El Budismo tiene una cartografía precisa de los tres venenos que obscurecen la mente, que despiertan el oleaje emocional. La avidez, el rechazo y la ignorancia. Las categorías de malo o bueno respecto a las emociones son relativas según el budismo dada la interdependencia de los fenómenos, pero podemos llegar a un acuerdo de que las negativas o malas son las que amenazan nuestra paz interna y las que traen fortaleza interna y paz serán positivas o buenas, independiente del ángulo de mirada de cada individuo.

También se pueden distinguir por la funcionalidad o no de la emoción, que en sí es lo que es, energía que modula nuestra supervivencia. Como el miedo es  la expresión emocional del instinto de protección. Las emociones básicas cumplen una función positiva en la vida de todo ser vivo, asegurar su supervencia. Su aspecto saludable o insano, respuesta adaptativa o inadaptada es lo que hay que medir. Las pasiones, según el budismo serían las emociones disfuncionales que generan sufrimiento por exceso o por defecto de su carga energética. Por ejemplo la rabia es un no contundente en su justo equilibrio, es un enseñar los dientes; en exceso es fuego que lo devora todo, en defecto es un querer y no puedo.

Como una hidra de mil cabezas las emociones aflictivas se encadenan en surgimientos y desapariciones continuas hasta que la filosidad lúcida de la atención plena no identifica los cabos del anudamiento y coloca cada cosa en su lugar de procedencia e invita a la emoción de la ecuanimidad que medie entre los polos de la atracción y repulsión, que nos hacen agitar la vida. Las emociones insanas detienen el flujo del río de la vida en peñas emocionales y cognitivas que impiden el discurrir manso de quien se sabe océano. El océano de los estados inconmensurables: Amor benevolente, Amor compasivo, Alegría del bien ajeno, y la Santa ecuanimidad.

Hacia ese océano tiende el alma para lo cual hay que aprender a observar las emociones en las emociones, pues en cuanto acontecen son parte de un todo que las integra y que hay que trasmutar, sacar sus nutrientes, pues son energía incolora coloreada temporalmente. Hay que alimentar la vida con la plenitud vivida y consciente de la tristeza que ordena, la rabia que coloca, la alegría que expande, el miedo que previene, el asombro que rejuvenece, el asco que protege. Metabolizarlas a la par que regulamos su intensidad polarizada, para llevarlas al remanso de una totalidad que trasciende cualquier polo, cualquier dualidad antagónica y no integradora, donde la tristeza es tristeza, como la lluvia de otoño es lluvia que empapa y nutre y la alegría es sol de mediodía en primavera, simplemente.

Pertrechados de la equilibrada ecuanimidad y con la concentración afinada como laser empezamos a mirar las emociones primarias, en el laboratorio de la meditación, esas que pueden surgir de un rayo de luz dorado que atravesando el dojo hiere de belleza la pupila y la dicha estética inunda el rostro abriéndolo en una explosión de sensaciones chispeantes. Y tomar nota como ante esa emoción primaria una secundaria de apego puede acontecer y queriendo fijar el rayo de luz y la dicha, esa emoción secundaria empieza a generar aflicción, ante el miedo a perder la dicha de la belleza.

Es ahí cuando la ecuanimidad neutraliza con su sabiduría, enseñando que es más sano tener la mano abierta, pues no aferra y deja entrar todos los granos de la arena de la vida, enseñando desde su atalaya, donde las frías cumbres permiten visión panorámica, que cambia el rayo de sol súbitamente por un pinchazo en la escápula derecha, produciendo dolor desagradable y una segunda emoción de rechazo surge como una flecha de nuestro sistema defensivo llamado yo y aumenta la herida de la primera flecha, con un aflictivo rechazo a la realidad que acontece en un discurrir cíclico de luces y sombras;  anudándose a la primera y  cosiéndola de un no querer, produciendo una nueva emoción, más sofisticada, una moción, un movimiento de la conciencia que pierde su paz para identificarse con una imagen distorsionada, por incompleta, que se separa de la realidad total para rumiar su parcial versión, desde el valle desde el que se pierde altura.

Hay que detener las emociones secundarias aceptándolas, sin alimentarlas, para poder concentrar la atención en la carga energética que como una flecha se dispara y hace diana en una parte concreta del cuerpo. Abrazarla entera respirándola con amor que busca unirse sin miedo a ser herido. Abrásame el alma densa tristeza, que quiero conocer los contornos de tu melodía y ven de viaje, que con mi espiración te saco de tus confines corpóreos delimitados, que concentran y bloquean el suave fluir de la existencia no reactiva y te hago alimento, nutriente, como la sangre lleva el mensaje del aliento, yo te llevo cabalgando en el aliento a que puebles de tu música a todo mi cuerpo. Te ecualizo y suelto tus garras de mis pulmones, ven muñeca de sal hacia el mar mediterráneo de mi cuerpo, seguirás siendo sal, pero tu soltarte de tu aferramiento te hará oceánica, pues te llevo más allá de mi individualidad, que vive a solas el milagro de los colores con los que la vida se reviste. Ven que te hago corriente oceánica para que sepas de la universalidad de tus aflicciones y de tus goces. Ven más allá de ti hacia el otro y lo Otro que desde la eternidad te espera. Ven derrámate en el cuerpo que se abre a tu aroma, para desde ahí derramarse él en el cuerpo cósmico que vibra por tu gesta de conciencia sin frontera.

De los cuatro estados inconmensurables, que son un ecosistema que se retroalimenta y equilibra, los hombres rotos debemos empezar por amarnos y  cuidarnos compasivamente cuando sufrimos las mordidas de las pasiones. Venimos tan heridos por el propio hecho de existir y ser separados del núcleo de nuestra primordialidad sin tacha, pura y bondadosa, que las capas que ha construido la autoimagen fortaleza para no sentir continuamente la separación se han hecho de hielo sólido y nos estamos muriendo de frío.

Para poder amar benevolentemente, compadecernos del sufrimiento ajeno, alegrarnos de la felicidad de los hermanos y ser ecuánimes como sabios que saben de la vacuidad de todos los fenómenos hemos de descongelar las barreras, los barrotes de nuestro exilio carcelario y redimir todas las sombras agazapadas en el inconsciente desde la lucidez y calor de la conciencia. Atravesando capas de eones de aflicción hasta llegar a la corteza que nos separa del núcleo, una intensidad en el dolor del desgarro, que se convierte en el dragón que custodia la cueva del corazón, demasiado antiguo, demasiado grande, demasiada lava.

Pero la compasión hacia uno mismo es una extraña espada hecha de fuego cálido y amoroso que ablanda y permite y disuelve cualquier piedra en el camino, con paciencia y perseverancia. Esta puede ser una buena oración de autocompasión:

Mi amor ven, ven,

que a mi me cabe tu dolor, tu tristeza, tu abandono.

Mis brazos están abiertos por un corazón que comprende tu intensa aflicción

y mi conciencia se pone a tu disposición para iluminar el camino

que nos saque juntas de este laberinto

hacia la luz que tanto anhelas.

 

Siempre, siempre contigo,

como madre amantísima

padre presente

amante incondicional de todas tus miserias.

Ven, ven, vamos juntas

amada

más allá del más allá, hasta la  consumación última.

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