Hay que relocalizar de nuevo la economía, descentralizarla, hacerla realmente sostenible. Porque el consumo de productos biológicos locales ahorra energía y nos hace menos dependientes del petróleo. Porque crea redes de economía local y combate a las grandes corporaciones que expulsan con su tecnología a miles de trabajadores. Porque una economía local fuerte y sólida evita las migraciones que desestructuran nuestras familias, átomos de nuestras sociedades en todas las direcciones del planeta.

Porque si el campo se desertiza de campesinos desaparecen las semillas, las razas autóctonas, la diversidad biológica y cuatro corporaciones sin conciencia pasarían a manejar el hambre del mundo con sus semillas alienígenas y terminator. Porque el consumo local protege nuestros pueblos y la biodiversidad cultural; porque protege lo propio, lo cercano, y mira siempre con suma responsabilidad a las generaciones futuras.

Así, es una responsabilidad de todos apoyar a los que recuperan los métodos tradicionales que funcionan, y a los que investigan y añaden nuevas técnicas que tienen en cuenta los equilibrios propios de la Naturaleza, a los que guardan las semillas y las mejoran al ritmo lento de las cosechas consecutivas, a los que intercambian conocimiento y no patentan la sabiduría propia de la Naturaleza, a los que cooperan, a los que se unen en redes de consumo, a los que aun miran a la luna y plantan en consecuencia. A los campesinos de toda la vida que están siendo extinguidos por el hombre tecnológico y moderno.

Una se pregunta si ante el estado actual de desarrollismo y urbanización del campo existen todavía ese tipo de héroes en comunidades como Madrid. Pues sí, todavía hay alma rural en algunos de sus pueblos.

Son héroes anónimos que se mantienen firmes y cercados por una megalópolis que extiende su manera artificiosa de entender el espacio y la vida. Luchan a diario con muchos enemigos: Las grandes superficies que dictan los precios y reducen drásticamente el margen de los campesinos y ganaderos y les hace sentir que casi no merece la pena producir. Las nuevas biotecnologías que con sus transgénicos contaminan su esfuerzo de siglos por mantener semillas autóctonas adaptadas. Las leyes que prohíben el intercambio de semillas, de conocimiento; la falta de primas por su labor medioambiental encomiable. La amenaza de las patentes, las leyes foráneas que desde Europa regulan sus vidas, sus ganados, sus trashumancias.

Necesitan refuerzos, y nosotros como consumidores podemos ofrecérselos en forma de legión anónima en una verdadera y legítima revolución verde.

Beatriz Calvo Villoria

 

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