Vengo del campo, con la alegría de las jaras en las retinas. Los brezos han coloreado todos mis sentidos, y las fragancias de las aulagas me han embriagado, compitiendo con el más elevado vino que se sirvan los dioses como soma.

He danzado con un bosque de robles, que prometo respiraba al unísono mientras le contemplaba, un bosque que se salvó de la locura del fuego hace dos años, en la Sierra de Gata amada, una lengua de árbol y viento que danza envolviendo  un lugar con el que mi alma se cosió hace años y que me ha recibido generoso con sus espacios amados, en esta semana tan santa, en la que la primera verdad se pronuncia: todo resucita ante la mirada eterna.

He bajado hasta el mar cabalgando las aguas alegres del arroyo de la mujer que atraviesa las fincas del Linar, y me he extasiado en la contemplación de un pastor cuidando de sus ovejas, mientras en la iglesia del pueblo celebraban la muerte y pasión de un Hombre-Dios.

He visto a la luna sangrar en rojo ese mismo día de muerte y símbolo, y la he visto salir tras los bordes de una montaña amada, con tal resplandor, que toda mi mente se derritió ante el fulgor de su belleza y se saltó los lindes de lo formal en una cascada de quietud en la que no se hallaba el  fondo. Mientras, el fuego, crepitaba.

He sentido la herida de la tierra, del paisaje que configuró mi alma durante quince años, y he sentido el abandono del campo, su vacío, perfecto para entonar haikus al crepúsculo de una era incierta, hiriente para sus cultivos, sus mosaicos de huerta, olivo y viña, esos que yacen sepultados por las promesas de una civilización que nos arrancó la naturaleza del alma.

Vacío se ha quedado el mundo rural de seres que lo aúpen de nuevo a los altares de una cultura que giraba en torno al sol, al sol cósmico, punto inmóvil de una esfera que nos eleva a los confines de lo infinito y que hacía danzar a sus gentes al ritmo de sus andanzas por el cielo, y que giraba también al sol interior de un cristo que todas las semanas santas resucita en cada brote, en los perezosos tiernos brotes de los tilos, de los robles, en los ojos luminosos de las flores, estrellas rutilantes de savia y hiedra, que se abren como espejos para Alicia en cada pequeña flor amarilla, de esas escobas que bordean los caminos… de la vida

He visto la maldad y la bondad en el corazón de los niños y las elecciones que determinan nuestro destino escogidas desde la más temprana edad. Y he visto la potencia del amor colarse como el agua mansa en todos los corazones y hacer que se derramen lágrimas de alegría ante la bondad que al amor procura en el alma.

He visto el intento de crear cultura desde parámetros distintos a la extinta cultura de la tierra, y he bailado con sus sones, jugado con sus juegos de tradición e ideología antisistema, por la corrupción de unas instituciones que solo representan el estéril ámbito de los intereses. He visto a la nueva cultura rural intentar emerger entre los sarmientos ancestrales de una tierra que desconfía de lo nuevo, de lo diferente, la dificultad de la integración cuando las etiquetas construyen muros infranqueables, dos mundos de agua y aceite que no se mezclan, por no saber mirar más allá de las fortalezas de nuestras recíprocas máscaras, pero que usan las mismas azadas para plantar árboles de futuro o recoger los rescoldos de una cultura verdaderamente humana,

He visto qué pasa cuando no hay nombre ni forma que me separe de un corazón ardiente por cantar la belleza de la vida, y he visto una guitarra unir dos corazones en la simplicidad cantada de una tarde de primavera, a la orilla de un río que navega a donde todos navegamos: la extinción de toda frontera. He visto llorar a un hombre abuelo por una familia que no emerge de nuestra indiferencia a lo sagrado.

He sido envuelta durante toda una semana por el silencio elocuente y la palabra amiga, por brezos, jaras, conatos de nuevos incendios, rasgueos de guitarra, por el baile de la quietud de un amigo poeta que ha expuesto su mirada en una cantina silvestre, que lleva a Ítaca en la cubierta, por las promesas de regreso a la arcadia perdida y he vuelto a reafirmar en la alta voz de la nostalgia mi amor por la naturaleza herida de la tierra que me acoge y la cultura extinta que se resiste mientras las campanadas anuncian diez muertes, enciclopedias vivas de lo sencillo y apenas anuncian un renuevo y las calles se silencian de jolgorio.

Vengo enamorada y el amor ha engendrado un brote nuevo en mi corazón, un nuevo sueño quiere ser soñado y mientras despierto quizá me dedico a vivirlo. Un lugar para envejecer sin monocultivos, sino diverso, jóvenes que cultiven versos en la tierra y cosechen cebollas como maná del cielo, o quinoas para los alérgicos a un civilizado e insidioso gluten trastocado en lo genético.

Jóvenes que enseñen a los niños a escuchar el palpitar sonoro de la savia de los árboles, compañeros de fatigas en los desiertos del verano y que despierten su membrecía de tierra, de guardianes enamorados.

Ancianos sabios por el transcurrir de los años que cocinen la comida del campesino sencillo a su regreso a un hogar, ¿porque no? comunitario. Poetas, músicos amantes del sonido del silencio, orantes, meditadores, activos con manos de amor y servicio, juntos, grandes y pequeños reunidos en este juego de la oca, una vez más, un nuevo intento de regresar a Ítaca.

Pastores de cabras y ovejas merinas negras que al atardecer se recojan en una cena compartida y una oración que nos una. Un sueño de regreso a casa, a la sencillez de una vida de ora et labora y a la alegría de una familia humana que se acompaña en las penas, en las faenas, en los silencios, en la contemplación asombrada de esa nada preñada de todo. Preparar esta peregrinación hacia la nada en compañía.

Sueño que regreso, mientras despierto.

Beatriz Calvo Villoria

 

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