Una vez más occidente y oriente responden de distinta manera ante la sexta extinción masiva de especies, que ya todos los biólogos aceptan que estamos viviendo. La causa principal: la codicia y avidez del hombre moderno, el cual devora los recursos que compartimos con todas las demás especies para el cultivo de una cultura superflua basada en el consumo exponencial, que intenta tapar el agujero que la falta de Dios ha producido en su alma. Occidente que solo contempla a la naturaleza por su valor material despliega sin complejos, en Congresos como el de Nagoya, bajo el nuevo paraguas conceptual del desarrollo sostenible, que el problema de la pérdida de biodiversidad es la deficiente valoración monetaria de los recursos ecosistémicos. Por lo que han ideado una nueva forma de enriquecimiento poniendo precio al agua, al aire y a los genes, un nuevo negocio suculento que especula con los bienes que la naturaleza da de forma gratuita y que engrosaran las arcas de los verdaderos responsables del problema.

En cambio, las culturas que no han olvidado la dimensión sagrada de la naturaleza, que son la mayoría, aunque los medios de comunicación en manos de los intereses de esa nueva religión del progreso, nos quieran hacer olvidar que la mayoría de la población mundial cree en la dimensión espiritual de la vida, van más allá y proclaman que la única manera de matar al dragón de la avidez, de dejar de querer más y más, no es con argumentos racionales o monetarios, sino religando lo que se ha separado, la materia y el espíritu que dota de una visión cualitativa, simbólica, de una dimensión de profundidad que impide profanar la Tierra, por las consecuencias mediatas y póstumas. No se ha inventado mejor rienda que la comprensión profunda de la ley de la causa y el efecto. Como decía Jordi Falgarona, «la conservación de la biodiversidad no es tanto cuestión de conocimiento científico y técnicas aplicadas, como una cuestión de actitudes y de comportamientos que derivan de modelos y creencias, en el sentido más amplio de esta palabra, que hunden sus raíces en la dimensión “inmaterial” del hombre». Recuperar esa ética religiosa de la naturaleza del prejuicio de ciertos círculos occidentales, es quizá la única fuerza capaz de controlar el ego pasional despierto por la caja de Pandora del desarrollo, tanto del occidental como de esa inmensa mayoría de seres que aún viven en el mundo de forma religiosa, aunque desgraciadamente tibia en su aspecto espiritual. Sólo la virtud del contento nos librará de nuestra codicia y esa ética ya no se enseña en occidente y no podemos permitirnos que se pierda en el resto del planeta.

No podemos olvidar que «es nuestra oscuridad interior lo que ahora se ha extendido exteriormente al mundo de la naturaleza. El caos del exterior refleja como un espejo lo que ha ocurrido dentro de nosotros», dice S. Hussein Nasr. Es tiempo para la transformación de ese interior herido, separado, de instalarnos de una vez por todas en el seno de la Madre Tierra, con amor, con confianza, como hijos pródigos que por fin regresan, lo que conllevará un completo giro en nuestra vida y un cambio hacia un destino más modesto.

Beatriz Calvo

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