso los hindúes tenían prohibido salir de la madre India que les amamantaba en lo sutil, pues ese cordón umbilical era garantía de protección de muchas cosas.

La ayahuasca nace en lo recóndito de las selvas amázonicas y su utilización por los hombres medicinas, para curar enfermedades en su tribu; la actitud con la que  se ha de recolectar, el rito como una especialidad simbólica con la que va a acometer el acto de la ingesta, no tiene nada que ver con ninguna traslación posible que haga una mentalidad occidental alejada de lo sagrado desde hace décadas.

Un occidente que quiere recuperar ese sentido como si de un objeto de consumo se tratara, convirtiendo lo más elevado en lo más bajo. Una dinámica más de su capitalismo feroz, que  ha  puesto precio a lo que no lo tiene. Impidiendo a las propias comunidades ancestrales su uso, por la elevación del precio, ya que se ha convertido en una moda en los ambientes contemporáneos que está llevando en algunos lugares a su extinción.

Un cultura decadente donde las personas, bajo la supuesta búsqueda espiritual, esconden una avidez o codicia de experiencias, sin comprender que su insatisfacción existencial no se llena con experiencias sino con una metanoia total que compromete a todo el hombre. Se trata de dominar el carácter en sus aspectos insanos y desarrollar sus talentos, y ese sería el único sentido que pueden tener el uso de estos fármacos como medicinas del alma, que apuntan en una dirección que hay que andar toda la vida.

El ansia de escapar de las cárceles del materialismo

La realidad está ahí, occidente está atrapado en un materialismo feroz que le asfixia, nuestras vidas pronto estarán robotizadas, y ya no sabemos volar de la jaula. Hay mucha gente queriendo escapar y no saben por dónde. Las sesiones con plantas se están reproduciendo como setas, el negocio ha llegado para instalarse, y como muchos negocios de lógica capitalista no tienen  ningún escrúpulo, con los que vienen tan dañados, que una experiencia de estas puede catapultar su neurosis a grado de esquizofrenia. Como corroboran los investigadores del Hospital de Sant Pau de Barcelona como el DR José Carlos Bouso: “No deberían tomar ayahuasca gente con predisposición a sufrir trastornos psiquiátricos. Son candidatos a que una mala experiencia, que puede ser en principio simplemente un proceso de ansiedad, en este juego de vulnerabilidad donde corretea la psicosis, una situación estresante desencadene un brote en personas con antecedentes de esquizofrenia o psicosis. Y ya es más irreversible, porque son trastornos crónicos y no crisis de ansiedad limitadas en el tiempo.” ¿Quién en el floreciente mercado de las plantas visionarias va a poner ese filtro salvador?

Dicen que hay necesidad, pero ¿se trata en muchos casos de una necesidad de apertura a la dimensión espiritual, o es una caída de nuevo en una propuesta de consumo de nuevas experiencias? ¿Es esta la medicina que necesita un hombre tan roto como el de estos tiempos? o quizá ¿si hay verdadera necesidad hay que recomendar, que ante la ausencia de marcos adecuados, usar soluciones tan poderosas son contraproducentes y es mejo el camino de mil pasos iniciarlo con un solo paso? El paso lento y humilde que se repite a lo largo del camino, humildad para reconocer nuestros límites, nuestra pequeñez ante el misterio, una y otra vez y que va horadando la profundidad de la huella, y generosidad para que el aprendizaje de la vida, que se convierte en la única vía, lo donemos a los otros.

Democratizar el éxtasis dice uno de nuestros invitados, pero yo me digo que el éxtasis es la culminación de muchas batallas contra el yo ilusorio, batallas ganadas a fuerza de virtud repetida ante todas las situaciones, batallas que te dan la autoridad espiritual, los fundamentos para recibir la gracia. No hay democracia en el ascenso a la montaña, unos suben y otros no, porque son indolentes y perezosos.

El premio de la visión desde lo alto lo obtiene el que se esfuerza en el sentido adecuado. El objetivo de la vida espiritual no es experimentar la dicha —aunque ésta, en el orden divino de las cosas, puede ser su codiciada recompensa—, sino conseguir un cambio permanente del carácter. ¿Hasta qué punto las experiencias en estados alterados de conciencia consiguen hacerse virtud cotidiana?

¿Quién en estos tiempos dirigirá las ceremonias hacia el jardín de las hespérides en busca de visión? ¿Quién puede hacer una traslación simbólica de cada uno de los elementos que se usaba en nuestra propia tradición, en Eleusis, por ejemplo, lejana e inaccesible, para salvaguardar los distintos elementos que van a entrar en el fuego? ¿Los psicoterapeutas, los nuevos sacerdotes de la nueva era? ¿Los curanderos que en su contacto con occidente, se corrompen, pues han abandonado su territorio que los cose a una unidad tierra-hombre de sentido y pasan a vender lo que en sus lindes era sagrado?

¿Qué necesidad tenemos de ir tan deprisa? Adictos a esa velocidad que precipita las cosas, olvidando cultivar la bendita receptividad de la paciencia alquímica. ¿Para que romper las vasija saltándose los procesos orgánicos de la realización, tanto personal como lo espiritual?

Si te han interesado mis preguntas quizá te interese conocer los otros puntos de vista que se volcaron en nuestro programa Epicentro, diálogos en la noche. Sustancias visionarias, ¿veneno o medicina?

 

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