Nacer, vivir y morir, tres movimientos del canto de un alma en esta existencia. Venimos de una nada que apenas se puede nombrar, de una metafísica a una física que se gesta en lo oculto de un vientre materno. Tras nueve meses de milagro alquímico, la naturaleza abre una puerta. Un nuevo ser, único, llega a la existencia. Nuestro primer acto sobre la Tierra se ejecuta al ritmo sabio de oxitocinas y endorfinas, notas de una bioquímica primal, mamífera y amorosa. La mujer se ve sumida en un acto sumo de creación; su fisiología dirige cada gesto, cada paso, se contrae y se relaja en una cadencia exacta que ablanda tejidos, que dilata el útero, que descorre velos, puertas de acceso a un encuentro entre madre e hijo. Ambos, unidos en un momento sin tiempo, ejecutan la partitura exacta que la naturaleza gravó en las arcas de su cerebro, en la cámara oculta de su corazón. La mujer sabe parir, el bebe sabe nacer…. Pero nuestra cultura ha caído en un profundo olvido, y ya no sabemos ni nacer, ni vivir, ni morir.

 Actualmente, en España, uno de cada cuatro partos son por cesárea, y no porque la mujer no sepa parir, sino porque a fuerza de mamar una cultura desnaturalizada que utiliza el miedo “a lo que puede pasar” como mecanismo de control, ha delegado la responsabilidad de su maternidad en un sistema sanitario que afronta el parto como una enfermedad, que trata a la madre como una paciente sin derechos y al bebe como un ser que no siente ni padece. Una medicina que se ha centrado en conseguir un parto y un nacimiento lo más seguros posibles, pero ignorando todos los aspectos emocionales, psíquicos y espirituales de la madre y de la criatura, que son los que realmente regulan el proceso de un parto.

El abuso de la cesárea, que se ha convertido en “otra manera de nacer”, es sólo el punto más evidente de la excesiva medicalizacion que sufre la maternidad en España. Protocolos sistemáticos aplicados como norma, sin atender si son o no oportunos; aplicación de oxitocina sintética, que aumenta el dolor de las contracciones; episiotomías innecesarias con posibles secuelas de por vida; anestesia epidural para enmendar el dolor creado artificiosamente; separación de la madre y el bebe en el momento crucial de la impronta, del vínculo que decidirá la capacidad futura de ambos para amarse, y por ende de crear una cultura de amor o de desolación ante un primer abandono; y el culmen de la desviación: “césareas a la carta” que convienen a la agenda social del médico de turno y a una madre incapaz de superar el miedo que le han inculcado.

Es tiempo de exigirle al sistema una revolución. Queremos una nueva cultura de la maternidad. La medicina ha de volver a encontrar su sitio entendiendo qué es un parto, cómo funciona su fisiología, de qué depende que encuentre su ritmo y que el proceso se desarrolle de modo incluso placentero y amable, como describe Frederick Leboyer, uno de los padres del parto sin violencia.

Estamos ante una cultura de profunda desconexión con lo natural y la creamos entre todos cuando permitimos que nos separen de nuestros hijos  nada más nacer, cuando nos perdemos esa primera mirada y nuestros hijos nacen en un mundo tecnologizado, donde lo primero que les toca es una ciencia sin alma que ejerce la guerra preventiva, perdón, quise decir la medicina defensiva.

Defendamos un parto sin violencia, donde usted y su bebe sean los protagonistas de una historia de amor y los profesionales no sean más que actores secundarios que entran en escena sólo si es necesario. Es difícil lograrlo, llevamos varias generaciones delegando esa responsabilidad en manos ajenas y hay que desaprender y reconectar con nuestra naturaleza.

Además el sistema es muy hostil a todos estos planteamientos, y no es fácil encontrar hospitales que estén preparados para esta revolución y dispuestos a elaborar algo tan sencillo como un protocolo de atención al parto siguiendo las indicaciones de la OMS, o imitar las prácticas respetuosas y habituales en otros países con el mismo índice de mortalidad y morbilidad perinatal que el nuestro.

Pero ya hay muchas asociaciones que dan información de cómo hacerlo, muchos médicos conscientes, abogados que te ayudarán a defender tus derechos, alguna clínica privada en la que podrás sentir la intimidad de un acto que pertenece a la esfera de tu sexualidad y de tu intimidad, comadronas comprometidas que asisten al parto en casa.

