Surgió como una brisa suave y queda, como una mariposa blanca. Le precedió la presencia, como si ella fuera el lecho por donde su boda alquímica de alas blancas podía ir derramándose y fecundando de paz todo lo que encontraba a su paso, a su aliento… a su paso más suave que la más suave agua, que se diría escandalo ante su sutileza inaprensible, más suave incluso que el duce éter que le permitía su estela. A medida que se adueñaba del espacio con una realeza regia mi cuerpo se iba deshaciendo, como por un fuego sin fuego, que no quemaba sino que ablandaba, sosegaba, suavizaba, tomaba posesión de su reino, mi cuerpo templo.

Se asomó saliendo de la cueva de mi corazón, tan puro como lo más puro que cada uno pueda imaginar, como un verbo sin forma que nombrase mi vivir desde la dulce excelencia de la simplicidad, sin palabras, pero a su paso todo era, por fin era, algo reconocible como verdad.

Siento que Le sobran todas las palabras con las que quiero nombrarlo, no hay vestido que pueda cubrirlo, forma que lo revista, mis palabras lo invisibilizan al nombrarlo en un vano intento de hacérselo llegar por su sabor a los otros núcleos puros que yacen escondidos en lo más profundo del corazón de cada uno y que en este momento me leen.

Salió como una mariposa blanca, era tan pequeño, más pequeño que la presencia de la ausencia del más leve rumor de un corazón cuando palpita.  Su susurro no era audible, pero su avance dejaba todo iluminado y transformado a su paso,  todo quedaba desnudo y puro; cualquier ruido mental, por pequeño que fuese, podía opacar su susurro de amor que avanzaba con la ligereza de una hada, de un ser angelical.

Sí, era Amor. Hacía más de 40 años que quizá no le había vuelto a ver en su desnudez, era tan poca cosa que cabía en todo sin oponerse, o todo se deshacía en la cálida luz que emanaba su proceder, su presencia, su irradiación silenciosa, pero de una elocuencia que no dejaba lugar a ninguna duda sino a la certidumbre total de que el amor había  aparecido después de eones sin asomar su dulce voz. Surgía como las alas de una mariposa para acariciar el aire más allá de la fortaleza en la que llevaba recluído toda una vida.

Se asomó por las grietas de mi fortaleza herida, convocado por la luz de la luna que atravesaba mis muros derruidos por el vendaval de la sinceridad y la pobreza a través de  las fisuras hasta llegar a su cámara secreta, buscaba grácil y delicado una flor en la que posarse, después de años de oscura reclusión, sin rencor, igual de puro que la primera vez; sintió mi rendición y mi  entrega a su presencia fue la primera flor en la que se posó y con una timidez deliciosa asomó sus antenas sutiles de mariposa blanca para avanzar su vuelo hacia otra flor cercana. Amor quería libar  libre como antaño, uniendo lo disperso y dejar con sus alas una caricia de su divina sencillez.

Tal era su desnudez, tal su trasparencia, que era imposible verla salvo saboreando cada caricia que su sutil aletear dejaba como impronta intangible en el espacio que abarcaba y en el tiempo que detenía, solo era posible aprehenderla sin aprehenderla en cada ola de su emanación.  Hacia tanto tiempo que no recordaba su manera de habitar el tiempo, creando eternidad, ni su manera de habitar el espacio convirtiéndolo todo en un puro centro concentrado de amor que me conmovió y los restos del naufragio se disiparon pon un instante sin tiempo.

Alas de mariposa blanca estaba a punto de coser las dos flores dispersas en una unidad, cuando un viento sacudió con violencia la flor vecina, cerrándose la corola, ausentándose por unos instantes de inadvertencia, de cosas secundarias, el corazón del otro ser, y Amor que había salido a compartirse, a unir, pues es esa su naturaleza, detuvo su avance hacia el exterior y se replegó, sabiendo que todavía no era el momento, que el mundo estaba demasiado entretenido como para querer morar en el centro y desaparecer silenciosamente en su abrazo de absoluta nadedad. Quise retenerla, pero ¿cómo se retiene la brisa cuando no hay otro en el que resuene su fricción, su musicalidad, cuándo la copa de la presencia está ya ocupada por todo lo demás y no hay sitio para Amor?

