¿Quién teme al lobo feroz? decían dos de los cerditos muy contentos y confiados en el cuento infantil, ya que pensaban que su choza de paja y madera que habían construido sin esforzase demasiado, para poder seguir disfrutando de una vida alegre y ligera era suficiente para que el lobo no los devorase y bailaban agarrados de las manos como, quizá, lo han hecho en estos días los políticos de la Cumbre del clima en París ante todos los medios de comunicación mundiales, que se han hecho eco a bombo y platillo de su emotiva alegría de haber firmado un pacto histórico para que el lobo del cambio climático no derribe sus castillo de naipes….

Bailaban al son de palabras como “Acuerdo Vinculante”, y en letra pequeña, como nos decía Gustavo Duch, la palabra voluntario, apenas se pronunciaba en la canción, para no desentonar y dar la nota de siempre, de que se hará como de un tiempo de la historia a esta parte, como a las oligarquías que mueven  los hilos de los estados y gobiernos del mundo se les ponga en gana, con la disculpa de no colisionar con la soberanía nacional.

Pero el lobo está ahí afuera soplando datos como el de que hemos sobrepasado la pasada primavera las 400 partes por millón de dióxido de carbón, el terrible gas de efecto invernadero, una concentración que no había existido desde hace 800.000 años sobre la tierra. Una cantidad espeluznante según los científicos que entienden de las posibles e insospechadas consecuencias y que el límite que nos hemos marcado en la cumbre que es de 420 partes por millón, teniendo en cuenta que estamos subiendo a un ritmo de 2,5 partes por millón, en menos de 10 años estaremos en ese límite que no podemos sobrepasar y en 20 años, si queda mundo, en el de 450 partes…. Una verdadera locura que vamos a vivir en esta generación mientras en los circos mediáticos se celebra la nueva victoria de la desfachatez humana.

Es verdad que por fin, hay un consenso que tapa la boca a los que aún niegan que esté sucediendo un cambio climático, que China, Estados Unidos, India, los grandes emisores están en este acuerdo reconociendo la debacle, pero que ese reconocimiento sea el éxito que necesitábamos y que nos quieren vender desde las cúpulas del poder me hace saltar a otro cuento el de Pedro y el lobo.

¿Quién cree a Pedro que, en este caso, serían esos medios de comunicación que vocean desde las colinas de su poder mediático celebrando los acuerdos de cumbre tras cumbre, desde Río, pasando por Kyoto y Copenaghe y tiro porque me toca, vendiéndonos, cada vez, que habíamos llegado a  acuerdos históricos para tras los años comprobar que todo era papel mojado, tinta vacía para rellenar titulares y calmar a la rana, símbolo de la humanidad que se está cociendo viva en una hoya climática, en el que el aumento, evidente ya para la mayoría, eleva la temperatura de todos los males posibles imaginados e inimaginados y que van a acabar con su vida, sumergida la rana y confortada por la temperatura agradable (hay gente que dice alegrarse de que ya no haya inviernos) en una muerte lenta, hasta que la lentitud se convierta en la velocidad de un cataclismo que nos sumerja en la siguiente causa de extinción masiva.

Casi todos los medios de comunicación que, como hemos repetido muchas veces, están en manos de las principales oligarquías que manejan los recurso del planeta propiciando esa salvaje industrialización, que lo devora, todo han llenado estos días los periódicos y las pantallas de políticos dando saltos, muestras de alegría, mezclados con lloros emotivos de gente que lleva toda la vida luchando por la cordura, para mostrar el vaso medio lleno de una catástrofe anunciada: un acuerdo histórico, que para una masa de ciudadanos acostumbrada al espectáculo como fuente de información puede resultar convincente.

Pero rasquemos un poco a partir de los grupos ecologistas más combativos como Amigos de la Tierra que insiste que todo esto es una farsa que “A pesar de la publicidad positiva, el acuerdo de París no logra colmar las expectativas. Los políticos afirman que es un acuerdo justo y ambicioso, pero es exactamente lo opuesto. Se está engañando a la gente”, como afirmaba Dipti Bhatnagar, coordinadora del programa Justicia Climática y Energía de Amigos de la Tierra Internacional.

