Para mis hijitas, Claudi y Pauli,

 que me colmaron como madre

 

Había una vez un niño llamado Marcelo que vivía en un planeta donde nunca se hacía de noche. En Demonia, que así se llamaba el planeta de Marcelo, nunca se escondía el sol. La gran esfera luminosa colgaba eternamente en un cielo inmensamente azul. De esta forma, los niños podían correr y jugar todo el día y lo más importante, no tenían que irse nunca a la cama.

Marcelo vivía en una bonita casa con su mamá y su perrito Dido, en una ciudad llamada Erumburgo. Rodeaba la casa un hermoso jardín lleno de plantas y flores multicolores, que crecían con una belleza indescriptible, alumbradas por una luz sin fin. Así como nunca se oscurecía, Marcelo no conocía la tristeza y no sabía lo que era estar solo. Siempre se encontraba con algún amigo jugando en su mágico jardín o en los brazos amorosos de su madre.

Por aquella época, oyó Marcelo que se estaba construyendo en la Plaza Mayor de Erumburgo una gran nave espacial, cuyo fin era llevar a algunos ciudadanos a conocer un planeta amigo, llamado Terra. A Marcelo le entusiasmó enseguida la idea y pensó que ojalá él y su madre fueran elegidos para formar parte de la tripulación. Pero un amigo de Marcelo, Tebaldo, que siempre lo sabía todo, le contó cosas siniestras sobre Terra y lo peor de todo, le dijo que los que allí fueran nunca más regresarían a Demonia.

Entre todos los horrores que fueron relatados del gran planeta desconocido, el que más impresionó a Marcelo fue el de la oscuridad. Según le dijo Tebaldo, en Terra, el sol se perdía constantemente, y durante unas horas terribles nadie era capaz de encontrarlo, de forma que el gran planeta se veía condenado, en ese espacio de tiempo, a estar en la más absoluta oscuridad. Mientras duraba la Noche, que así era llamada la desaparición de la luz, los habitantes de Terra se veían obligados a permanecer quietos, en silencio, cerrar los ojos y entonces entraban en un extraño estado llamado “sueño” en el que todos tenían que estar absolutamente ¡SOLOS!

Una vez, cuando Marcelo se encontraba tumbado en la hierba de su jardín sintiendo la cálida caricia del sol en su rostro, su madre le llamó desde la ventana de la cocina:

-¡Marcelo!¡Cariño, ven! Tengo que contarte una gran noticia.

Marcelo corrió impaciente a su encuentro y escuchó a su madre con el corazón abierto.

-Marcelo, hijo mío, vamos a emprender una gran aventura. Dentro de unas pocas horas nos embarcaremos en la Gran Nave Espacial y partiremos hacia una nueva vida. Estate preparado. Puedes llevarte a Dido –le dijo mientras le estrechaba en un fuerte abrazo.

Marcelo sintió como una oleada de terror le invadía todo el cuerpo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué tenían que irse de Demonia donde eran tan felices? ¿Por qué su madre no le había consultado a él para tomar esa decisión? ¿Qué quería su madre encontrar en Terra? ¿Qué era lo que no le gustaba de Demonia, si él, Marcelo, allí era tan feliz? Lloró y le suplicó a su madre que no se fueran de Demonia, pero incomprensiblemente su madre no atendió sus súplicas y en una triste hora del interminable Día de Demonia, Marcelo y su madre partieron en la Gran Nave Espacial rumbo a Terra.

El aterrizaje fue difícil. La Gran Nave dio varias vueltas al planeta antes de poder tomar tierra en medio de una gran explanada. Marcelo, agarrado con fuerza a la mano de su madre y llevando en brazos a su perrito Dido, desciende por las escalinatas de la Gran Nave y pisa por primera vez el planeta Terra. Le hacen un gran recibimiento y le conducen a la que será su nueva casa.

Marcelo no es feliz en Terra. Durante el día su vida se parece mucho a la que hacía en Demonia, juega en su jardín con amigos, con su perrito, o se tumba a tomar el sol. Pero fatalmente, al final de cada día, el sol comienza a descender en el cielo hasta que se precipita detrás de las montañas donde arde antes de desaparecer. Después, ¡horror!, se cierne sobre su cabeza la más absoluta oscuridad. Marcelo cierra los ojos y no duerme sino que llora toda la noche. Sólo piensa en Demonia, en lo feliz que allí era y se siente enfadado con su madre por haberle traído aquí. Le aterroriza la oscuridad, no ver nada, estar solo, su madre y sus amigos, incluso su fiel Dido, duermen toda la noche, pero lo que más le asusta es pensar que quizá algún día, y cansado de tanto desaparecer, el sol nunca más aparezca en el cielo. Así Marcelo, siente que cada noche pierde todo lo que tiene, sin tener la certeza de volver a recuperarlo.