Recordé entonces, mientras Amor se replegaba a lo profundo de la cueva del corazón, y mi presencia que le había servido de lecho se perturbaba a su vez por el viento de la desatención, que es contagioso, desapareciendo la concavidad, la forma en la que poder morar tanto vacío, que ese replegarse del amor, de la pureza, de la desnudez, de la vulnerabilidad de una brisa que susurra queda y dulce había empezado hacía mucho tiempo, convirtiéndose en un hábito, en un rasgo de cualquier carácter.

Recordé cuando de niña yo ofrecía como un diamante una gota de rocío que se quedó prendada en una rosa del jardín de los vecinos, y mi tierna mano que señalaba la luna plateando en la gota de rocío no encontraba ningún eco de maravillarse ante mi acto de amor, ante el aletear de la inocencia que desvela el mundo y mi manita, heraldo de la pureza que sabe ver la sencillez de lo divino tenderse en una brizna de hierba o en un grano de arena fulgurado por el sol se quedaba vacía de correspondencia.

Recordaba como mi inocencia quedaba herida por la falta de visión del mundo profano de los adultos, que no viven en el templo de la creación contemplando la miríada de milagros que acontecen a cada instante y que no saben que la dulce mano de una niña lleva prendido el misterio en la bella suavidad de su desnudez y que necesita una correspondencia a la altura de su metafísica sencilla para no troncar su espíritu de amar la creación, la vida en su plenitud sencilla.

Comprendí en ese instante de retirada del Amor de la superficie de la vida, que con cada ausencia de concavidad, de resonancia, de receptividad, las manos de la inocencia, las alas de la mariposa que buscan hacerle cosquillas a otra flor se quedan inactivas en lo profundo, a la espera de que surja una flor que quiera sus suaves cosquillas de nadedad y si no sucede ese intento profundo de vivir con el corazón abierto se va opacando, velando, quedando recogido en un ovillo en su cueva recóndita, donde se va tejiendo una frontera entre su tiempo y espacio sagrado y el tiempo profano del mundo que vive en el sueño de las ilusiones, en la irrealidad del pensamiento, en la grandeza aparente que vela su dimensión de ser el punto más ínfimo del universo.

Y comprendí que la frontera se va convirtiendo con los años en un sistema sofisticado de almenas y muros, en una auténtica fortaleza para proteger al amor de seguir sufriendo la decepción de que nadie quiere ser acariciado por las alas de su mariposa. Y por querer proteger su carne virginal de las inclemencias de un mundo sin ley se le encierra, tras muros cada vez más gruesos, que impidan incluso al dueño de la fortaleza recordar que algún día hubo un batir de alas tan sencillo como una ola dorada que arriba a la arena nombrando el misterio de la Vida y la creación para estremecer de forma divinamente trémula nuestro existir.

Vi en un instante  millones de manitas dulces tendiendo su amor y las millones de respuestas desacertadas que esta civilización dio al amor, y vi al mismo tiempo la coraza que esa inadvertencia de la presencia de la sencilla divinidad que somos en cada respiración construyó en cada uno de nosotros.

Le pedí a mi mariposa que se contentase con mirar el mundo desde mi presencia, que yo al menos quería romper la fortaleza y volver a ver el cielo y la luna y el sol, y las estrellas, y las praderas y las gotas de rocío, quería dejarla libar en la corola de mi presencia, y que sentiría su dulce dicha, su sencilla certidumbre y alegría de ser en mí, pero es tan tímida que apenas ha dejado en mis labios el sabor de un beso fugaz que aún me duele como si la miel sangrase de ausencia.

Beatriz Cienfuegos

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