“Las comunidades afectadas y las más vulnerables merecen algo mejor que este acuerdo insuficiente; son las que sufren los peores impactos de que los políticos no adopten medidas lo suficientemente drásticas”, añadió.

También James Hansen  excientífico de la NASA coincidía en el  calificativo de “farsa” y añadía el de “fraude”, para él el acuerdo alcanzado en París es “un cúmulo de palabras y de promesas, sin acciones concretas”. “El acuerdo es una excusa que tienen los políticos para poder decir: tenemos una meta de dos grados e intentaremos hacerlo mejor cada cinco años”, pero como él mismo recordaba no se han establecido compromisos ni calendarios de obligado cumplimiento. Papel mojado que se llevará el tiempo, el cambio climático.

En España, una de las críticas más radicales ha sido la expuesta por Ecologistas en Acción a través de su página web. Los dos primeros adjetivos de esta entidad hacia el acuerdo alcanzado en París el sábado 12 de diciembre son “decepcionante” e “insuficiente”, en especial porque “carece de herramientas necesarias para luchar con eficacia contra el calentamiento global” y por “desoír las luchas ciudadanas que ya están haciendo frente al cambio climático”.

En opinión de este grupo ecologista “se ha perdido una oportunidad de reforzar e internacionalizar un cambio de modelo basado en las renovables, que mantenga bajo tierra el 80% de los recursos fósiles, frene la industria extractivista y se ajuste a los límites planetarios”. Por contra, “se ha optado en cambio por consagrar la mercantilización del clima y las ‘falsas soluciones, abre la puerta a trucos contables en el cálculo de las emisiones y deja sin amparo luchas como la desinversión en combustibles fósiles y el freno del fracking y las arenas bituminosas”.

De hecho en el baile de máscaras mediáticas la palabra compensar se traduce en lenguaje de quien ama la naturaleza y desprecia la palabra medioambiente como fuente de recursos, en como lucrarse más y mejor en medio de la debacle sin ningún compromiso de dejar de contaminar. Un nuevo nicho de mercado se abra para los buitres.

El lobo sopla fuerte ahí fuera, los cascos polares se derriten, el efecto albedo que devuelve gran cantidad de rayos solares al cielo para evitar calentar más la tierra desaparece, y eso propicia más temperatura y como dice Odile Rodríguez de la Fuente, en la entrevista que le hemos realizado en EcocentroTV, “rebasar los dos grados es poner en marcha mecanismos de alimentación positiva donde las cosas no son lineales, y cuanto más se reducen los polos, más se calienta, se derrite el permafrost, se libera el metano que tiene veinte veces más potencia como gas de efecto invernadero que el dióxido de carbono y nos metemos en una escena que se nos va totalmente de las manos y da a lugar a verdaderas extinciones masivas de diversidad, cambios en las corrientes oceánicas, lo que hace que el sistema de la tierra esté verdaderamente comprometido… Le estamos metiendo un panorama a nuestros hijos que realmente nos merecemos mucho más que la cumbre de París.”

Así que el lobo está ahí delante de la puerta, aquí y ahora, y los cerditos irresponsables desprecian una vez más al cerdito trabajador que conoce las fundaciones para hacer una verdadera casa, como los ecologistas y científicos independientes que tendría que ser  parte del liderazgo junto a los sabios, en vez del ídolo del dinero, pero los holgazanes prefieren su visión cortoplacista, seguir ganando en vida avara, ligera y casquibana mientras los palos del sombrajos son arrasados por los fenómeno del niño, de la niña, y tantas más palabras que habrá que dotar a esos fenómenos cada vez más catastróficos de un sistema viviente, que es esa Gaia amada, que parece se sacudiese las pulgas, en que se han convertido los insidiosos humanos.