Si queremos que el hombre respete la naturaleza que actualmente degrada sólo sería posible si ese hombre nacía de una forma que le permitiese conectar y amar la naturaleza de esa primera madre, metáfora posible de esa otra gran  madre planetaria que nos nutre a todos y símbolo de  una madre cósmica que recrea en el infinito a su Principio.

 Nacimiento del bebe

Para Enrique Lebrero, director del Hospital Acuario: “La parturienta no debe sentirse observada ni manipulada; necesita controlar el espacio físico donde se encuentra y ser dueña del entorno psíquico y emocional. El parto y el nacimiento son actos de la esfera sexual, y como tales necesitan intimidad y respeto a los ritmos fisiológicos de la persona, en este caso de la mujer.

Estos ritmos están marcados, fundamentalmente, por las propias hormonas: oxitocina, endorfinas, prolactina y adrenalina. La intimidad así entendida necesita de pautas claras y actitudes concretas: la mujer de parto no debe sentirse observada ni manipulada, debe controlar el espacio físico donde se encuentra y ser dueña del entorno psíquico y emocional, debe estar, además, en compañía de unas pocas personas queridas – el marido y tal vez alguna mujer cercana -, que vivan el parto con discreción, hablando poco y sintiendo mucho.

El espacio de dilatación y parto ha de realizarse en un ambiente doméstico, cercano, con claros signos de intimidad: poca luz, poco ruido, etc. La mujer de parto ha de tener libertad para deambular y mantener las posturas que le pida el cuerpo, o para expresarse emocionalmente, cantando o llorando Conseguir dicha intimidad es fundamental para que la mujer acceda a un  cambio de estado de conciencia que potencie sus instintos mamíferos.”

Para Enrique el papel del profesional asistente es muy secundario: “la discreción de los profesionales durante el trabajo de parto es básica en la consecución de esta intimidad. En un parto normal, la intervención profesional debe ser mínima y puede realizarse adaptándose a la situación de la mujer, sin demasiada intervención hablada que estimula el neocórtex, dejando trabajar al cerebro medio o cerebro mamífero.

Al estimular el cerebro mamífero se consiguen dos objetivos complementarios: la optimización de la respuesta hormonal (oxitocina y otras) y el adormilamiento y la analgesia a través de las endorfinas. El parto manifiesta una peculiaridad sensorial y emocional que sólo las mujeres pueden entender desde su experiencia. El dolor de las contracciones de parto es el único dolor que produce el cuerpo e indica que todo va bien, que la fisiología funciona. Y este dolor es producido por la hormona del amor: la oxitocina.

En el momento de nacer el bebé, debemos esforzarnos por mantener un ambiente favorable que recuerde el paraíso maternal que acaba de abandonar, sin grandes traumas ni sufrimientos físicos inútiles. Viene de la oscuridad, del calor, del tacto continuo, de un cúmulo de sonidos filtrados. Intentemos respetar al máximo estos parámetros con luces indirectas, ambiente caldeado y pocas voces y ruidos. Pero, sobre todo, no separemos al bebé de la madre en ningún momento. Poniéndolo sobre su pecho, el bebé encuentra la incubadora perfecta, y mientras la madre lo masajea, él vuelve a sentir los límites de su cuerpo.

Mientras tanto, el cordón umbilical sigue latiendo, oxigenando el cuerpo del bebé y su cerebro, que va recuperándose sin necesidad urgente de respirar y así entra en su propia respiración progresivamente, sin prisa, sin ansiedad, sin angustia de muerte. Y cuando pasados varios minutos el cordón se colapsa y ya es un conducto muerto, siempre sin prisa, se puede cortar.

Está comprobada la relación entre la respiración y la vivencia de las emociones. Es fácil de entender la importancia que tiene la primera respiración de la vida con el perfil respiratorio básico. Por tanto, nuestra responsabilidad al atender un nacimiento es muy grande. Tras estos primeros momentos, el nuevo cordón umbilical entre el bebé y su madre va a ser el pecho materno.”

Y continúa: “Ante un parto fisiológico de una mujer sana, los profesionales debemos recordar que el parto no es una enfermedad, ni un acto médico-quirúrgico. En todo momento nuestra posición debe ser de un discreto segundo plano, transmitiendo seguridad y confianza.

Según las necesidades de cada mujer, debemos potenciar su autonomía, evitando imponer nuestra presencia continua. Los profesionales del nacimiento debemos saber manejar situaciones y elementos para potenciar la fisiología del parto. Las prácticas médicas y quirúrgicas han de quedar para la patología de los partos.

