Navegando por esa red que nos atrapa en miles de historias que hablan del estado actual de la humanidad, encuentro un nuevo producto de estética futurista, que en principio creo que es una broma, pero resulta ser un nuevo aparato que ha venido facilitar la tarea a las madres del futuro. Es una cuna-cápsula en la que introduces al bebé, atándole con unos arneses para que quede inmovilizado, haciendo las veces de unos brazos maternos y una vez introducido en ese abrazo tecnológico, la cápsula empieza a moverse, de una forma un poco compulsiva, pretendiendo imitar el mecer de los brazos para calmar al niño que llora.

Después de procesar una emoción de repulsión por la asepsia afectiva que supone y la constatación que la robótica será la última revolución industrial que reviente las costuras de lo humanos reflexioné como la publicidad usa la facilidad, el hacernos la vida más fácil, como argumento falaz para continuar esta escalada de esclavitud a la máquina que nos deshumaniza, robándonos las facultades que antes nos pertenecían como la memoria, la intuición, la orientación que han sido trasladadas a los teléfonos inteligentes, si  una inteligencia artificial que nos usurpa nuestra naturaleza.

Este nuevo aparato nos facilita el poder seguir atendiendo lo urgente y dejando lo importante en manos de unos circuitos electrónicos, nos esclaviza con un sistema inhumano que nos impide criar como antaño, con tiempo, dedicación, ternura, caricia, discernimiento de qué elementos mejorar adentro y afuera de nuestro contexto para criar con más sabiduría y amor.

¿Cómo medrar como humanidad, multiplicar talentos, afinar virtudes, ennoblecer carácter si todo es “facilitado” por las máquinas? Ya estamos viendo la facilidad de los teléfonos lo que está produciendo en nuestros cerebros…. La vida más fácil son parches y más  parches tecnológicos para una sociedad que claramente ha olvidado su humanidad sencilla y natural, la verdadera facilidad la provee la tecnología del corazón, que es invencible, en medio de la dificultad que el vivir entraña y que por su misma cualidad de prueba nos permite multiplicar nuestros talentos como especie.

Ningún robot podrá nunca sustituirla y el día que supuestamente lo haga nos habrán robado el alma en medio de un confort embrutecedor. El hecho de que este sea el futuro que llega no significa que nos neguemos en la medida de nuestras pobres capacidades. La solución a la falta de tiempo para vivir una vida significativa no la traerán las máquinas, la solución a la falta de amor no la traerán los nuevos robots sexuales y de compañía.

Puse el debate en las redes, y algunas personas comentaban que este tipo de inventos nace de la  inmensa creatividad y la libertad para inventar lo que se nos ocurra, y que podía ser útil  para hospitales, orfanatos. La utilidad como valor excelso, lo pragmático como orientación de nuestros actos, el plano horizontal sin el cruce salvífico de la dimensión vertical que tendría que tener cada fenómeno.

La utópica visión de una apuesta por la ciencia como la salvadora de todos los problemas que su exceso tecnificado genera es una apuesta ciega por parte de la sociedad actual que no tiene tiempo para reflexionar en las raíces profundas de la debacle actual, en la que la tecnología tiene mucho que ver.

Los robots, los ingenios tecnológicos nos están sustituyendo. Necesitamos no un maquinismo feroz que nos borre de la faz de la tierra, sustituyendo nuestras capacidades, cada vez son  más las personas humanas sustituidas por máquinas, robots y demás tecnología punta que va desplazando que la mano que mece la cuna, la que consuela y cura en un hospital sea la que se mueve desde un corazón educado desde la cuna en el amor, la belleza y la verdad.

¿Cuántas personas se podrían contratar para atender en los hospitales con más calidad humana, cuántos voluntarios jóvenes o ancianos se podrían beneficiar en el alma de políticas de integración del desamparo en nuestras agendas diarias, y juntar mayores con niños sin hogar, jóvenes con ancianos sin compañía? Por ejemplo.

Todas esas partidas multimillonarias para construir robots como Sofía, que se ha convertido en una estrella mediática, concediendo entrevistas a los medios de comunicación de masas podían estar aprovechadas en emplear a miles de personas en realizar tareas de cuidado, en muchas instituciones que no pueden más. O en mejores ayudas para las madres que optan por criar durante varios años y que no pierdan después su desarrollo en lo laboral.

O en sistemas educativos que recuperen el sabor de los principios e influencien desde el hogar el amor hacia el prójimo, hacia la madre, hacia los abuelos, los hermanos, los amigos, los vecinos. O en implementar recursos para que se recupere el sentido común en una sociedad cada vez más alienada por las máquinas que sustituyen sus funciones naturales.

Más que crecer en los planos horizontales donde la tecnociencia se mueve necesitamos como especie crecer en la dimensión vertical que es infinita y que no necesita más que un recurso, la bondad del corazón.

La supuesta libertad de hacer lo que nos venga en gana en esta economía de mercado es una premisa falsa que desoye principios mucho más universales que la liberalidad económica del Dios mercado. Crear granjas de mujeres para el nuevo negocio de vientres de alquiler es inmoral, aunque se puede hacer porque hay dinero y falta de escrúpulos para ello. Los úteros artificiales, sí se pueden crear, pero existe un límite moral para no hacerlo. En la antigüedad china, donde los sabios se reunían con el emperador para decidir el futuro de la comunidad, se reflexionaba si el invento que había llegado a sus sabias mentes generaría beneficio para todos los seres a unas siete generaciones vista, como los indios de las praderas, si la causa que iban a inventar tenía efectos nocivos, simplemente no lo inventaban y seguían fluyendo con el Tao.

Decía Jesús que escándalo ha de llegar, y ya ha llegado, la mano que mece la cuna ya no es humana, de ahí nacerá una generación de humanos híbridos con las máquinas, cuya alma no sabrá de bondad, de belleza ni de verdad, pobre de aquel que con su tibieza traiga el escándalo.

Beatriz Calvo Villoria

 

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