Permanece indefinido y sin sostén,

en la pura sensación de ser.

Instalado en el instante,

sin tiempo…

 

Con claridad comprendemos  que no hay nada que desde fuera pueda acelerar el proceso de maduración de un fruto aparecido en el árbol. Naturalmente, hay una serie de circunstancias externas imprescindibles para que este proceso tenga lugar, una buena tierra, un buen árbol, la humedad necesaria, el aire y sobre todo la luz del sol. Pero estas circunstancias son inherentes a la simple posibilidad de la aparición del fruto y existen inseparables de él, no podemos ni concebir la posibilidad de la existencia del fruto sin todos esos elementos. El fruto, su aparición, su crecimiento y maduración, y los elementos que lo hacen posible o imposible son la misma cosa e inseparables. Todas ellas son el revestimiento material, la forma externa de la potencia de la vida una, de un solo impulso de expresión creativa y de manifestación.

Si vemos esto con claridad, quizá puede dejar de costarnos comprender que no hay luz del sol, ni humedad, ni buen árbol, ni tierra fértil que sea capaz de provocar ni la aparición, ni la madurez del fruto. En este sentido podemos decir que el sol, la humedad, el árbol y la tierra han permitido al fruto nacer y madurar pero no han sido su causa, ni determinan la forma y la manera en la que ese fruto concreto habrá de desarrollarse.

Podemos observar dos plantas del mismo tipo, cultivadas en la misma tierra, con la misma cantidad de agua y la misma cantidad de luz y comprobar con facilidad como su crecimiento nunca será idéntico. A veces nos asombra descubrir una flor bellísima que crece en circunstancias, aparentemente, poco propicias, o nos sorprende aún más cómo aquella que pretendemos cultivar en una situación perfecta nunca llega a desarrollarse con el esplendor que esperábamos.

La maduración es un acontecimiento interno, lleno de misterio que actúa desde la entraña de la vida, y que mueve, de igual manera y al mismo tiempo, al fruto y a las circunstancias que permiten culminar el plan desconocido de su florecimiento.

De la misma manera que la fuerza de la vida puja por expresarse a través de la diversidad de formas que crea, cada una a su manera, a su ritmo, según su naturaleza y su plan divino, nuestra esencia espiritual nos moviliza junto con nuestras circunstancias personales para poder comprender y expresar todo lo que encierra nuestra potencial evolutivo y orienta nuestras mentes, cuando están maduras para ello, hacia la silenciosa realidad del Ser. Esas circunstancias de las que nos rodeamos para despertar, una alimentación adecuada, retiros y estancias en la naturaleza, momentos de soledad e introspección, la cercanía de almas despiertas, de un maestro, los momentos que nos sentamos en meditación o los intentos permanentes que realizamos para observar nuestra mente y deshacer sus engaños, son muestra de que la Verdad se está haciendo un hueco entre la espesura de nuestros condicionamientos y nos está llevando de regreso a casa. No podremos nunca decir que las circunstancias sean la causa del despertar, sino que mucho más que eso, son parte inseparable del propio despertar. Son indicadores de ese movimiento de transformación que está ocurriendo en nuestro interior.

Cuando somos llamados para girar nuestra mirada y dejarnos inundar de lo ilimitado, podemos confundirnos y creer que aquella paz y aquella plenitud que  experimentamos ocasionalmente, la han causado unas circunstancias externas determinadas, a las que por tanto intentamos asir o repetir para garantizarnos una experiencia permanente de dicha. Pero cuando esa situación fugaz, como todas, cambia externamente o internamente porque simplemente nuestra mente ha perdido la inocencia y la sorpresa con las que la recibió la primera vez, caemos en el desánimo y tendemos a rechazar la situación recién nacida que tenemos delante, anhelantes de un paraíso imaginario que sólo guarda nuestra memoria. Imaginamos que esa circunstancia, ese maestro, ese lugar ha sido la causa de una experiencia de cuyo recuerdo quedamos prisioneros, olvidando la sutil realidad de nuestro Ser ilimitado que más allá de los vaivenes de nuestras fugaces experiencias nos abraza en la eternidad de cada momento.

Este mecanismo puede dejarnos exhaustos y así permitirnos desvelar los sutiles engaños de la mente y llevarnos a una comprensión verdaderamente transformadora. Sin seguridades, sin garantías, sin caminos trazados, sin planes preestablecidos que nos orientan hacia un futuro inaccesible, nuestra mente se postra rendida ante lo desconocido que nos rodea cada instante y se muestra disponible para aceptar todo cuanto aparezca. Así trascendemos el sufrimiento que se escondía en la propia búsqueda de felicidad y nos dejamos embriagar por el aroma de la libertad.

Cuando sientas un intenso anhelo de libertad y eso te lleve a ir a un lugar, más silencioso, tal vez en la naturaleza, te lleve a buscar a un maestro, a seguir una práctica, no dudes en seguir con total entrega ese camino que aparece para ti en este momento. Son esas las circunstancias que se preparan para ti en tu proceso de maduración. Pero mantente atento, alerta, no dejes que tu mente descanse en nada externo, hasta que la pura vacuidad te rebose y cada circunstancia, cada lugar, cada persona sean para ti expresión de la sacralidad que vislumbras en las profundidades de ti mismo.

El fruto de la comprensión pende en el árbol de nuestro corazón, el aprendizaje que la vida nos presenta es la tierra de donde toma el alimento y el silencio hacia el que orientamos nuestra mente alumbra con sus cálidos rayos su crecer. Nada puede determinar su maduración, pero nuestra paciente espera no ha de ser pasiva sino que es una espera que actúa preparando y despejando el camino para la llegada del  acontecimiento feliz. Cuando por fin abandonamos la ilusión del tiempo, percibimos el proceso de la maduración como el despliegue temporal de ese acto instantáneo de intención profunda donde se encuentra ya la totalidad de nuestra esencia eterna. Lo que madura y florece es la forma que expresa en su misterio lo inexpresable.

Cuando el fruto cae por si mismo y está listo para comerse, su dulzura impregna el paladar del hortelano hambriento, que ve su corazón expresar la misma madurez.

Y nunca podrá explicarse que lo llevó hasta él.

 

Marisa Pérez

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