Los futuros profesionales deberán saber usar el baño caliente en el momento terapéutico adecuado, sabrán sugerir un cambio de postura a la mujer que le favorezca, ayudarán a afrontar a la madre la sensación de soledad y de miedo a la muerte mediante el masaje adecuado, la palabra precisa, acompañando una respiración relajante y transmitiendo confianza en la madre y en el bebé. Estos y muchos otros son los actos terapéuticos imprescindibles para recuperar el sentido del acto de parir y de nacer.”

¿Quién no quiere parir así? El problema es que en España no hay muchos Acuarios. El camino es largo, pero, como afirma Enrique, el lugar idóneo también puede ser cualquier clínica privada que apueste por una oferta sanitaria moderna y con futuro.

Para las madres que quieran profundizar recomendamos acudir a la Asociación El Parto es Nuestro, formada por usuarios y profesionales que pretende mejorar las condiciones de atención a madres e hijos durante el embarazo, parto y posparto en España, y que nació para prestar apoyo psicológico a mujeres que habían sufrido cesáreas y partos traumáticos. Todas sus acciones reivindican un mayor respeto y protección hacia los derechos de las madres y los niños, la modernización del sistema de atención obstétrica español y la difusión de las recomendaciones de la OMS en la atención al parto.

Repercusiones sociales del parto medicalizado. Nacimientos traumáticos

Pero merece la pena intentarlo, pues el otro lado de la moneda pinta cada vez más oscuro. Para Ángeles Hinojosa, presidenta de la Plataforma Pro-Derechos del Nacimiento “La rotura del vínculo madre-hijo es una de las razones de la depresión post- parto y provoca dificultad con la lactancia. La naturaleza nos ha provisto de un mecanismo de registro y retención de memoria para el tránsito de parir y nacer. Lo que pasa en esos momentos queda grabado en nuestra mente de una forma imborrable.

La primera mirada entre madre e hijo produce una atracción irresistible entre ambos. La misión de este mecanismo es conseguir que la madre se enamore de tal forma de su cría que no la abandone.  Con ello, la naturaleza asegura la conservación de la especie. Cuando a una mujer no la dejan parir con sus hormonas y le arrebatan a su bebé al nacer, le provocan la misma reacción que a cualquier otra hembra a la que separaran de su cría: rechazo hacia la misma. La mayoría de los partos actuales están sembrando el dolor y la desolación a perpetuidad en madres e hijos.”

Para esta mujer las consecuencias de los partos excesivamente medicalizados es “en la madre, la rotura del vínculo, que es una de las razones de la depresión post- parto, de la dificultad con la lactancia o de las ganas que muchas mujeres tienen de que se les acabe la baja de maternidad para reincorporarse al trabajo porque no aguantan a su bebé.

Y en el bebé, si se le separa de su madre nada más nacer, sin que haya tenido tiempo para reencontrarse con ella, pierde toda referencia de lo conocido. El terror y la desolación se instauraran en él. Cuando lo devuelvan a su madre, esas sensaciones ya estarán grabadas en su mente y le acompañarán el resto de su vida cada vez que viva una situación que relacione con una pérdida.”

Muchos estudios antropológicos han encontrado una correlación entre la interferencia en el vínculo madre-hijo y la génesis de la violencia. Ese vínculo se ha entorpecido siempre, de una forma u otra, en todas las culturas que han sobrevivido (precisamente por su capacidad de agresión). Pero nunca se ha actuado de una forma tan violenta sobre la mujer y sobre el bebé, impidiendo la secreción de las hormonas del amor y del apego en el momento del parto, separándoles físicamente en momentos críticos, o incluso lesionándoles con intervenciones médicas innecesarias.

El debate sobre la violencia en los niños y la sociedad en general está en la calle, pero no se está considerando este factor. La relación con los otros, con uno mismo, e incluso con la Tierra está condicionada por esa relación primigenia.

Estamos en un momento en el que reflexionar sobre esto es urgente, la nueva generación puede incluso dejar de nacer en úteros de templo y carne y las peores pesadillas de las novelas de ciencia ficción de una humanidad robótica, transhumana nos obligará a los que querramos ser libres vivir en las catacumbas rodeados de zombis sin vínculos con lo verdaderamente humano.

Beatriz Calvo Villoria

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