¡Qué sencillo es vivir…!

Hay un susurro que siempre te dice al oído lo que debes de hacer.

¿Acaso temes a la duda? Mantén la calma, sólo es el preludio de una decisión que te vendrá dictada.

¿O tal vez temes al error? Sin duda, en aquel momento equivocarte es lo único que pudiste hacer.

 

Normalmente llamamos vida a la serie de acontecimientos que nos ocurren y que vamos archivando en la memoria, clasificados según nuestras reacciones emocionales frente a ellos en agradables y desagradables. Deseamos los primeros, tememos los segundos. Así se va formando un argumento, una historia personal, cargada de interpretaciones de los hechos según los hemos ido percibiendo, limitadamente, en cada situación vivida. Todas esas interpretaciones están teñidas por una fuerte carga emocional, destinada a parapetar una identidad basada, precisamente, en el rastro confuso que esas vivencias van dejando en la memoria. Esa identidad o yo, se erige como el centro de una vida imaginaria y manipula todo el acontecer desde la falsedad de su existencia y sus intereses egoicos. Según su punto de vista todo debería suceder para perpetuar todo lo que le da placer y para evitar todo lo que le cause dolor. Nada es nunca suficiente, nada es como debería de ser y la incomodidad de fondo, que es la base de ese yo, se ve proyectada externamente incluso en momentos, que sin ser dolorosos en sí mismos, se convierten en nueva fuente de experiencias insatisfactorias. Perpetuamente amenazado, por un mundo externo que le es ajeno, busca, por encima de todo, seguridad e intenta desesperadamente detener la naturaleza cambiante de la vida. El miedo es su condición y la huída su único recurso.

Cuando, tomando la distancia adecuada, observamos con ahínco la naturaleza del flujo de la vida, nos damos cuenta que en realidad no es sino la percepción exteriorizada de diversos y sucesivos estados mentales, en los que perdida la lucidez caemos prisioneros. La mente, que en realidad anhela profundamente conocerse, exterioriza lo que nuestra mirada interior no distingue. Nosotros mismos nos desterramos a esta prisión, fabricada con las sombras que nuestra propia mente crea y que oscurecen nuestra existencia, desconectándonos del pálpito milagroso del vivir. Desde este lugar sombrío y gélido en el que nos situamos, no encontramos lugar donde calentar nuestra alma ni ventana desde donde asomarnos al horizonte. De forma, muchas veces inconfesable, incluso para nosotros mismos, arrastramos un pesado fardo de culpa, vergüenza, rencor, frustración y temor. Cuando fugazmente y frente a una situación determinada aflora una chispa, aunque sea tenue, equivocadamente pensamos que es eso situado fuera lo que nos lo ha dado y queremos aferrarlo, apretamos fuertemente nuestras manos y al abrirlas de nuevo observamos decepcionados que dentro no hay nada. Lo que vino se fue como escurridiza agua entre los dedos, dejando el rastro del dolor. Y de nuevo pedimos, deseamos, imaginamos, exigimos a esa vida que nos es ajena para perpetuar así nuestro estado de carencia.

Si desengañados de este tenebroso espejismo, nos dejamos embriagar por el aroma de la Verdad que anida en nuestro interior y girando nuestra mirada hacia adentro empezamos a dejar de vivir para sólo ser, nos libraremos de la ansiedad de nuestra existencia, abriendo así de par en par la puerta a la auténtica vivencia profunda, siempre nueva y sorprendente. Saldremos de esa morada oscura en la que caímos por descuido y nos dispondremos a recibir los dones que crecen con abundancia, como jugosas frutas, a la luz del sol.

Mediante una vida interior intensa, de introspección y búsqueda, podremos permitir que la luz de la conciencia ilumine los hilos que mueven nuestra existencia y quede desenmascarado el error que había ocultado nuestra verdadera morada. Así, no seremos ya seres indefensos vapuleados por la marea de la vida, dispuestos a resistirnos y protegernos de ella, sino partes integrantes de esa marea que, fluyendo en sus vaivenes, sientan la energía inmensa de la vida.

Y al aire libre, sintiendo la brisa que surge de la inmensidad, nada nos protegerá porque nada podrá amenazarnos. Una vez que descubrimos que nada exterior tiene valor alguno y nuestro corazón está presto a abandonar todo, es el momento perfecto en que sentimos ese vacío que nos sujeta y que viene cargado de riquezas. Sólo así podremos disponernos a saborear aquellos dones que más anhelamos y que con generosidad recibiremos, la felicidad sin causa, la paciencia ilimitada, el amor sin condiciones, la aceptación, la creatividad, la autenticidad, la libertad, la independencia interior, el permanente asombro frente a lo que siempre surge inesperado. Porque lo único que tiene valor es abrirse a la limpia percepción de lo que ya somos, completos y libres, fieles reflejos de la Luz.

 

Marisa Pérez

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