Hace 2.010 años una estrella inundó el cielo oriental, los científicos astrónomos de la Universidad de Sheffield, dicen que quizá fue un cometa, o una extraña conjunción cósmica.

Sesudos científicos intentan dar respuesta a ¿una leyenda? o a un hecho que recorrió la historia, con sus cálculos sofisticados y con ellos verifican que el cielo ardía con una noticia que los sabios magos de aquel entonces supieron leer de tal forma que les impelió a recorrer la tierra, mientras miraban en el cielo los signos de un acontecimiento cósmico que cambiaría para siempre la historia de los hombres.

Para la mente científica los reyes magos son sólo una leyenda para contar una idea teológica, pues su aproximación está reducida por  una visión que acumula información sobre el aspecto accidental de los fenómenos, datos cuantificables y que niega todo lo que la sobrepasa, o simplemente lo declara “incognoscible”.

Pero el simbolismo de los reyes magos encierra lo incognoscible, el misterio; en el evangelio de Mateo, donde se les nombra someramente, son magos. Dicen los herméticos que magos de la astronomía caldea, sabios de esa escritura secreta que los astros escriben en el alma del macrocosmos, en el alma del microcosmos, el Hombre. Sabios de alquimia cordial, que transforma al hombre en un pontífice, puente entre cielo y la tierra. Sacerdotes de Zoroastro, científicos y religiosos.

Los padres de la iglesia que comulgaban con el silencio de los desiertos convirtieron aquel remoto hecho  en una escritura secreta de símbolos que se abren para el de corazón puro. El símbolo, el mito, nos permite captar la esencia que se oculta tras el fenómeno, atisbar su misterio, percibir su realidad sutil.

Los dones de la divinidad humana

Regalemos, pues, ahora que los reyes llegan al corazón de los niños, los únicos que se pueden acercar a Jesús a celebrar su epifanía, por su pureza, los rasgos de ese descenso divino a la tierra: Oro, en vez de monstruos Bob Esponja, oro que es el fuego de la virtud, necesaria para empezar a subir hacia el cielo de lo Real, y poder presentarse ante el Rey, siendo ejemplo de bondad, caridad, esperanza, templanza, desapego que edificaran en el hijo el mejor regalo de unos padres.

Incienso, en vez de vídeo juegos, que es la oración que reúne al espíritu y al alma en los brazos del amado y abramos a nuestros hijos al asombro de lo eterno.

Mirra, en vez de ausencias, que se suplen con materia inerte, con juegos sin la presencia del sacrificio propio de quien cría y crea, que representa este aceite con el que se embalsamaba a los muertos, los muertos que resucitan, como el niño al que se aproximaron los grandes iniciados de oriente a adorar el misterio encarnado de la divinidad.

Sacrificar, soltar lo que no es, para tener una vida de tiempo presente, de sonrisa que acaricia, de mano que salta sobre los charcos y acompaña al hijo contemporáneo que muere de intemperie afectiva, ecuánime, justa, como la del Rey de reyes, en el que los sabios de oriente leyeron una promesa: Dios se hace hombre para que el hombre pueda volver a ser Dios.

Traigamos al niño que nace por el misterio cósmico de un sol que empieza a ganar a las sombras, una vida de realeza emulando a Melchor,  el sabio védico. Espiritualidad como Gaspar, el sabio Persa que trae el alimento de los hombres inmortales. Sacrificio, el hacer sagrado cada cosa, como Baltasar, el sabio africano que ofrenda el aceite, el agua que purifica y prepara el cuerpo glorioso de la resurrección, el nacimiento de un hombre nuevo.

Feliz epifanía, manifestación de un  nuevo sol que alumbra.

 Beatriz Calvo Villoria

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