Cansado de tanto sufrir, Marcelo decide un buen día hacer algo, prepara un pequeño hatillo y se marcha de casa dispuesto a conocer el principio del Día y la Noche.

No sabe muy bien hacia donde dirigirse, pero se pone en camino siguiendo un fuerte impulso. Al dar la vuelta a su casa descubre un estrecho y empinado sendero. ¡Qué extraño que nunca antes se hubiera fijado en él! Cuando apenas había comenzado a trepar por la escarpada pendiente, vio con asombro a un diminuto animalillo que arrastraba un pesado bulto tras de sí.

-¿Quién eres? – le preguntó Marcelo.

-Soy un ratoncillo y todos me conocen como Ratoncito Pérez.

-¿Y qué es lo que llevas en ese saco? –continuó preguntando Marcelo.

-Son dientes, dientes de niños.

-¿Y a dónde los llevas? –quiso saber Marcelo.

-A mi cuevecita que está debajo de aquella roca.

-¿Y cómo has conseguido tantos? ¿Eres peligroso? ¿Se los arrancas tú a los niños? –preguntó asustado Marcelo.

El Ratoncito Pérez no pudo contener una risita.

-¡Qué va! Ellos me los dejan debajo de su almohada y mientras duermen yo los voy recogiendo.

-¡Mientras duermen! –se asombró Marcelo. ¿Y acaso sabes tú Ratoncito por qué duermen? Yo vivía en un planeta donde nunca se dormía. Claro es verdad, que tampoco se nos caían los dientes.

-Bueno, esto no es fácil de explicar si no conoces a los mogrons.

Marcelo puso tal cara de extrañeza que el Ratoncito Pérez continuó explicando:

-Los mogrons son seres brillantes, que viven dentro de las personas y que esperan impacientes todo el día a que llegue el momento en que la persona duerme para salir y reunirse en Eleusis, el Planeta de los Sueños, con otros mogrons. Allí recargan su luz y cuando vuelven a Terra se encargan de cosas muy importantes como hacer que a todos los niños les salgan otros dientes nuevos.

-Oye Ratoncito, y dime –exclamó Marcelo curioso, ¿qué haces con todos esos dientes que recoges cada noche?

-Se los entrego a los mogrons. Ellos se encargan de convertirlos en dientes nuevos. Tengo que dejarte Marcelo. He estado toda la noche recogiendo dientes y ahora estoy muy cansado.

El Ratoncito agarró fuertemente su saco y desapareció debajo de una gran roca. Marcelo empezó a pensar en cómo era posible que el mogron que habitaba en él nunca hubiera estado en Eleusis e imaginó su luz muy débil. Quizá algún día debería dejarle salir, pero ¡ay si al menos no sintiera tanto miedo de perder el sol!¡Si no temiera la oscuridad!

Con ese anhelo retomó su camino adentrándose en un espeso bosque. No había andado mucho tiempo, cuando a Marcelo le comenzó a invadir una fuerte sensación de miedo. Se acordaba de su madre y de su querido perrito y deseó con todas sus fuerzas estar en su casa, junto a ellos.

-¡Oh Dios mío! ¿Por qué se me ocurriría emprender tan arriesgada aventura?   -pensó Marcelo mientras, sentado en una piedra, lloraba desconsoladamente.

-¿Por qué lloras, niño?- le preguntó una diminuta figura que salió inesperadamente de un rincón.

Marcelo alzó la vista y contempló lleno de asombro una pequeña construcción hecha con palitos y hojas del bosque de cuyo interior había salido aquel curioso hombrecillo. Su rostro era flaco y arrugado y estaba adornado por una larga barba blanca. A pesar de ello, no parecía un anciano porque su figura era ágil y sus ojillos brillantes y alegres. Vestía con pantalones y chaqueta roja y encima de su canosa cabeza llevaba un gorrito del que colgaban sonoros cascabeles. Sus orejas puntiagudas le daban un simpático aspecto.

-Me he marchado de mi casa y ahora tengo mucho miedo porque pronto se hará de noche y no sé volver a ella –contestó Marcelo con voz entrecortada por el llanto.

-¿Sabes una cosa Marcelo? –le dijo Puk, pues así se llamaba el duendecillo. Todos los niños de Terra pasan tarde o temprano por delante de mi casita, se sientan en la misma piedra y lloran igual que tú porque tienen miedo. Y es muy curioso porque yo no sé lo que es el miedo y hasta ahora ningún niño me lo ha sabido explicar. ¿Sabrías tú, quizá, Marcelo?

