Dicen los sabios hindúes que en medio de ciclos de oscuridad, como este en el que nos encontramos, nunca deja de haber luz, pues la luz es lo real y la oscuridad solo ausencia de ésta.

Hay muchas otras  metáforas para expresar esa ciclicidad del cosmos hacia la muerte, pasando por la vejez con sus enfermedades asociadas para culminar en un nacimiento en lo desconocido -hasta ahora-. Pero son metáforas que aluden a algo que podemos observar, hablan de algo que sucede en nosotros mismos, en nuestras estaciones sucediéndose.

Metáforas como la de la velocidad a la que va el descenso hacia formas de gobierno corruptas, dominadas por un canibalismo feroz de todos los recursos para los intereses sociópatas de unos pocos privilegiados, que arden en el infierno de su egoicidad, mientras las llamas de su indecencia producen horror y miseria en todo el orbe conocido y más allá -seguro que las estrellas lloran en el firmamento ante esta deriva de lo humano, siendo nosotros sus hermanos, por el polvo de estrella que nos constituye.

Retomo lo que dicen los sabios y hago un giro. En esa velocidad de la caída siempre hay como mesetas que se resisten a ser vertiginosa inclinación hacia la nada, personas de luz que alumbran las múltiples facetas de la creación. Que destacan como luminarias, como estrellas polares a las que dirigirse.

Hoy quería hablaros de una luz nacida en el oriente que iluminó la faceta esencial del arte y la cultura de dar de comer al hambriento. La luz de un sabio japonés, que ante una iluminación súbita a la edad de 25 años despertó del sueño de un laboratorio anodino en el que investigaba patologías y se dio de bruces  con el asombro de la vida.

“Las hojas bailaban verdes, centelleantes. Sentí que esto era el verdadero paraíso sobre la tierra. Todo lo que me había poseído, todas las agonías, desaparecieron como sueños e ilusiones y algo que se podría denominar la verdadera naturaleza se reveló ante mí.”  Masanobu Fukuoka

Dejó la ciudad, su puesto en la Universidad, desafiando la corriente de su cultura que iba hacia el mismo abismo de quien la venció a golpe de Hiroshima y regresó a los orígenes, a la granja familiar. A cultivar arroz y mandarinos, pero sobre todo a cultivarse a sí mismo, pues en la contemplación de una brizna de hierba, de una espiga de arroz que salía airosa, fuerte y lozana del desorden de un campo abandonado, comprendió el orden implícito que hay en la sagrada naturaleza y la fuerza que tiene la vida para emerger una y otra vez como un canto de renacimiento.

Comprendió el mal de forzar a la naturaleza y entendió el porqué del abandono de los campos por los campesinos ante una plaga silenciosa que acabó con la primavera. La química avanzaba entre su gente, la agricultura industrializada impuesta por los vencedores con un eufemismo terrible de Revolución verde había acabado, en solo unas décadas,  con la fertilidad de la tierra en medio planeta. Los pesticidas y abonos químicos desalojaban a un campesino que se alejaba de los ciclos naturales y que sería sustituido, paulatinamente, por la máquina, y los arrabales de las ciudades y el sake haría el resto para que desapareciese una cultura ancestral de lo agro.

Descubrió en esa debacle de pequeñas hiroshimas lo que era realmente la agricultura “no es la producción de alimentos sino el cultivo y perfeccionamiento de los humanos”.

Se desprendió de todo y se hizo uno con la tierra surgiendo de su proyecto de cultivo una granja que se convirtió en un icono planetario, de todos aquellos que también querían oponerse a la apisonadora. Su agricultura natural dio la vuelta al mundo en las manos de muchos agricultores que empezaron a observar desde el silencio de una vida simple el cómo la naturaleza ordena el mundo, y las manos de Fukuoka se multiplicaron por miles y sus mensajes se hicieron recordatorio de un paraíso perdido:

“La gente ya no pone los pies en la tierra pelada. Sus manos se han alejado de hierbas y flores, no dirigen su mirada al Cielo, sus oídos están sordos al canto de los pájaros, su nariz se ha hecho insensible a causa de los humos de los tubos de escape y su lengua y su paladar han olvidado los sabores sencillos de la Naturaleza. Los cinco sentidos han crecido aislados del orden natural. La gente se ha alejado dos o tres escalones del hombre verdadero…

Los verdaderos gozos y deleites del hombre eran un éxtasis natural. Esto sólo existe en la Naturaleza y se desvanece lejos de la Tierra. Un medio ambiente no puede existir fuera de la naturaleza, y así la agricultura deberá ser el fundamento para vivir. El retorno de toda la gente al campo para cultivar la tierra y crear aldeas de hombres verdaderos es el camino a seguir para la creación de ciudades ideales y naciones ideales”. Masanobu Fukuoka

Hoy os invitamos a convertiros en nuevas manos que regresan al campo, la tierra nos necesita, o al menos a elegir los productos, los frutos del corazón de unos agricultores que con sus permaculturas, sus ecologías luchan en un panorama de tinieblas que necesitan de nuestro voto.

Os recomiendo su maravilloso libro “La revolución de una brizna de hierba”

Beatriz calvo Villoria

ComparteEmail this to someoneTweet about this on TwitterShare on Facebook47Share on Google+0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0