Greenpeace  ha valorado, en cambio, el compromiso de casi 200 países de limitar a 1,5 grados el calentamiento global, pero por otro lado cuestiona que no se hayan fijado los medios de cómo lograrlo: “el contenido es insuficiente porque no aclara el objetivo a largo plazo ni tampoco los medios que se utilizarán para rebajar las emisiones (de gases de efecto invernadero) por debajo de los 2 grados e incluso alcanzar el 1.5. No hemos resuelto el problema del cambio climático ni vamos a salvar al planeta del cambio climático, eso está claro, pero al meno se ha fijado un punto de partida con un nuevo objetivo”, Jean-François Julliard, director de Greenpeace

Además el Acuerdo establece la meta de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados, pero los objetivos de emisiones propuestos nos llevarían a casi 3 ºC.  Greenpeace considera que ese es un grave problema, aunque tiene una solución: la producción con energías renovables, que ya está creciendo mucho en todo el mundo, ahora tiene que acelerarse sustancialmente. Siempre hay espacio para el optimismo y la esperanza.

El lobo está soplando ahí fuera con vientos huracanados que secan cosechas, lluvias torrenciales que anegan ciudades enteras, sequías que producen guerras, hambres que producen muerte por doquier, refugiados climáticos que producen desolación y devastan el alma del que huye, pero los dos tibios cerditos están contentos y se dicen a  sí mismos lo bien que han construido el acuerdo, su chocita, ahora tiene por fin nuevos invitados, y de los importantes, China y Estados Unidos (los máximos emisores de CO2 del mundo) una vez más han demostrado quien manda y todas las medidas más valientes han sido sacrificadas para que los mandamases del mundo viniesen a jugar con lo de siempre: no se condenan los combustibles fósiles sino que se imaginan nuevas tecnologías millonarias para capturar los gases o se idean plantaciones de bosques para ajustar las cuentas.

La organización de los Pueblos Indígenas ha interpretado esto como una carta blanca para “privatizar y vender los bosques como compensaciones para el carbono”. De nuevo los intereses de los combustibles fósiles han desvirtuado completamente el acuerdo que se queda en palabras vacías de contenido.

No en balde los más optimistas son los mercados: según un estudio realizado por Barclays si las promesas se cumplen se producirá un cambio radical en la asignación de capital. El sector de los combustibles fósiles podría perder 34 mil millones de dólares durante el próximo cuarto de siglo, mientras aumenta la inversión en las energías renovables. Dinero, dinero… Más madera…

Así que la cumbre de París se ha convertido en una casa de paja y aunque todos los científicos independientes del planeta que conforman el Panel Intergubernamental sobre el cambio climático han dicho que el reloj climático está disparado y que el calentamiento de los polos liberará una cantidad de metano millones de veces más grande que la actual emisión del hombre y que el cambio de las corrientes puede producir la siguiente glaciación, ellos, los cerditos, han acordado que podemos esperar hasta el 2020 para empezar a actuar, así los gobiernos y sus cuentas de resultados pueden revisan tranquilamente sus objetivos a corto plazo para estar en consonancia con sus nuevas metas, y revertir sus políticas energéticas para acelerar la incorporación de energías 100 por ciento limpias y renovables. Además, tienen plazo también para dejar de financiar los combustibles fósiles y poner fin a la deforestación para ese mismo año del 2020.

Y el mejor y más realista y donde se ve la sobreabundacia de inteligencia y voluntad política es el llamado “objetivo a largo plazo” pactado en el Acuerdo, combinado con el límite del aumento de la temperatura en 1.5 grados, implica la meta de lograr cero emisiones de gases de efecto invernadero entre 2060 y 2080.

Hay tiempo para morir. No tenemos capacidad de reacción, la rana está ya medio cocinada y alelada. Es la inmolación de una especie que ha perdido la Conciencia. Pero siempre hay tiempo para la esperanza. Moriremos plantando árboles, con las ramas levantadas hacia la conciencia y las raíces amando la fertilidad de la tierra.

Beatriz Calvo Villoria

 

 

 

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