-Mira, hombrecillo, yo cuando vivía en Demonia tampoco conocía el miedo, pero al llegar a Terra todos los días pierdo el sol y nunca tengo la seguridad de que vuelva a salir. Creo que eso es el miedo –le respondió Marcelo dirigiendo sus grandes ojos hacia Puk.

-¡Sígueme Marcelo! –le indicó Puk.

Marcelo dando un respingo se levantó de la roca y siguió a Puk hasta la orilla de un río, en cuyas aguas se bañaban cientos de seres diminutos.

-¡Hola Marcelo! –corearon las hadas y los elfos que danzaban entorno a Marcelo.

Marcelo vio como Puk le hacía señas para que se acercara hasta donde él estaba y le dijo:

-En estas aguas viene el sol a apagar su fuego cada atardecer y sus rayos se esconden aquí durante la noche. Si bebes de esta agua, cada vez que sientas miedo los rayos del sol entraran en tu corazón y tendrás fe en el nuevo amanecer. De esta forma vencerás el miedo.

Una de las hadas del río se acercó sigilosamente a Marcelo y con su varita mágica le hizo entrega de un frasquito cuidadosamente cerrado en cuya etiqueta ponía:

“Agua del Manantial del Sol- Gotas del Miedo”.

Marcelo guardó el frasquito en su hatillo y se despidió de Puk muy agradecido.

La tarde ya caía, cuando Marcelo abandonó el bosque para llegar a un hermoso valle, donde la hierba comenzaba a recoger las primeras escarchas de la noche. Marcelo supo que ya era muy tarde para volver atrás y que debía llevar su camino hasta el final; sacó de su equipaje el frasquito del Manantial del Sol y dando un buen trago de su fresca agua, se dispuso a permanecer en silencio y con los ojos bien abiertos para conocer la Noche.

Tan pronto como el sol hubo desaparecido en el horizonte y el manto oscuro de la noche cubrió el cielo, Marcelo descubrió con asombro como poco a poco todo el firmamento se iba llenando de pequeñas luces que parecían guiñarle desde lejos. Su intensidad no podía compararse con la del sol, pero era tan magnífica su hermosura que Marcelo se sintió muy reconfortado. Súbitamente, Marcelo fijó su mirada en una de las estrellas que brillaba con especial intensidad y que parecía querer mostrarle un camino.

Siguiendo como entre nubes, Marcelo no supo durante cuanto tiempo caminó y caminó por montañas y valles, ríos y bosques, praderas y campos, hasta que la estrella fugaz le condujo hasta la entrada de un inmenso castillo. Marcelo se adentró en su interior y franqueando varias puertas llegó hasta una enorme estancia donde se reunían tres ancianos tocados con luminosas coronas de oro. Iban ataviados con ricas vestimentas y en sus ojos resplandecía la luz de la Gran Estrella.

-¿Dónde estoy?¿Quiénes sois vosotros? –preguntó Marcelo mientras se inclinaba ante ellos en muestra de respeto.

-¡Bienvenido seas Marcelo! Has llegado a Ardis, el Planeta de los Magos -le contestó el que parecía más anciano de todos ellos. Iba vestido con una túnica de color rojo muy intenso y en sus manos portaba un grueso libro. Sus inmensas barbas blancas resaltaban una mirada de infinita bondad.

-¡El Planeta de los Magos! – exclamó Marcelo con asombro. ¿Y en este planeta siempre es de noche?

-En este planeta puede ser de día o de noche depende de lo que tu desees. Aquí todos tus deseos se hacen realidad  -le explico otro de los magos cuyas oscuras barbas caían sobre sus ropas azul celeste.

-¡Todos mis deseos! Entonces, ¿puedo desear volver a Demonia? –preguntó Marcelo con el corazón ilusionado.

El tercero de los ancianos, de piel oscura y larga figura, le respondió con dulzura:

-No, Marcelo. No puedes regresar a Demonia porque Demonia ya no existe, sólo existe en tu recuerdo.

-Entonces, podéis explicarme como puedo aprender a amar la Noche.

– Verás, Marcelo, hay una luz que brilla con más intensidad que la del sol y que jamás se extingue. Es la luz de tu corazón. Si aprendes a estar siempre en contacto con ella no existirá para ti la oscuridad, ni la tristeza allá donde te encuentres. No puede haber deseo más grande que éste.

Y diciendo esto los Magos estrecharon a Marcelo en un fuerte abrazo y éste cayó, por primera vez, profundamente dormido.

Al despertarse, Marcelo se encontró tumbado en su cama y junto a él jugueteaba Dido. Su madre le llamaba desde la cocina para el desayuno.

Cuando Marcelo creció y fue mayor se convirtió en un Gran Sabio y por siempre jamás habitó en el Universo.

 

Marisa Pérez

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